“Virgen de Guadalupe”, de Antonio de Arellano (1638-1714) y Manuel de Arellano (1662-1722), artistas mexicanos. La obra se exhibe en las nuevas Galerías David Geffen del Museo de Arte del Condado de Los Ángeles. (REDSPORK02/CC BY-SA 4.0 vía Wikimedia Commons)
¡Por fin se puede volver a recorrer Wilshire Boulevard entre La Brea y Fairfax sin tener que esquivar obras! Después de seis años de construcción y una larga lista de controversias, finalmente concluyó la renovación del Museo de Arte del Condado de Los Ángeles (LACMA), con una inversión de 724 millones de dólares.
Cuatro edificios fueron demolidos y quedaron tres: el Museo de Arte Contemporáneo Broad, el Pabellón Resnick y el Pabellón de Arte Japonés.
Pero la gran atracción, sin duda, es el nuevo edificio: las Galerías David Geffen.
Suspendida a unos nueve metros sobre el suelo y atravesando Wilshire Boulevard, la impresionante estructura tiene desde el exterior la forma de una enorme oruga ondulante, con ventanas a ambos lados.
En su interior, la idea fue eliminar las jerarquías tradicionales y permitir que los visitantes descubran las obras de arte por sí mismos y a su propio ritmo, siguiendo un camino abierto y cambiante. “Deja que tu curiosidad sea tu brújula”, aconseja Michael Govan, director del LACMA.
Las opiniones han sido variadas. El Wall Street Journal tituló su reseña: “Las Galerías David Geffen del LACMA son un laberinto sin forma”.
The New York Times señaló: “Deambular sin brújula puede ser divertido, pero termina siendo agotador… más que recorrer un museo lleno de tesoros, la visita puede sentirse como adentrarse en unas catacumbas”.
En cambio, The New Yorker celebró la apertura con el titular “Un impresionante nuevo LACMA llega a una ciudad en crisis”. Sobre el edificio, escribió que “la construcción de [el arquitecto] Peter Zumthor se parece a una nave espacial cargada con varios miles de objetos que representan la vida en la Tierra, lista para abandonar este planeta”.
Aunque queda la duda: ¿eso es un elogio?
Para ser sincera, llegué al lugar pensando que no me iba a gustar. Me lo imaginaba como uno de esos restaurantes carísimos donde el chef famoso e insoportable importa más que la comida. Temía encontrarme con una mezcla pretenciosa y simplificada.
Pero ocurrió todo lo contrario: de principio a fin, quedé completamente fascinada.
Todos se quejan de que el edificio no tiene un frente, una parte trasera ni una entrada claramente definida, pero de alguna manera hay que entrar. Una de las opciones es atravesar una estrecha abertura, apenas del ancho de una vereda, en una reja metálica sobre Wilshire, más o menos por donde se ingresaba al antiguo LACMA.
Atravesé la reja y, de repente, me sentí como si hubiera entrado en el mundo de Oz.
Lo primero que me llamó la atención fueron los enormes espacios abiertos que se extienden en todas direcciones. Solo el área pública cubierta bajo las galerías ocupa aproximadamente 1,4 hectáreas. A la izquierda están las boleterías y la librería; a la derecha, el café Erewhon, y por encima se eleva la galería con forma de oruga.
Al llegar al final de las escaleras, uno se encuentra con lo que parece un caballo horriblemente deformado, con dos cuartos traseros, hecho de un cemento de color horrible. Pero, bueno, estamos en Los Ángeles. Más tarde descubrí que esta escultura de 2023 —la única nota discordante de toda la galería— pretende representar “los ciclos grotescos y repetitivos de la ruina imperial y el expansionismo colonial”.
Aparté la mirada y seguí adelante, hasta que me quedé paralizada: ¡tres magníficos cuencos mayas con tapa estaban allí mismo, a la altura de la cintura, sobre una mesa y al alcance de la vista! No había ninguna vitrina, solo un discreto símbolo que indicaba “No tocar”.
Las piezas formaban parte de la exposición “Guardianes del cosmos en el arte mesoamericano”. Después, en “Platería moderna de México y Perú”, encontré deslumbrantes placas de altar —una de ellas con un “pelícano eucarístico”— y hermosas cajas para guardar hierbas, ricamente decoradas.
Las ventanas de piso a techo en el corredor perimetral de las Galerías David Geffen. (Heather King)
Las 78 galerías están distribuidas en cuatro grandes áreas: el océano Pacífico, el océano Índico, el mar Mediterráneo y el océano Atlántico. Con unos 10.300 metros cuadrados de espacio interior, el recorrido por el perímetro se extiende por casi 800 metros. Mientras uno avanza, los ventanales que van del suelo al techo están cubiertos por unas cortinas plateadas y brillantes, confeccionadas con un material de aspecto futurista que hace que todo lo que queda afuera parezca flotar.
No es exactamente un laberinto, pero es casi imposible no desorientarse. ¿Y a quién le importa? En cada esquina aparece una sorpresa: “Textiles de los Andes”, “Las artes suntuarias de los grandes mogoles”, “Obras en piedra de Mesoamérica y la costa del Caribe”.
No habría sido posible abarcar semejante variedad de épocas y regiones en una sola visita al antiguo museo.
Al mismo tiempo, ninguna galería resulta abrumadora. La propuesta parece apostar por la calidad antes que por la cantidad. Las piezas —casi 3.000 de una colección de más de 150.000 objetos— fueron seleccionadas con cuidado y criterio, y están dispuestas de manera hermosa e inteligente.
Me detuve a observar con atención fragmentos de cerámica coreana, pasé junto a una pared cubierta de telas de corteza africanas y, al doblar la esquina, me encontré con una colcha de Rosie Lee Tompkins titulada “Hit and Miss Strip” (1983), que había visto años atrás en el museo de arte de Shelburne, Vermont.
En una pared cercana colgaba una magnífica escultura del artista ghanés El Anatsui, “Fading Scroll” (2007): una reluciente “cortina” de casi 12 metros de largo por 3,3 de alto, confeccionada íntegramente con etiquetas de aluminio aplanadas de cuellos de botellas de licor y alambre de cobre.
No hay que perderse las dos impresionantes galerías dedicadas al arte colonial español.
Si hace falta descansar, hay bancos muy amplios, tapizados en cuero suave, donde uno puede sentarse, mirar el teléfono o contemplar el paisaje a través de las ventanas.
Desde cualquier punto del recorrido perimetral se pueden ver las palmeras, los carteles publicitarios, los edificios de oficinas, el desfile interminable de gente atractiva y el tráfico de Wilshire Boulevard, que avanza hacia el oeste hasta llegar al Pacífico.
Para mí, el nuevo museo representa a la ciudad en su mejor versión: el diseño, una creatividad vanguardista y ligeramente irreverente, la manera en que integra el paisaje y la luz, y una originalidad que rompe con los esquemas y que, inevitablemente, cosechará tanto elogios como críticas.
Entusiasmada, en un momento dado detuve a uno de los guardias.
—¡Me encanta la nueva galería! —le dije—. ¿Por qué tanta gente se queja de ella? ¿A ti te gusta?
—Sí… está buena —respondió.
—¡Bueno, gracias por… cuidar este lugar! —le dije—. ¡Es fantástico!
Como dicen, hay que quedarse con lo que a uno le gusta y dejar el resto. Yo me quedo con todo.