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Israel, el Holocausto y las heridas de la historia

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El Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos, en Washington D.C., sumerge al visitante en los horrores del genocidio nazi. El recorrido comienza en el último piso, mostrando el ascenso de Adolf Hitler junto a quienes lo respaldaron y ejecutaron sus políticas, y desciende nivel por nivel —como el viaje de Dante al infierno— hasta llegar a la locura homicida de la Solución Final: el exterminio masivo de judíos y de otros pueblos considerados indeseables.

Lo que más impacta al inicio es ver cómo el régimen nazi fue legitimando el odio contra los judíos, ley tras ley, atropello tras atropello. En el museo, una pantalla reproduce continuamente las decenas de leyes antisemitas aprobadas desde los primeros años del régimen para aislar y deshumanizar a la población judía alemana. Y algo especialmente inquietante para los estadounidenses es una pequeña placa cercana que señala que Alemania tomó inspiración de las leyes Jim Crow de Estados Unidos. Los intentos del sur estadounidense, tras la Reconstrucción, de restaurar prácticas y abusos heredados de la esclavitud no pasaron desapercibidos para Hitler. Aunque al principio el objetivo era humillar a los judíos alemanes y empujarlos a abandonar el país, la persecución terminó derivando en campos de concentración y, más tarde, en campos de exterminio.

Creo que visitar el Museo del Holocausto sigue siendo fundamental para cualquiera que quiera comprender seriamente la realidad actual del Estado de Israel. El museo ayuda a entender el fuerte apoyo que existió en Occidente hacia la creación y protección de un Estado judío después de las atrocidades nazis.

Y si bien Estados Unidos mostró poca disposición a recibir a los judíos que intentaban escapar de Alemania antes de la guerra, después del conflicto se convirtió en un firme aliado de Israel. Ese respaldo probablemente alcanzó uno de sus puntos más altos tras el brutal ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, en el que murieron 1.195 israelíes. Sin embargo, desde entonces, la magnitud de la respuesta israelí —la destrucción sistemática de Gaza, el creciente número de muertos, estimado en 42.000, la expansión continua en Cisjordania y ahora la devastación en el Líbano— ha llevado a muchos a replantearse ese apoyo. La dureza del gobierno israelí y de sectores extremistas de su sociedad ha despertado una creciente simpatía hacia el pueblo palestino.

El Papa Francisco se reúne con dos padres que perdieron a sus hijas en conflictos violentos: Bassam Aramin, de Palestina, a la derecha, y Rami Elhanan, de Israel, antes de la audiencia general semanal en el Aula Pablo VI del Vaticano, el 27 de marzo de 2024. (CNS/Vatican Media)

Esta reacción, aunque comprensible, puede resultar inquietante para quienes crecimos marcados por las consecuencias del Holocausto. También es profundamente preocupante el aumento de expresiones y ataques antisemitas. Al mismo tiempo, el apoyo al gobierno de Israel está disminuyendo, incluso entre muchos judíos estadounidenses, mientras viejos aliados de Israel intentan diferenciar entre el respaldo a sus ciudadanos —judíos y no judíos— y la condena a su gobierno y a sus dirigentes.

Tampoco ayuda que algunas personas críticas de las acciones militares israelíes sean acusadas de antisemitismo simplemente por rechazar la brutalidad de la ofensiva. Eso tiene tan poco sentido como afirmar que quienes critican al gobierno de Estados Unidos son antiestadounidenses por oponerse a una acción militar ordenada por el presidente contra Irán.

Aun así, existen algunos signos de esperanza, aunque sean escasos. La esperanza nace del encuentro con el otro y de la posibilidad de compartir el dolor de la historia: el Holocausto, por un lado, y la ocupación, por el otro. A pesar de las generaciones de odio y miedo que se han sembrado, y que todavía siguen alimentándose, hay esfuerzos por tender puentes sobre el abismo que separa a los judíos israelíes y a los palestinos. Por ahora, es un diálogo que solo puede construirse de persona a persona.

Hay dos ejemplos recientes de estos esfuerzos de acompañamiento y reconciliación.

Aziz Abu Sarah y Maoz Inon perdieron familiares a causa del odio y la violencia. Los padres de Inon murieron durante el ataque del 7 de octubre, mientras que el hermano mayor de Abu Sarah falleció tras las torturas sufridas durante interrogatorios israelíes. Sin embargo, ambos hombres se hicieron amigos y escribieron juntos The Future is Peace, un libro en el que relatan el trauma y el dolor que, en lugar de separarlos, terminó uniéndolos.

Algo similar, aunque con un alcance histórico mucho más amplio, aparece en la brillante novela Apeirogon, de Colum McCann. Un apeirógono es una figura con infinitos lados, y la novela —con múltiples perspectivas— cuenta la historia real no solo de Bassam Aramin y Rami Elhanan, sino también la de judíos y palestinos, y de la tierra y la historia que comparten.

Aramin perdió a su pequeña hija por el disparo de un soldado israelí, poco después de que la niña comprara unos dulces. Elhanan perdió a su hija en un atentado suicida palestino mientras ella compraba libros para la escuela. A partir de ese dolor, ambos hombres construyeron una amistad que los llevó a compartir sus historias en distintas partes del mundo. Pero una cosa es contarle su experiencia al mundo, y otra muy distinta convencer a sus propios pueblos.

Uno de los aspectos más impactantes de esta historia es que Aramin, cuando era un joven lleno de rabia y odio en una prisión israelí, quedó profundamente transformado al ver un documental sobre el Holocausto. Del mismo modo, Elhanan logró comprender, a través de la mirada de su amigo, el enorme daño causado por el aislamiento humillante impuesto a los palestinos mediante leyes y controles militares israelíes.

El miedo y el odio no pueden imponerse. Que la amistad y la empatía sean posibles incluso frente a una brecha tan profunda de sufrimiento es una señal de esperanza. Y, por ahora, es a esa esperanza a la que debemos aferrarnos.

Greg Erlandson
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Greg Erlandson

Tags: holocasuto