“Oasis: Don’t Look Back in Anger” —estrenado por Disney en algunos cines desde el 11 de septiembre— es uno de esos raros documentales sobre rock que comienzan con la separación de la banda.
Es 2009 y vemos imágenes grabadas con una videocámara mientras un promotor de conciertos en París anuncia que los hermanos Gallagher, Noel y Liam, han tenido una pelea entre bastidores. Se cancela el concierto, se cancela la gira y, de hecho, se cancela la banda. El público, aunque decepcionado, no parece sorprendido: la mayoría de los fans de Oasis ya se sorprendían de que hubieran durado tanto.
Luego, el documental salta 15 años hacia adelante y anuncia lo imposible: los hermanos se han reconciliado y se disponen a embarcarse en una gira mundial. La noticia es recibida con bastante escepticismo; cuando ocurrió, recuerdo haber apostado con un amigo no sobre si la gira tendría éxito o no, sino sobre cuál de los dos estrangularía primero al otro.
Oasis nunca terminó de triunfar en Estados Unidos. Aquí, nuestro grado de familiaridad con la banda suele limitarse a algún universitario tocando “Wonderwall” con la guitarra en un rincón de una fiesta y cosechando un éxito inexplicable entre las chicas. Pero para el resto del mundo, Oasis era la segunda venida de The Beatles, una comparación que la propia banda fomentaba con una refrescante falta de humildad. Y, para ser justos, no estaba tan desencaminada: eran muchachos del norte de Inglaterra, herederos del ingenio irlandés, como si los Fab Four nunca se hubieran puesto traje ni hubieran cruzado el Ganges.
Noel, guitarrista principal y compositor, tenía un instinto casi sobrenatural para crear melodías pegadizas, mientras que Liam aportaba esa actitud de chico malo, descaradamente hedonista, en una época en la que las estrellas de rock al menos fingían preocuparse por los problemas del mundo. Después de décadas de música rock grandilocuente, había algo benditamente primitivo en Oasis; su sonido parecía llegar desde una cueva, como un eco de 10.000 años atrás. Hasta su apariencia encajaba: cejas prominentes y nudillos peludos de hooligans. Las apariencias pueden engañar, porque también eran los más ingeniosos de la prensa del rock y empleaban aquel humor irlandés contra cualquiera a quien consideraran un rival —por lo general, contra el mundo entero—. Por suerte para el mundo, a menudo estaban demasiado ocupados insultándose entre ellos.
Parte de ese atractivo primitivo estaba en su dinámica, casi bíblica. En pocas palabras, Noel creaba todas las canciones y Liam creaba todos los problemas. Hay ecos de esto en Isaac e Ismael, Jacob y Esaú, el hijo pródigo y su hermano responsable, e incluso Marta y María. El hermano mayor hace todo según las reglas, mientras que el menor sale adelante gracias a su encanto: es el alma de la fiesta, mientras el otro se queda al margen. Cuando Jesús nos dice que debemos amar a nuestro hermano, no está hablando en sentido metafórico; está reconociendo un patrón de comportamiento. Los hermanos Gallagher no hicieron caso de ese llamado, y eso condujo a la fatídica pelea en un camerino de París.
Los fans de Oasis hace tiempo que habíamos renunciado a toda esperanza de reconciliación, por lo que la noticia nos pareció un milagro y a la mayoría nos costó creerla. Siempre hay que desconfiar cuando un sueño se hace realidad —piensen en el clérigo escéptico de toda aparición mariana—. Los propios hermanos apenas podían creerlo y, durante buena parte del documental, esperan algún desastre que nunca llega.
La gira resulta ser un rotundo éxito, incluso en Estados Unidos. En las entrevistas con fans de países como Corea, Brasil y España, no hay ningún problema de traducción porque las letras de Oasis son difícilmente más comprensibles en inglés. ¿Qué significa exactamente “caminar lentamente por el pasillo / más rápido que una bala de cañón”? Noel la escribió y ni siquiera él sabe qué significa, aunque señala que los fans la entienden mejor que él.
Como crítico de cine católico, a veces uno se siente como un martillo para el que el mundo entero parece hecho de clavos que hay que clavar en las palmas de Cristo. Por eso resulta un alivio descubrir que la propia película reconoce la dimensión católica de todo esto, aunque salpicada de palabrotas de cuatro letras, ninguna de ellas precisamente “Mary”.
A lo largo del documental aparecen decenas de personas que se persignan espontáneamente; también hay una genuflexión mutua cuando Liam sube al escenario y ve a los fans que suponía que lo habían olvidado, mientras ellos tampoco pensaban volver a verlo junto a su hermano. Y luego están esos momentos en que Liam lleva una pandereta sobre la cabeza, un gesto absurdo que de repente parece quedar santificado cuando la luz que está detrás se proyecta como una aureola, como en un icono medieval.
La última palabra del documental la tiene un sacerdote católico de su ciudad natal, Manchester, que pronuncia una homilía el día del concierto con el que regresan. Señala que la verdadera razón por la que los conciertos siguen agotando las entradas no es solo la música. Después de todo, Noel y Liam llevan años interpretando estas canciones por separado. La gran atracción es la reconciliación, la posibilidad de que incluso la relación más fracturada pueda algún día sanar.
Lo curioso es que la reconciliación nació más de una necesidad económica que del amor fraterno: Noel solo encontró de repente en su corazón la capacidad de perdonar después de perder la mitad de su patrimonio en un costoso divorcio. Al comienzo del documental, la relación entre ambos es cordial, aunque estrictamente profesional, como si cualquier muestra de afecto fuera simplemente otra actuación para los fans.
Pero a medida que se acumulan los conciertos, ambos se sorprenden tanto como cualquiera al descubrir que una ficción repetida día tras día puede convertirse en realidad. Después de años de silencio, ahora se escriben todos los días y sus hijos, que durante mucho tiempo fueron prácticamente desconocidos entre sí debido a la enemistad de sus padres, se han convertido en grandes amigos. Es uno de esos raros casos en que un divorcio, de alguna manera, termina acercando a una familia.
La lectura del Evangelio el día del concierto de Manchester correspondía a Mateo 18, donde Jesús explica la necesidad de perdonar a nuestro hermano “setenta veces siete”. Como subraya el sacerdote, esto significa perdonar de manera permanente, sin importar el costo, y el perdón siempre tiene un costo.
Quién sabe si esta actual reconciliación entre los hermanos Gallagher durará. Pero todo final es también una oportunidad para comenzar de nuevo, una nueva posibilidad de descubrir esas epifanías que nunca terminan de arraigar.
Como dice el estribillo de una de sus mejores canciones: “porque nos necesitamos / creemos el uno en el otro / y sé que vamos a descubrir / lo que duerme en nuestra alma”. Es otra letra que Noel apenas comprende, pero precisamente ese es el punto: la respuesta se encuentra en los mil intentos fallidos por llegar a la verdad.
