Al llegar a esa etapa de la vida en la que uno comprende que después de la medianoche rara vez ocurre algo bueno, una salida con mi esposa ya no se parece en nada a las de antes. El sábado pasado fuimos a la Misa de vigilia, paramos en un restaurante del barrio para buscar unos sándwiches y volvimos al salón parroquial para sentarnos junto a nuestro párroco y ver una película en blanco y negro de hace 87 años, proyectada en una pantalla portátil apenas más grande que esos enormes televisores que venden en las grandes tiendas.

Ya sé lo que están pensando: ¡otra pareja que lleva una vida de lo más emocionante!

La verdad es que fue una excelente manera de pasar la noche… ¡y estar de vuelta en casa antes de las nueve! Era la primera “noche de cine” organizada por nuestra parroquia. No hubo alfombra roja ni paparazzi, pero sí buena compañía: nuestro párroco y un pequeño grupo de feligreses. Él esperaba una asistencia mayor, aunque confía en que el boca a boca anime a más personas a participar la próxima vez. Estoy seguro de que, si hubieran asistido a esta primera función, querrían volver.

La película elegida fue Caballero sin espada (Mr. Smith Goes to Washington), de Frank Capra. El párroco recordó haberla visto varias veces y pensó que era una elección ideal ahora que Estados Unidos se acerca a celebrar su 250.º aniversario, por el tono patriótico y esperanzador que transmite.

Además, tenía una perspectiva muy particular sobre la película. Como inmigrante de un país con estrechos vínculos con Estados Unidos, creció viendo a ese país como el gran ejemplo de la democracia. Sin embargo, aunque la película es patriótica y tiene un tono ligero, como muchas de las obras de Frank Capra, también deja ver un lado más oscuro: muestra que la democracia estadounidense puede ser compleja y desordenada. Cuando se estrenó en 1939, muchos estadounidenses nacidos en el país tenían una visión igualmente idealizada de la política, y los dirigentes podían presentarse fácilmente como modelos de integridad.

Sin embargo, según cuenta Frank Capra en su autobiografía The Name Above the Title (Grand Central Publishing), cuando estrenó la película en Washington D.C. estuvo a punto de ser expulsado de la ciudad. Senadores y congresistas se indignaron porque la cinta mostraba al Congreso de una manera muy distinta de la imagen heroica e intachable que querían proyectar. Algunos políticos temían que la película diera al público una idea equivocada de ellos; otros se molestaron precisamente porque pensaban que reflejaba demasiado bien la realidad.

Caballero sin espada es considerada una de las grandes obras de Capra, aunque hoy el director sea recordado sobre todo por el clásico navideño ¡Qué bello es vivir! Ambas películas tienen como protagonista al inolvidable James Stewart.

En Caballero sin espada, Stewart interpreta a Jefferson Smith, un hombre ingenuo nombrado senador por el gobernador. Su falta de experiencia no es casual: quienes lo designan creen que podrán manipularlo fácilmente para favorecer los intereses de su mentor corrupto y de la maquinaria política que realmente controla las decisiones.

Más allá de una trama que hoy podría parecer sacada de una polémica viral en las redes sociales, la película ha resistido muy bien el paso del tiempo. Capra era católico y, aunque sus películas no fueran explícitamente religiosas, transmitían una sensibilidad profundamente cristiana. Caballero sin espada no es la excepción: su protagonista es humillado públicamente, sacrificado por intereses políticos y queda prácticamente solo defendiendo una causa que parece perdida.

Aunque la película refleja el estilo y el dramatismo propios de su época, sigue siendo actual en lo esencial. Su fuerza radica en mostrar a un hombre que atraviesa una dura prueba, permanece fiel a sus convicciones y, finalmente, alcanza la victoria. Ese tema, tan presente en el cine de Capra —el de una persona que hace lo correcto sin importar el precio que deba pagar—, nunca pierde vigencia.

Pocos actores de aquella época habrían podido interpretar ese papel con la misma credibilidad. El público probablemente habría esperado que Clark Gable o John Wayne resolvieran el conflicto a golpes. James Stewart, en cambio, representó otra forma de fortaleza: más serena, pero no menos firme. De hecho, considerando su historial militar durante la guerra, podría decirse que esa fortaleza era incluso más auténtica. Esa combinación de valentía interior y sencillez hace que Jefferson Smith siga siendo un personaje con el que resulta fácil identificarse.

Algunos críticos han descalificado el universo cinematográfico de Capra por considerarlo demasiado ingenuo o sentimental. El propio director aceptó con humor el calificativo de Capra-corn ("el sentimentalismo de Capra") en su autobiografía. Pero esa crítica resulta injusta. Es cierto que sus películas tienen un fuerte componente emotivo, pero también muestran la oscuridad, la corrupción e incluso el mal. Ese equilibrio es parte de lo que las convierte en buen cine… y en una excelente elección para una noche de cine en la parroquia. Además, ¡todavía da tiempo de llegar a casa antes de las nueve!

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Robert Brennan