A fines de 2025, un titular particularmente inquietante pasó prácticamente desapercibido en medio de las noticias de las fiestas de fin de año.
Xu Bo, un multimillonario chino de 48 años y de carácter reservado, había engendrado discretamente hasta 100 hijos mediante fecundación in vitro (FIV) y madres sustitutas en Estados Unidos, según informó The Wall Street Journal. Su objetivo era formar una “megafamilia” integrada por hijos que, esperaba, algún día tuvieran descendencia con los hijos de Elon Musk.
El caso salió a la luz, en parte, gracias a un juez del Tribunal Superior de Los Ángeles, quien rechazó la solicitud de Bo para obtener derechos parentales sobre al menos cuatro hijos aún no nacidos que estaban siendo gestados por madres sustitutas.
La historia de Bo, junto con casos como el de un delincuente sexual condenado en Pensilvania que obtuvo un bebé mediante FIV y gestación subrogada, puede parecer un ejemplo inverosímil de personas sin escrúpulos que se aprovechan de los avances tecnológicos.

Un procedimiento de inseminación artificial se lleva a cabo en un laboratorio de fecundación in vitro. (OSV News/Sandy Huffaker, Reuters)
Después de todo, la fertilidad se ha convertido en una preocupación mundial de primer orden. Cada vez son más las parejas que tienen dificultades para concebir. La disminución de los nacimientos a nivel mundial ha provocado una crisis demográfica en países desarrollados como Estados Unidos, Japón e Italia, que amenaza con generar profundas consecuencias económicas y sociales. Mientras tanto, voces tanto de izquierda como de derecha sostienen que ofrecer gratuitamente la fecundación in vitro (FIV), la congelación de óvulos y otras tecnologías reproductivas —o, al menos, contar con un amplio respaldo económico por parte de los gobiernos y de los empleadores privados— es la respuesta. ¿Realmente lo es?
Un ensayo publicado el 21 de agosto por Anna Louie Sussman, colaboradora de The New York Times, titulado “Cuando la decisión de no tener hijos no depende de uno”, parece revelar, aunque quizá sin proponérselo, el oscuro trasfondo de la demanda de una FIV gratuita.
Sussman escribe que el “deseo de tener un hijo” es tan poderoso que lleva a algunas familias a endeudarse fuertemente para tener la posibilidad de concebir mediante FIV. La propia Sussman viajó en repetidas ocasiones a Europa para congelar sus óvulos y someterse a tratamientos de FIV, porque allí resultaban más económicos que en Estados Unidos.
Tal vez a partir de esa experiencia, sostiene que el acceso a la FIV debería considerarse un derecho humano, ya que el derecho a tener un hijo pertenece a todos los seres humanos, independientemente de sus circunstancias personales. Sussman insiste en que los gobiernos o los empleadores privados deberían pagar la congelación de óvulos y la FIV, porque cualquier otra opción constituye “discriminación por motivos de fertilidad”.
El lenguaje de los derechos humanos y la discriminación transmite un mensaje. Sean jóvenes o mayores, solteros o casados, estén en un matrimonio tradicional (entre personas de distinto sexo y monógamo), en una relación entre personas del mismo sexo o en una relación poliamorosa de tres o más personas, todos los adultos tendrían derecho a “tener un hijo” si así lo desean.
Y no cualquier hijo, sino exactamente el tipo de hijo que desean —sano y del sexo que prefieran— y en el momento que consideren conveniente.
Pero no nos engañemos: Sussman no argumenta desde una perspectiva provida ni desde una perspectiva centrada en el niño.
Rechaza equiparar los “embriones con personas vivas” y desestima las preocupaciones por los embriones descartados como intentos de “limitar el acceso al aborto”. Según su interpretación, todo esto forma parte de una supuesta conspiración de los “conservadores religiosos” que buscan imponer su visión religiosa y prejuiciosa de la familia.
Mientras Sussman insiste en el derecho de los adultos a tener un hijo, también defiende con igual énfasis el derecho a no tener hijos, mediante la defensa del acceso al aborto.
El artículo de Sussman se centra por completo en el deseo de los adultos de tener un hijo. Pero nunca reconoce al embrión como un ser humano dotado de dignidad y derechos humanos que no dependen de los deseos de otra persona.

