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Cualquiera que haya visto una autopsia en una serie policial como The Closer o Scarpetta sabe que se trata de procedimientos bastante escalofriantes.

El nuevo libro de Jonathan Vigliotti, titulado "Torched" (Simon & Schuster, US$30), también lo es. Es una minuciosa reconstrucción del incendio de Palisades de enero de 2025 y un análisis de la cadena de errores que permitió que la tragedia arrasara con casi 7.000 edificaciones.

Vigliotti, corresponsal de CBS News y residente de Los Ángeles, siguió el desastre desde sus primeras horas. En Torched relata casi minuto a minuto cómo las llamas avanzaron desde las colinas hasta consumir barrios enteros. Pero no se limita a narrar los hechos. Escribe con evidente indignación ante la ausencia de liderazgo de la alcaldesa, la lentitud de las autoridades municipales y un cuerpo de bomberos sobrepasado y con recursos insuficientes. La falta de medidas básicas de prevención y el hecho de ignorar múltiples advertencias sobre la vegetación reseca por la sequía y la inminente llegada de los vientos de Santa Ana con fuerza de huracán dieron lugar al tipo de incendio que hoy, casi de rutina, se califica como "el peor en un siglo".

Pero, en realidad, no se trató de un incendio excepcional, de esos que ocurren "una vez por siglo", sino de un fenómeno que se ha repetido en un lapso de apenas siete años. Uno de los argumentos más contundentes que plantea Vigliotti es que ya existía un precedente muy cercano: el incendio de Woolsey, que arrasó la comunidad de Malibú en 2018.

Entonces también el Servicio Meteorológico Nacional había advertido sobre fuertes vientos y un riesgo extremo de incendios. Muchas de las deficiencias que complicaron el combate del incendio de Palisades ya habían quedado al descubierto durante el Woolsey Fire, que destruyó unas 1.600 edificaciones, obligó a evacuar a 250.000 personas y provocó pérdidas por unos 6.000 millones de dólares. Los hidrantes dejaron de funcionar, la presión del agua colapsó y, ante la falta de planes de evacuación, los residentes congestionaron las carreteras mientras huían, dificultando el paso de los camiones de bomberos. En muchos sentidos, aquel incendio fue el ensayo general de la catástrofe de Palisades.

Y, como volvería a ocurrir tras el incendio de Palisades, las promesas de ayuda quedaron atrapadas en la burocracia y los interminables trámites de organismos como FEMA, la Agencia de Protección Ambiental (EPA), las compañías de seguros y el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos. Después del incendio de Woolsey, solo el 40% de los propietarios regresó para reconstruir sus viviendas. Fue, en esencia, un anticipo de un desastre aún mayor. Y si hay algo más frustrante que la tragedia misma, concluye Vigliotti, es la incapacidad de quienes ocupan puestos de liderazgo para aprender las lecciones que estaban a la vista de todos.

Tras el incendio de Woolsey, las autoridades de Los Ángeles realizaron una evaluación exhaustiva de lo ocurrido y plasmaron sus hallazgos en un informe de 203 páginas que documentó la cadena de fallas. Sin embargo, como señala Vigliotti, el documento "se quedó corto a la hora de señalar responsables. No identificó a ningún comandante. No responsabilizó a ninguna agencia. Con un lenguaje clínico y pasivo, describió los errores sin atribuirlos a nadie".

La eficacia de las 150 recomendaciones contenidas en ese informe quedó en evidencia —para mal— con el caos del incendio de Palisades. Mientras los políticos dirigían su atención a otras crisis y proyectos, como los Juegos Olímpicos, pasaron por alto una realidad evidente: gran parte de Los Ángeles limita con las colinas y cañones secos de las montañas de Santa Mónica. Ese terreno, escribe Vigliotti, es una auténtica "bomba de tiempo", y el 7 de enero de 2025 volvió a estallar.

Como recordarán los lectores de Angelus, la casa de la familia de mi esposa quedó destruida durante las primeras 24 horas del incendio de Palisades. Aquella noche yo estaba a miles de kilómetros de distancia, siguiendo con angustia cada reporte de prensa, incluidos los de Vigliotti, y revisando constantemente los mapas y sitios web para saber qué cañones estaban siendo devorados por las llamas.

En ese momento aún desconocía muchos de los hechos que el autor revela en su libro: la ausencia de brigadas de bomberos en algunos sectores, el caos en las comunicaciones y las carreteras intransitables que dificultaron la respuesta de emergencia. Cuando el incendio finalmente comenzó a ceder, me puse en contacto con un fotógrafo de prensa que pudo enviarnos imágenes de la propiedad familiar. No quedaba nada, salvo la chimenea. Todo lo demás había desaparecido.

El relato de Vigliotti sobre la desorganización, los errores y la incapacidad de las autoridades municipales resulta especialmente indignante porque la tragedia era previsible. Personas con grandes recursos, como Kim Kardashian durante el incendio de Woolsey o Rick Caruso en el de Palisades, pudieron contratar brigadas privadas de bomberos para proteger sus propiedades. En cambio, quienes dependían exclusivamente de la respuesta de la ciudad de Los Ángeles no tuvieron más opción que ver cómo sus hogares eran consumidos por el fuego.

"Torched" no será el último libro escrito sobre esta tragedia, pero sí era un libro necesario para comenzar esa reflexión. Vigliotti no aborda el incendio de Eaton, en la zona de Altadena, que ocurrió al mismo tiempo y destruyó aún más edificaciones. Tampoco profundiza en el escándalo de las compañías de seguros, que en los años previos al desastre elevaron drásticamente las primas, dejando a muchos residentes sin posibilidad de contratar cobertura contra incendios y que, después del siniestro, dificultaron el cobro de las indemnizaciones. Aun así, señala un dato revelador: tras el incendio, "el 70% de los residentes sufrió demoras o recibió negativas por parte de sus aseguradoras".

En un mundo ideal, sostiene el autor de la reseña, los ciudadanos exigirían responsabilidades y cambios concretos antes de que ocurra el próximo incendio. Porque no hay dudas de que habrá un próximo. Sin embargo, cuando las responsabilidades están tan repartidas entre distintos organismos e instituciones, el desenlace más probable es que nadie, especialmente los dirigentes políticos y la burocracia, termine rindiendo cuentas.

Después de todo, hay unos Juegos Olímpicos que organizar y una larga lista de asuntos que reclaman la atención de los gobernantes. ¿Quién quiere destinar recursos para prepararse ante un desastre cuya fecha exacta aún se desconoce?

Las comunidades expuestas a los incendios merecen algo mejor. Las autopsias pueden ser duras de contemplar, concluye la reseña, pero son indispensables si se tiene el valor de mirar de frente los errores y aprender de ellos.

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Greg Erlandson