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Encontrar a Dios entre fuentes, estatuas y un ciruelo

Allí estaba yo, haciendo tiempo en el vivero del barrio mientras mi esposa recorría una y otra vez los pasillos en busca del árbol perfecto: un ciruelo ornamental de hojas rojas que no diera frutos para plantar en una esquina del patio.

Si no es un apasionado de la jardinería y jamás ha oído hablar de un árbol así, no se preocupe. Yo tampoco sabía que existía. Pero elegir el árbol no es mi responsabilidad. La mía empieza cuando hay que cavar el pozo para plantarlo.

Así hemos repartido las tareas durante todo nuestro matrimonio. Yo sería incapaz de distinguir entre un color de pintura llamado "ostra ahumada" y un simple blanco, pero mi esposa sí. A mí solo me toca pintar las paredes.

Con la jardinería sucede exactamente lo mismo, y es otra de las razones por las que nuestro matrimonio funciona tan bien. Mi esposa decide qué hay que plantar y dónde; luego me lleva hasta el lugar indicado, lo señala con el dedo y me indica dónde debo empezar a cavar.

Ahora que estoy por jubilarme, paso más tiempo de rodillas que durante toda la Cuaresma y el Adviento juntos. Al parecer, mi esposa ha interpretado que si voy a dejar de ir a la oficina también tendré más horas disponibles para arrancar malezas y enfrentarme a la rúcula que sembré hace unos meses y que hoy parece salida de una película de ciencia ficción, después de apoderarse por completo de nuestro huerto.

Me quedan muy pocos días de trabajo, y empiezo a valorar la oficina como un refugio donde descansar del jardín... y de los dolores de espalda. Mis compañeros, al ver cómo los rosales y otras plantas espinosas han dejado mi delicada piel irlandesa llena de arañazos, seguramente han pensado que deberían denunciar a mi esposa por maltrato.

Siempre les aseguro que mi vida matrimonial es plenamente feliz y que los rasguños y vendas en mis manos y brazos son simplemente el resultado de trabajar en la creación de Dios.

Pero me estoy desviando del tema.

Así que allí estaba yo, dándole "espacio" a mi esposa mientras seguía con su misión de encontrar el arbolito ideal, cuando terminé deambulando por la sección de fuentes y estatuas del vivero.

San Pablo no tuvo esposa, así que, evidentemente, hizo muy poca jardinería. Si hubiera estado casado, quizá habría añadido algo como: "Esposas, tengan compasión de sus maridos y déjenlos tranquilos cuando estén construyendo una fuente de agua".

Por suerte, mi esposa sí ha tenido esa compasión conmigo. Así que, aunque me queje de las interminables jornadas arrancando malezas, ella me deja dedicarme a mi verdadera pasión: construir fuentes para el jardín.

Hasta ahora ya tengo dos, y una tercera está en plena construcción. Como mi patio tiene cuatro esquinas, siempre estoy buscando inspiración para ocupar la que todavía está vacía.

Cada una de las fuentes de nuestro jardín tiene un motivo religioso. No recuerdo que el patio de ninguno de mis hermanos estuviera sin alguna imagen sagrada, y siempre me encantó la estatua, ya desgastada por el tiempo, de la Virgen María que mi padre había colocado entre las ramas de un viejo pimentero en el jardín de nuestra casa familiar.

En mi patio, la Virgen ocupa un lugar privilegiado junto al estanque de peces. En la esquina opuesta, san Francisco ofrece agua a los pájaros que pasan y, de vez en cuando, a alguna ardilla o mapache que se acerca a beber. Y la tercera fuente, todavía en construcción, tendrá como fondo una cruz celta.

Mientras imaginaba qué hacer con la cuarta esquina del jardín, me puse a recorrer la sección de imágenes religiosas del vivero. La oferta era escasa y ninguna terminaba de convencerme.

En cambio, por cada imagen de la Virgen había unas veinte estatuas de Buda. Y por cada Buda, al menos cinco figuras de perros, gatos, zorrillos o mapaches. Incluso había una colección de esculturas tan extrañas que prefiero no describirlas por respeto al lector.

Los tiempos cambian, pensé.

Mis planes para la cuarta fuente quedaron en suspenso cuando mi esposa apareció con una sonrisa de victoria. Había encontrado el tan buscado ciruelo ornamental sin frutos... el último que quedaba en el vivero.

Eso significaba que todavía me esperaban varias horas de pala en mano y unas cuantas dosis de analgésico. Y, la verdad, no me molestaba.

No se lo digan a mi esposa, pero en realidad disfruto de la jardinería. Y esas tres fuentes, cada una con su sello claramente católico, son para mí algo más que elementos decorativos: me recuerdan constantemente la presencia de Dios en medio de la vida cotidiana.

En las largas noches de verano solemos sentarnos juntos en el patio. Ella contempla todo lo que ha sembrado y yo escucho el murmullo del agua que corre por las fuentes.

Podrían decir que es una versión católica del feng shui. Pero para nosotros es una manera de encontrar serenidad y agradecer a Dios por todos los dones que nos ha regalado... aunque el precio sea levantarse al día siguiente con dolor de espalda.

Robert Brennan
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Robert Brennan

Tags: Naturaleza