Peter y Meredith Deleeuw dialogan con legisladores para obtener apoyo a una iniciativa destinada a proteger los tratamientos de fecundación in vitro (FIV) en la sede del gobierno estatal de Alabama, en Montgomery, el 28 de febrero de 2024. Su hijo, Mason, fue concebido después de cinco ciclos de FIV. (OSV News/Julie Bennett, Reuters)
Sin embargo, Sussman tiene razón en algo: reconocer que el embrión posee derechos humanos afectaría no solo a la industria de la FIV, sino también a la del aborto. Su defensa tanto del derecho a tener un hijo como del derecho a no tenerlo deja al descubierto el elemento que ambas industrias tienen en común: la pretensión de ejercer un poder absoluto sobre un niño por nacer, de modo que los adultos puedan decidir, según sus propias preferencias, qué hijos permitirán que vivan y cuáles deberán morir.
Defensores de la FIV como Sussman evitan abordar la condición del embrión recurriendo al lenguaje de la propiedad, como alguna vez lo hicieron los dueños de esclavos. Admiten que los embriones son células “preciosas”, incluso milagrosas y hasta mágicas. Sin embargo, el embrión sigue siendo un medio para alcanzar un fin y puede ser descartado si no contribuye a cumplir los objetivos de los adultos.
Hasta ahora, los distintos estados de Estados Unidos mantienen posturas diferentes sobre cómo tratar a los embriones. ¿Son propiedad, considerados “bienes muebles”, cuya “propiedad” debe dirimirse en los tribunales como una disputa por un automóvil o una joya? ¿Son seres humanos cuya custodia debe resolverse judicialmente? ¿O son propiedad con un estatus especial?
Nadie sabe con exactitud cuántos embriones humanos permanecen congelados y almacenados en sistemas de crio preservación. Las estimaciones van de uno a 10 millones solo en Estados Unidos, y algunos llevan décadas congelados. Creados en laboratorios, por lo general son sometidos a pruebas para detectar anomalías genéticas y clasificados según su “calidad”, como si fueran carne o huevos destinados a la venta. Los embriones seleccionados son congelados rápidamente, numerados y almacenados, sin que se conozca cuál será su destino. Algunos serán implantados; otros serán descartados, donados a otra persona o utilizados en experimentos médicos. Incluso cuando más adelante son seleccionados para su implantación, muchos embriones no sobreviven al proceso de descongelación.
La injusticia cometida contra estos diminutos seres humanos puede prolongarse indefinidamente. Como el daño continúa con el paso del tiempo, resulta difícil dimensionar la magnitud del problema que plantean los embriones congelados.
El trato que la industria de las tecnologías reproductivas da a los embriones es una de las razones por las que la Iglesia Católica lleva mucho tiempo advirtiendo a las parejas sobre las cuestiones morales que plantean estas tecnologías, tanto en Donum Vitae (“El don de la vida”, 1987), como en Dignitas Personae (“La dignidad de la persona”, 2008) y Dignitas Infinita (“Dignidad infinita”, 2024).
Existe la idea equivocada de que la prohibición de la FIV por parte de la Iglesia significa que de algún modo rechaza a los niños concebidos mediante esta técnica. Nada más lejos de la verdad: la Iglesia considera que cada niño es un don y posee una dignidad intrínseca, y que las circunstancias de su concepción no alteran esa dignidad.
El uso que hace la Iglesia de la palabra “don” es fundamental. La vida humana no es una posesión, una mercancía ni un objeto que pueda tomarse o someterse al dominio de alguien. Como don, debe ser recibida con gratitud y valorada. Los embriones no son células mágicas: son personas humanas. Como todas las personas, nunca deben ser utilizadas como un medio para alcanzar un fin ni para satisfacer los deseos de otra persona.
Más bien, la Iglesia basa su conclusión de que la FIV no es ética en aquello que se le debe al niño. Todo niño merece ser concebido mediante el abrazo amoroso de sus padres, y no creado en un laboratorio. Todo ser humano debe ser tratado con dignidad y respeto desde la concepción hasta la muerte natural. En palabras del papa Francisco, el niño es “siempre un don y nunca puede ser objeto de un contrato comercial”.

Un procedimiento de inseminación artificial se lleva a cabo en un laboratorio de fecundación in vitro. (Shutterstock)
Hasta ahora, las advertencias de la Iglesia han sido ignoradas por muchos católicos que han recurrido a la FIV. Otros tienen amigos o familiares que lo han hecho y dudan en hablar del tema por temor a parecer crueles o juzgarlos. Les preocupa que cuestionar la manera en que un niño fue concebido se interprete como una falta de amor hacia ese niño.
Pero cuando se trata de la FIV, guardar silencio, por más buenas que sean las intenciones, no ayuda a nadie. Es necesario que sepan que algunas intervenciones para tratar la infertilidad son moralmente lícitas, mientras que otras, entre ellas la FIV, no lo son. También necesitan saber que la promesa de la industria de la FIV de garantizarles el derecho a tener un hijo tiene un costo terrible: los técnicos de laboratorio evaluarán y clasificarán a sus hijos, y en algún momento se les pedirá que decidan si sus embriones deben vivir o morir.
Las parejas que han recurrido a la FIV para tener hijos también merecen conocer la verdad. Necesitan saber que la Iglesia recibe y ama a sus hijos, y que comprende que actuaron con buenas intenciones cuando recurrieron a la FIV. Merecen saber por qué la Iglesia se opone a esta práctica, que los sacramentos pueden ser una fuente extraordinaria de sanación y que la orientación de su diócesis o de su párroco puede ayudarlos a afrontar las cuestiones éticas que plantea el uso de la FIV.
Por último, merecen recordar que Dios es misericordioso y ama a cada uno de ellos y a todos sus hijos, nacidos y por nacer. Como nos recordó Francisco: “Dios nunca se cansa de perdonarnos”.
