Muchas cosas que en nuestra infancia no generaban controversia hoy son motivo de debate mientras criamos a nuestros propios hijos: los pronombres, los programas para estudiantes destacados y los trofeos, por mencionar algunos. Esto se ha vuelto parte de la experiencia millennial
En la actualidad, incluso el Día de la Madre genera controversia, algo que habría sorprendido a mi propia madre.
En los últimos años, se ha vuelto común que grandes empresas envíen avisos a sus clientes antes de sus campañas de marketing por el Día de la Madre, informándoles por correo electrónico o a través de las redes sociales que es comprensible si prefieren pausar notificaciones o cancelar suscripciones debido a lo “sensible” que pueden resultar estas promociones y descuentos.
Ya sea por una cuestión de imagen o por una intención genuina, estas empresas redoblan sus esfuerzos en esta época para evitar ofender a mujeres que desean ser madres pero no lo son, a quienes no desean serlo y a aquellas que, por diversas razones, no mantienen relación con sus propias madres.
El mundo católico no es ajeno a esta tendencia. Para muchas mujeres millennials y de la generación Z, hoy resulta polémico dar una bendición a las madres en el Día de la Madre.
Yo sostengo que no debería ser así.
En Estados Unidos, el Día de la Madre se celebra cada año el segundo domingo de mayo. Para los católicos, además, es un día en el que estamos llamados a participar en la Misa.
Por lo general, al final de la Misa de ese domingo, el sacerdote invita a las madres presentes a ponerse de pie para recibir una bendición especial, en la que se pide a Dios que las fortalezca, reconozca sus sacrificios y agradezca el don de la vida y del amor. La oración incluye tanto a las madres vivas como a las fallecidas.
En los últimos años ha surgido, sobre todo en internet, un movimiento que pide a los sacerdotes limitar o incluso dejar de ofrecer esta bendición (o al menos los aplausos para las madres) y, en su lugar, advertir a la comunidad que para algunas mujeres puede ser un momento doloroso.
Este movimiento nace de un deseo sincero y genuino de acompañar con compasión a mujeres que anhelan la maternidad pero no la han podido vivir, como quienes enfrentan la infertilidad o están solteras y desean casarse.
El problema, al menos desde mi punto de vista, es que muchas veces se presenta como la única manera aceptable —más aún, como la correcta — de acompañarlas en su sufrimiento.

Una mujer sostiene a un niño pequeño y una vela durante la Misa de Réquiem por los No Nacidos de la Arquidiócesis de Los Ángeles en 2025. (Victor Alemán)
Entiendo ese impulso. He escrito en estas páginas sobre el dolor de la infertilidad y he intentado dar visibilidad a las historias de mujeres que sufren en silencio la angustia, que muchas veces pasa desapercibida o es ignorada, de estar solteras más tiempo del que quisieran. Y ambos grupos están creciendo a un ritmo acelerado.
Como mujer que no se casó hasta los 34 años, todavía recuerdo estar sentada en el banco cada año mientras las demás se ponían de pie para recibir esa bendición. El dolor que sentía era tan fuerte que llegaba a manifestarse físicamente. Y durante los años que fui a Misa el Día de la Madre con mi mamá, que tenía una enfermedad terminal, ese sufrimiento se hacía aún más intenso.
Estas experiencias son reales, y los católicos no podemos permanecer ajenos. Estadísticamente, en una parroquia católica promedio también habrá varias mujeres que han pasado por un aborto y que asisten a Misa el Día de la Madre, para quienes esa bendición puede despertar tristeza o arrepentimiento. Es importante que todas ellas sepan que son tenidas en cuenta y amadas incondicionalmente, y que las parroquias aprovechen la creatividad y los dones de sus fieles para acompañarlas de manera cercana y sincera.
Pero aun así, es importante seguir bendiciendo a las madres en el Día de la Madre. No necesitamos sumar una nueva forma de culpa materna: una que haga sentir a una mujer que debería avergonzarse de ser madre o que su vocación vale menos porque no todas la comparten.
Creo que esta controversia podría aclararse si se explicara mejor en qué consiste esta bendición y qué implica realmente.
Esta bendición no significa que las madres sean más valiosas que otras mujeres. Al fin y al cabo, no han llegado a ser madres por mérito propio. Es solo por la providencia de Dios que cualquiera de nosotros existe, incluidos nuestros hijos.
Tampoco esta bendición otorga a las madres un carácter especial o sagrado. Tomada del “Libro de las bendiciones” de la Iglesia, se trata de una bendición invocativa: simplemente se pide a Dios que conceda algún bien, temporal o espiritual, a una madre. La Iglesia tiene muchas bendiciones de este tipo, dirigidas a hombres, mujeres y niños por igual.
Hace menos de dos meses, estaba acostada en una camilla de urgencias, empapada en sangre y con una hemorragia por complicaciones posparto cuya causa no estaba clara. Mientras radiólogos y cirujanos debatían qué tipo de intervención necesitaba, las enfermeras entraban a mi habitación una y otra vez para decirme que, aunque nunca habían visto una pérdida de sangre así, todavía no estaba en peligro de muerte porque, de manera inexplicable, mi cuerpo seguía produciendo suficiente sangre para reemplazarla.
Al mirar a mi esposo y a mi bebé al otro lado de la habitación, no me quedaban dudas de por qué todavía no estaba en estado crítico. Sabía que había personas rezando por mí.
Y fue la gracia —quizás fruto de tantas bendiciones recibidas en Días de la Madre— la que me dio la paz de Cristo y la certeza de que, si no salía adelante, Él estaría con mi esposo y mis hijos.
Durante la bendición de este Día de la Madre, voy a rezar por las madres cuyos esposos o hijos están en barcos de la marina o en bases militares, y que necesitan esta gracia.
Rezaré por las madres que están en la unidad de cuidados intensivos neonatales o en una sala de urgencias, atravesando la incertidumbre del posparto, y que necesitan esta gracia.
Rezaré por una amiga que este año perdió a su esposo y a dos de sus hijos en un accidente de auto, y que necesita esta gracia para mantenerse fuerte por su hijo que sigue con vida.
Rezaré por mi madre y mis abuelas fallecidas, que necesitan la gracia para llegar al cielo.
Rezaré por las madres primerizas, que no saben si volverán a dormir alguna vez; por las madres que han pasado por un divorcio; por las madres solteras que cargan con el trabajo de dos adultos; por las madres que no pueden alimentar, vestir o dar techo a sus hijos. Todas ellas necesitan la gracia de una ayuda oportuna, como dice san Pablo.
Y también rezaré durante la Misa del Día de la Madre por las mujeres que desean tener hijos. Conozco ese dolor, al menos en parte.
Pero no lo haré por sentirme presionada o avergonzada, sino porque, si hay alguien a quien Dios ha dado una especial capacidad de solidaridad, es a las mujeres. Seamos madres o no, todas podemos acoger a los demás.
Y eso, podría decirse, es una verdadera bendición para todos.
