ROSARIO, Argentina -- Cuando el Papa León XIV fue elegido al papado el 8 de mayo de 2025, pocos sintieron el cambio de manera tan personal como quienes lo habían conocido mucho antes de que saliera al balcón de la Basílica de San Pedro.

“Para mí”, dijo Armando Lovera, escritor peruano que vivió durante años con quien entonces era el padre Robert Prevost en un seminario agustino, “hubo incluso una sensación de pérdida. Perdí a un amigo, en el sentido de que ya no puedes simplemente llamarlo, pasar a verlo o hablarle sin protocolo”.

Y, sin embargo, mientras se acerca el primer aniversario de su elección, Lovera y otros que conocieron al papa en Perú insisten en que, bajo el peso del cargo, el hombre mismo no ha cambiado.

“Él sigue siendo Roberto”, dijo Lovera. “El mismo amigo, la misma persona, solo que ahora con una misión mucho más grande”.

Esa convicción se repite en Chiclayo, la diócesis del norte peruano donde el futuro papa sirvió como obispo desde 2015 hasta 2023, cuando fue llamado a Roma para dirigir la oficina vaticana responsable del nombramiento de obispos.

En Chiclayo, entre sacerdotes, líderes laicos y amigos, surge un retrato constante: un pastor marcado por la cercanía, el instinto misionero y un liderazgo sereno pero firme, rasgos ahora visibles en el escenario mundial.

Esas mismas cualidades también son reconocidas por sus hermanos agustinos.

“Cuando salió al balcón, dijo: ‘Soy hijo de Agustín, un agustino’”, recordó el padre Robert Hagan, prior provincial de la Provincia de Santo Tomás de Villanova. “Sabemos lo que eso significa: amar a Dios y amar al prójimo. Eso es lo que él hace”.

Si escuchar definía su estilo de liderazgo, la presencia le daba forma, y en ningún lugar fue más evidente que en las parroquias alejadas de Chiclayo.

El padre Edwin Santa Cruz, sacerdote diocesano que trabajó estrechamente con el entonces obispo Prevost, recuerda que su primer encuentro duró más de 40 minutos, no porque el obispo hablara extensamente, sino porque escuchaba.

“Me enseñó a escuchar y a esperar”, dijo el padre Santa Cruz, quien vive con paraplejia desde hace más de dos décadas.

Sus caminos se cruzaban casi a diario en la catedral de Chiclayo, donde ambos celebraban Misa con menos de una hora de diferencia. El obispo, dijo, siempre estaba disponible.

“Siempre sentí su cercanía”, dijo el padre Santa Cruz. “Cada vez que necesitaba verlo, estaba dispuesto a recibirme”.

Esa atención iba más allá del clero. Ya fuera en reuniones parroquiales o visitas pastorales, quienes trabajaron con él recuerdan a un hombre que rechazaba la prisa y prefería escuchar a la gente antes de tomar decisiones.

Otros lo han descrito de forma similar. El cardenal chileno Fernando Chomali, hablando poco después de la elección, dijo que el nuevo papa encarna un principio sencillo: “Dios nos dio dos ojos, dos oídos y una boca”.

“Tiene una gran capacidad de escucha”, dijo el padre Santa Cruz. “Nunca lo vi desesperado. Toma decisiones desde la objetividad y desde el amor a la verdad”.

Hacerse presente era solo el comienzo; en momentos de crisis, transformaba la presencia en acción.

Chiclayo es una diócesis de casi 50 parroquias repartidas entre centros urbanos y zonas rurales remotas. El padre Santa Cruz recuerda cómo el obispo se propuso visitarlas todas: a veces conduciendo él mismo durante horas, otras viajando a caballo para llegar a comunidades aisladas.

“Se ponía botas y iba donde hacía falta ayuda”, dijo.

Un momento en particular sigue vivo en su memoria. Después de lluvias torrenciales que inundaron el seminario diocesano durante un fenómeno de El Niño, el padre Santa Cruz encontró al obispo en la entrada.

“Llegó con zapatillas deportivas”, recordó el sacerdote. “Le dije: ‘Monseñor, todo está inundado’. Él respondió: ‘¿Qué hacemos?’ Le dije: ‘Le traeré botas’. Y él dijo: ‘No, vamos a ver’. Y entramos”.

Las botas llegaron después. La decisión de entrar no podía esperar. Para el padre Santa Cruz, ese impulso de meterse en la inundación captó algo esencial: “Sentir a nuestro obispo tan cercano, tan dispuesto, nos marcó profundamente”.

