A mediados del siglo XIX, Orestes Brownson era tan conocido por los estadounidenses instruidos como hoy podrían ser Jeff Bezos o Tucker Carlson. Sin embargo, tras su muerte, su reputación cayó inexplicablemente en el olvido.
Y, sin embargo, Brownson fue quizás el pensador más profundo —y lamentablemente más olvidado—, católico o no, que haya escrito sobre el significado de Estados Unidos. Para comprender su pensamiento, es necesario entender la importancia que daba a la célebre frase de la Declaración de Independencia: “todos los hombres son creados iguales”.
Como pastor protestante de Nueva Inglaterra en la década de 1830, Brownson estaba profundamente preocupado por la búsqueda de la verdad. Ese anhelo lo llevó a integrar ideas procedentes de diversas corrientes no católicas, hasta llegar a la conclusión de que la persona humana no puede vivir aislada ni alcanzar la felicidad por sí sola: necesita vivir en comunión con su Creador, consigo misma, con los demás e incluso con la naturaleza.

Retrato de Orestes Brownson en 1863, obra del pintor estadounidense G. P. A. Healy (1813-1894). (Wikimedia Commons)
Esta reflexión filosófica llevó a Brownson a convertirse al catolicismo en 1844 y transformó también su manera de entender la Declaración de Independencia.
Brownson se refería con frecuencia a la fundación de Estados Unidos como un acontecimiento providencial: una intervención deliberada de Dios en la historia de un pueblo para dar origen a una forma de gobierno completamente nueva, llamada a servir de ejemplo para el resto del mundo.
Como escribió en una de sus obras, “el pueblo estadounidense tiene, en términos generales, la convicción de que la Divina Providencia le ha confiado una misión importante y lo ha elegido para ofrecer al mundo un orden de civilización superior al que había existido hasta entonces”.
Dirigiéndose a los católicos estadounidenses, muchos de ellos inmigrantes, Brownson afirmaba en 1856 que “la convicción de que la Providencia tiene grandes designios para nosotros, de que nos ha confiado la misión más gloriosa otorgada jamás a un pueblo, debería fortalecer nuestro amor por la patria, encender en nuestros corazones un patriotismo auténtico y santo, y hacernos sentir orgullosos de ser estadounidenses”.
Ese año, al cumplirse el 80.º aniversario de la Declaración de Independencia, Brownson advertía que algunos pensadores estaban atribuyendo sus principios exclusivamente a la Ilustración.
“Nuestros antepasados protestantes fundaron el orden estadounidense no sobre su protestantismo, sino sobre la ley natural, la justicia natural y la equidad tal como las explicó la Iglesia mucho antes de la Reforma protestante de Lutero y sus seguidores. No hicieron más que aplicar esos grandes principios de derecho natural, justicia e igualdad que durante quince siglos los concilios, doctores y juristas católicos se habían esforzado por difundir”.
Brownson reconocía que Dios se había servido de pensadores ilustrados anticatólicos y de protestantes de diversas corrientes, influidos por el derecho consuetudinario británico, para expresar en la Declaración de Independencia ese proyecto providencial para la nación. Sin embargo, insistía en que sus principios fundamentales procedían de la tradición de la ley natural desarrollada mucho antes por Aristóteles, san Agustín y santo Tomás de Aquino.
A su juicio, el verdadero espíritu de la Declaración no consistía en exaltar al individuo, como defendían los seguidores de John Locke. Creía que una sociedad basada en el individualismo terminaría derivando en la anarquía o en la tiranía, porque cada persona buscaría únicamente su propio interés. En cambio, sostenía que la esencia del proyecto estadounidense era la comunión entre las personas, la misma convicción que lo había llevado a abrazar la fe católica.

