El domingo 17 de mayo, solemnidad de la Ascensión del Señor, el Arzobispo José H. Gomez confirió el sacramento de la Confirmación a 23 jóvenes en la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles. Lo que viene a continuación es una adaptación de su homilía.
Cada año, la solemnidad de la Ascensión es un momento muy especial de la vida de la Iglesia. Nuestro Señor está ya sentado a la derecha del Padre, y allí es a donde nos llama a seguirlo y a estar con Él.
Al ascender al cielo, Jesús le da a su Iglesia la misión que le corresponde en la tierra: “Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado”.
Es también muy especial el celebrar el sacramento de la Confirmación en este día, porque éste es el sacramento de la misión, el sacramento con el cual Jesús pone un sello en nuestros corazones y nos hace suyos.
Así pues, queridos confirmandos, Jesús los convoca hoy para su misión. Y ustedes proclaman su compromiso de ser discípulos suyos, es decir, su compromiso de seguirlo, de participar de su vida y de la responsabilidad de su misión.
Jesús no vino a crear una institución; Él vino a crear una familia, la familia de Dios, el reino de Dios.
Jesús vino a hacer que todas las naciones del mundo formaran una sola familia, vino a invitar a cada hombre y a cada mujer a entrar en su reino, a ser hijos e hijas de Dios, bautizados en el nombre de la Santísima Trinidad, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Como católicos bautizados y confirmados, todos y cada uno de los que formamos parte de la Iglesia, tenemos que desempeñar un papel en la edificación de la familia de Dios aquí en la tierra. ¡Tenemos un llamado maravilloso y una hermosa vocación!
Así que, en la primera lectura de la Misa de hoy, Jesús se está dirigiendo a cada uno de nosotros cuando dice: “Serán mis testigos… hasta los últimos rincones de la tierra”.
Un testigo es aquel que da testimonio, no sólo con palabras, sino también con sus obras. Por la manera en la que tratamos a los demás y los amamos, damos testimonio de la influencia que Jesús tiene en nuestras vidas. Y de esa manera, podemos ayudar a los que nos rodean a descubrir el amor de Jesús.
Y en la misma primera lectura de la Misa de hoy, Jesús les dice a sus discípulos: “No se alejen de Jerusalén. Aguarden aquí a que se cumpla la promesa de mi Padre”, refiriéndose a la venida del Espíritu Santo en Pentecostés.
Los primeros cristianos hicieron exactamente lo que Jesús les dijo: regresaron a Jerusalén con María, la Madre de Jesús, y se dedicaron a orar juntos, a celebrar la fracción del pan y a vivir de acuerdo a las enseñanzas de los apóstoles. Y esperaron así el don del Espíritu Santo que Él les había prometido.
Aquellos primeros cristianos siguen siendo un modelo para nosotros, como discípulos y como Iglesia. Y algo sobre lo que nos conviene reflexionar es acerca de esa necesidad de permanecer cercanos a María, nuestra Santísima Madre y a Jesús en la Eucaristía.
Jesús asciende al cielo, pero no nos deja solos en la tierra; Él se va, pero nunca nos abandonará. Hoy escuchamos la promesa que nos hizo en el Evangelio: “Sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.
Pidámosle a Jesús la gracia de amarlo y de seguirlo más de cerca. Pidámosle que nos haga más conscientes de su presencia en nuestras vidas y en el mundo que nos rodea.
Jesús descendió del cielo para compartir nuestra vida humana, para tomar parte en todos nuestros sufrimientos y alegrías. Y hoy asciende al cielo, así que ahora, cada paso que damos en nuestra vida humana llega a ser un sendero que nos conduce al cielo, porque vamos siguiendo las huellas de Jesús.
Queridos confirmandos, no olviden nunca que, a partir de ahora, ustedes tienen los siete dones del Espíritu Santo — sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios — y que estos dones les ayudarán a tomar las decisiones correctas en la vida.
Así, con una fe activa y por medio de los dones del Espíritu Santo, ustedes podrán responder al llamado que Cristo les hace, y tendrán una vida maravillosa y feliz.
Y durante nuestra espera de la fuerza que el Espíritu Santo nos traerá en Pentecostés, pidamos la intercesión de nuestra Madre Santísima, Nuestra Señora de los Ángeles, la Madre de la Iglesia.
Que ella nos ayude a llevar a cabo la misión de nuestra vida: la de ser testigos ante todas las naciones del amor de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.
