El arzobispo José H. Gómez saluda a un fiel de la Arquidiócesis de Los Ángeles durante la peregrinación anual a la Ciudad de México. (Isabel Cacho)
El sábado, celebré la Misa en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, en la Ciudad de México, para más de 300 peregrinos de parroquias de todo el territorio de Los Ángeles.
Fue algo hermoso, una ocasión llena de alegría. Cuatro de nuestros obispos, más de una docena de sacerdotes y varios diáconos me acompañaron a los pies de la milagrosa imagen de la Virgen.
Juntos ofrecimos más de 45,000 peticiones y oraciones de la familia de Dios de los fieles de toda la Arquidiócesis de Los Ángeles, en las cuales le pedíamos a la Santísima Virgen María que intercediera por todas nuestras necesidades.
Esta es la séptima peregrinación que he tenido el privilegio de encabezar y ésta tuvo el detalle especial, de que ya nos estamos preparando para celebrar el 495 aniversario de las apariciones de la Virgen a San Juan Diego a fines de este año.
Me pareció adecuado también realizar esta peregrinación en los días posteriores a las celebraciones del 250 aniversario de nuestra nación.
Llevo años diciendo que Estados Unidos no fue fundado por los hombres que firmaron la Declaración de Independencia en Philadelphia en 1776.
Las raíces espirituales de Estados Unidos se remontan más de dos siglos atrás, al tiempo de los misioneros, místicos y mártires que proclamaron a Jesús en los desiertos y asentamientos de esta nueva tierra. Y la misión de ellos tuvo su origen en diciembre de 1531, con las cinco apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe en el Tepeyac.
La aparición de la Virgen de Guadalupe es nuestra historia; es la historia de Estados Unidos y la historia del continente americano. Es la historia del comienzo de nuestro país y también del origen de la Iglesia en este lugar.
Yo leí el Nican Mopohua ("Aquí se narra”), la historia de estas apariciones, como una escritura del continente americano, que narra la llegada del Evangelio al Nuevo Mundo, y fue escrita en la lengua de los primeros pueblos de este continente. Sus páginas revelan los propósitos providenciales de Dios para estos pueblos y para todos los pueblos del continente. Ésta es la historia del origen de Estados Unidos.
Este misterioso texto data de algún momento anterior a la muerte de Juan Diego, en 1548, y se basa en su testimonio y en el de su tío, Juan Bernardino —quien también vio a la Virgen y habló con ella— al igual que en el testimonio del obispo Juan de Zumárraga, que fue el que recibió la imagen milagrosa de la tilma.
La historia que se desarrolla en el Nican Mopohua es una aventura escrita en un lenguaje dramático y poético que contiene un muy valioso material para la reflexión teológica, pastoral y espiritual.
En estas páginas encontramos una profundización sobre el misterio de la Santísima Virgen María, sobre la naturaleza y la misión de la Iglesia, y sobre la dignidad y el destino de la persona humana. Este texto habla de la familia, del significado del sufrimiento y de la muerte. Hace también referencia al paraíso, a la redención de la creación, y al amoroso plan de Dios para todos los pueblos.
Aunque el dogma de la Inmaculada Concepción no se proclamaría hasta después de varios siglos, María se describe a sí misma en el Nican Mopohua como “la perfecta siempre Virgen Santa María”.
La descripción del texto la muestra como la nueva Eva, portadora de una nueva creación. Es la Madre de todos los vivientes, la que apoya y sirve al Señor y a su plan divino.
Ella viene al pueblo mexicano, pero también a todos los pueblos del continente americano:
“Porque yo en verdad soy vuestra madre compasiva, tuya y de todos los hombres que en esta tierra estais en uno, y de las demás variadas estirpes de hombres, mis amadores, los que a mi clamen, los que me busquen, los que confíen en mi”.
María vino a México como siempre ha venido a lo largo de la historia, es decir, como el rostro maternal del amor de Dios.
La historia de diciembre de 1531 puede leerse como una búsqueda, como un viaje, como un relato medieval de caballeros y de caballería, en el que Juan Diego llevó a cabo la misión que la Virgen le había encomendado.
Pero se trata de una historia de vocación. Sus primeras palabras a Juan Diego, “¿A dónde te diriges?”, recuerdan las palabras que Dios les dirigió a sus profetas, las palabras que nos dirige a cada uno en nuestro bautismo. ¿Qué estamos haciendo con nuestras vidas? ¿Qué estamos haciendo por Jesús, por su misión?
A lo largo de esta peregrinación tuve la marcada impresión de que vivimos aún en ese “mundo nuevo”, y que la misión de Santa María de Guadalupe de suscitar el nacimiento de Jesucristo en cada corazón estadounidense se perpetúa en la labor de ustedes y en la mía.
Ella sigue siendo la “Señora de todos los tiempos, la Reina de los Siglos”; su milagrosa imagen sigue “abarcando en sí misma todos los tiempos, uniendo todos los años, conteniendo en sí todos los siglos”, como fue descrito en un sermón predicado en el Tepeyac, para conmemorar el bicentenario de su aparición en 1731.
Y ahora que nos preparamos para celebrar el aniversario de este gran acontecimiento de la historia estadounidense, busquemos maneras nuevas de llevar esta muy valiosa perspectiva a la gente de nuestro tiempo.
Oren por mí y yo oraré por ustedes. ¡Nuestra Señora de Guadalupe, ruega por nosotros!