El pasado 11 de junio, en nuestra reunión de mediados de año en Orlando, los obispos católicos de Estados Unidos consagraron nuestra nación al Sagrado Corazón de Jesús. Y al día siguiente elevamos aquí en Los Ángeles, nuestras oraciones por esta consagración con una misa especial, celebrada en la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles.
Nosotros, como católicos, realizamos esta consagración como una conmemoración espiritual del 250 aniversario de la fundación de nuestra nación.
Ciertamente que la historia estadounidense se inició mucho antes de ese 4 de julio de 1776, en que se firmó la Declaración de Independencia en Philadelphia. Yo diría que empezó, más bien, en 1531, con las apariciones de la Virgen de Guadalupe en el Tepeyac.
Apenas una década después de la llegada de la Virgen, millones de indígenas fueron bautizados y México se convirtió en la capital espiritual del Nuevo Mundo, enviando misioneros para la evangelización de América, Asia y Oceanía.
Ya a principios del siglo XVI, los misioneros españoles proclamaban el Evangelio en nuestro país, desde lo que hoy son Georgia y Florida hasta Texas y California. La primeraisa que hubo en nuestra tierra fue celebrada en 1565 en San Agustín, Florida. Durante esos mismos años, hubo misioneros franceses que desarrollaban su labor desde los Grandes Lagos hasta el Golfo de México.
Al consagrar la nación al Sagrado Corazón, recordamos que la fundación de nuestro país fue un capítulo dentro de la historia de la salvación y una parte de la gran misión que Jesús le encomendó a su Iglesia, es decir, la misión de proclamar su amor salvador y de hacer discípulos de todas las naciones, hasta los últimos rincones de la tierra.
Reconocemos, también, que la fundación de Estados Unidos es excepcional dentro de la historia de las naciones. La Declaración de Independencia no es tan solo un documento político, sino también un profundo testamento y herencia espiritual.
Los fundadores de Estados Unidos proyectaron forjar una nación bajo la protección de Dios y declararon que todo ser humano fue creado con dignidad y en igualdad, y destinado a vivir en libertad. Se dedicaron, pues, a formar un gobierno que estuviera al servicio de hombres y mujeres, promoviendo y protegiendo sus derechos divinos a la vida, la libertad y a la búsqueda de la felicidad.
Hoy tomamos ya por hecho estas ideas. Pero ninguna nación había asumido anteriormente tales compromisos.
Las ideas de los fundadores estaban arraigadas en las del movimiento de la Ilustración de esa época. Pero este pensamiento estaba aún más arraigado en las antiguas creencias de los pueblos judío y cristiano, especialmente en su fe en un Dios personal: un Dios que crea y dirige el curso de la historia y la vida de cada alma según sus propósitos de amor.
Los fundadores de Estados Unidos creían que la forma de gobierno que estaban estableciendo sólo podía mantenerse con un pueblo guiado por compromisos religiosos y morales.
Es importante que recordemos esto, ya que la sociedad estadounidense se ha ido secularizando cada vez más, y los creyentes y sus puntos de vista se han visto cada vez más marginados. A eso se debe que nuestra consagración de la nación al Sagrado Corazón sea tan importante.
Le pido a Dios que esta consagración conduzca a una renovación nacional, tanto espiritual como moral, y a que todos nosotros, al igual que nuestro prójimo, redescubramos los fundamentos religiosos de nuestra nación.
Le pido también a Dios que renovemos nuestro compromiso de llevar a cabo la sagrada tarea de promover la dignidad y la libertad humanas.
Nuestra historia no ha sido perfecta. Ha estado llena de tragedias y de violentas traiciones a nuestros valores más profundos. Desde los pecados originales de la esclavitud y el cruel maltrato a los pueblos indígenas, hasta nuestras luchas actuales contra el racismo y un resurgente nativismo, lo cual significa que el sueño americano sigue todavía en proceso.
Los fundadores de Estados Unidos, y los misioneros que los precedieron, comprendieron que toda vida humana es sagrada, que todos los hombres y mujeres nacen con una dignidad y con un destino trascendente totalmente innegables, sin importar quiénes sean ni de dónde provengan.
Tres años antes de la Declaración de Independencia, el gran misionero y fundador de la Iglesia de Los Ángeles, San Junípero Serra, redactó una “declaración de derechos” para los pueblos indígenas de California.
Como católicos y como estadounidenses, nosotros somos herederos de esta larga y noble tradición en defensa de la dignidad humana.
Nuestro compromiso como católicos se encuentra cimentado en el amor del que Jesús hizo prueba cuando entregó su vida en la cruz por nosotros. El Sagrado Corazón de Nuestro Señor es un corazón traspasado por el amor.
El amor de Jesús es un don invaluable, y es también una obligación sagrada.
Amemos, pues, a nuestro Dios, a nuestras familias, a nuestro prójimo y a nuestra patria con todo nuestro corazón y con todas nuestras fuerzas. Y que, mediante nuestro amor, podamos ayudar a esta gran nación a recuperar las promesas de su fundación.
Oren por mí y yo oraré por ustedes.
Encomendamos nuestra nación al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María. Ella estuvo allí, al pie de la cruz, cuando fue traspasado el corazón de su Hijo. Que ella siempre nos ayude a creer en la fuerza del amor de Él.