Un grupo de personas participan en un servicio de oración cerca del Monumento a Washington antes del evento “Rededicate 250: Jubileo Nacional de Oración, Alabanza y Acción de Gracias”, celebrado el 16 de mayo en el National Mall para conmemorar el 250.º aniversario de Estados Unidos. (Foto de OSV News/Seth Herald, Reuters)
Brownson meditó profundamente las enseñanzas del Evangelio y las integró con su comprensión del espíritu estadounidense.
Resulta llamativo que sus escritos anticiparan gran parte de la Doctrina Social de la Iglesia que, más de un siglo después, el papa León XIV resumiría en su encíclica Magnifica Humanitas: la importancia del Estado de derecho para proteger la dignidad de la persona humana y el compromiso con “el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social” (n.º 48).
Brownson también escribió extensamente sobre la relación entre la democracia y la responsabilidad personal, la armonía que debe existir entre la Iglesia y el Estado, y el papel fundamental de un laicado bien formado para llevar el mensaje del Evangelio al corazón de la sociedad.
En la época del movimiento Know-Nothing, de carácter anticatólico y contrario a la inmigración, muy influyente en la década de 1850, cuando eran frecuentes las manifestaciones anticatólicas y muchos consideraban que el catolicismo era ajeno al espíritu estadounidense, Brownson fortaleció la confianza de los católicos al sostener que su papel en la república no debía limitarse a la obediencia al Estado, sino que también estaban llamados a orientar y aportar principios morales a la vida pública.
Estaba convencido de que los católicos difícilmente habrían redactado la Declaración de Independencia o negociado la Constitución. Sin embargo, creía que un laicado católico bien formado era indispensable para preservar el sistema de gobierno estadounidense, especialmente por su vulnerabilidad a los intereses económicos y a la influencia que estos ejercen sobre la opinión pública.
En este sentido, Brownson se adelantó más de un siglo a su tiempo al destacar la misión propia de los laicos. En 1856 escribió que Dios “ha dado al ser humano dominio sobre toda la creación terrena, y en la búsqueda de ese legítimo dominio los católicos son tan libres como los no católicos para participar, sin que ello perjudique su fe ni su piedad” (Mission of America).
No fue sino hasta 1964, durante el Concilio Vaticano II, cuando la Iglesia hizo suya oficialmente esta enseñanza en la constitución Lumen Gentium: “Los laicos, por su propia vocación, buscan el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según el plan de Dios” (n.º 31).
En su primer discurso ante los cardenales, apenas un día después de ser elegido, el primer papa estadounidense, León XIV, advirtió sobre el peligro del “ateísmo práctico”: la tendencia a separar la fe cristiana de la vida cotidiana o a restar importancia a la redención realizada por Jesucristo en la cruz mientras se desarrollan las actividades de cada día.

El papa León XIV saluda a peregrinos que portan una bandera de Estados Unidos al llegar en el papamóvil a la Plaza de San Pedro para la audiencia general del 18 de junio de 2025, en el Vaticano. (Foto de CNS/Vatican Media)
Brownson enseñaba precisamente eso. Sostenía que los católicos tenían una misión particular: contribuir a preservar ese “orden superior de civilización” inaugurado con la Declaración de Independencia.
“Que el catolicismo lleve a cabo la obra que este país necesita, y que cumplamos o no nuestra misión, depende de la fidelidad de los propios católicos.
Le debemos a nuestra patria un servicio más grande y más noble del que le hemos prestado hasta ahora. No podremos ofrecerlo mientras no nos preparemos para el lugar que Dios nos ha dado y tomemos conciencia de la inmensa y exigente responsabilidad que descansa sobre nosotros” (Mission of America, 1856).
Según Brownson, los católicos estadounidenses deberían valorar su legado intelectual, pues veía los principios fundacionales del país no solo como ideas propias de una época, sino como una expresión de un orden querido por Dios: un “don providencial” basado en principios universales —la ley natural— y digno de un auténtico patriotismo.
Por supuesto, Brownson no hablaba con la autoridad del magisterio de los papas. Sin embargo, sus escritos siguen ofreciendo una valiosa guía para reflexionar sobre el papel que los laicos católicos están llamados a desempeñar en el futuro de Estados Unidos. Por eso, un siglo y medio después, sigue siendo un autor que merece ser leído y redescubierto por sus compatriotas.