Para Janina Sesa, quien dirigía Cáritas en Chiclayo, esa cercanía adquirió urgencia de vida o muerte durante la pandemia de COVID-19.

“Ofreció apoyo espiritual, y más”, dijo.

El obispo Prevost reunió a empresarios, autoridades civiles y ciudadanos comunes para financiar la compra de plantas de oxígeno. La meta parecía enorme.

“Recuerdo cuando me dijo: ‘Janina, vamos a comprar una planta de oxígeno’”, contó. “Pensé: ‘¿Cómo vamos a lograrlo?’”

“Él decía: ‘Confía en la providencia’”, recordó.

Al final, la campaña logró dos plantas de oxígeno que brindaron atención gratuita a quienes más la necesitaban.

“Cuando llegó la planta, la gente lloró”, dijo Sesa. “Nos devolvió la esperanza”.

Para quienes lo conocieron, ese episodio sigue siendo símbolo de un patrón más amplio: un líder arraigado en la fe que responde de manera concreta a la necesidad humana.

Mucho antes de ser obispo, y décadas antes de su elección al papado, el padre Prevost ya había vivido una vida marcada por la misión. Como sacerdote agustino y luego superior general de la orden, viajó extensamente por África, Asia y América Latina, visitando comunidades y fortaleciendo esfuerzos misioneros.

“Ha visto la Iglesia en muchas realidades”, dijo Lovera. “Conoce las periferias”.

Ese instinto misionero no era abstracto. En Perú significaba recorrer difíciles caminos de montaña para llegar a comunidades quechua hablantes, e incluso inscribirse discretamente en un curso de idioma para comunicarse mejor con ellas.

“Pensé que se había anotado solo para saludarnos”, dijo Sesa. “Pero no, estaba allí como alumno”.

El gesto reflejaba un patrón más amplio: la disposición de encontrarse con la gente donde está.

“Se detenía para bendecir niños, saludar personas, estrechar manos”, dijo. “Tal como lo hace hoy”.

Para quienes mejor lo conocieron, el paso de obispo a papa no representa una ruptura, sino una expansión.

“¿Qué cambió?”, reflexionó el padre Santa Cruz. “Ahora ya no es el obispo de una diócesis, sino el pastor de la Iglesia universal”.

El padre Jorge Millán Cotrina, rector de la catedral de Chiclayo, ve esa continuidad expresada ahora en la misión universal del papa.

“El papa es Pedro entre nosotros”, dijo. “Está allí para confirmarnos en la fe y llenarnos de esperanza”.

Mientras algunos observadores esperan cambios rápidos, el padre Millán advirtió contra aplicar una cultura de inmediatez a la Iglesia.

“No somos algoritmos”, dijo. “Las personas necesitan tiempo: para escuchar, corregirse y crecer”.

También recordó cómo el entonces obispo Prevost respondía a las críticas. Cuando un sacerdote habló públicamente contra él, el futuro papa usó una ofrenda económica que había recibido tras celebrar confirmaciones para comprar llantas nuevas para el auto del sacerdote.

“Sabe transformar algo negativo en algo bueno”, dijo el padre Millán.

Para Lovera, una pequeña historia resume la esencia del hombre hoy conocido como papa.

En la década de 1990, un hombre sin hogar acudía con frecuencia a la casa agustina donde vivían en Perú. La comunidad lo alimentó diariamente durante años, pero con el tiempo nadie recordaba su nombre.

Lovera finalmente escribió a su viejo amigo. “¿Recuerdas cómo se llamaba?”, preguntó.

Al principio, el papa no lo recordaba. Horas después, llegó un mensaje de texto: “Félix”.

Habían pasado décadas. La memoria no se había perdido.

“Recuerda a las personas”, dijo Lovera. “Así es él”.

De regreso en Chiclayo, ese recuerdo vive no solo en anécdotas, sino también en la expectativa. Los católicos siguen de cerca su pontificado y esperan algún día darle la bienvenida nuevamente. Líderes eclesiales peruanos han expresado públicamente ese deseo y, aunque todos fingen no hacerlo porque el Vaticano no ha confirmado ninguna visita, la diócesis que una vez dirigió se prepara para recibirlo en noviembre.

Mientras tanto, el vínculo permanece: en la oración, en la memoria y en un silencioso sentido de orgullo.

“Lo decimos con alegría”, afirmó el padre Millán. “Pedro fue nuestro obispo”.

Inés San Martín escribe para OSV News desde Rosario, Argentina. Es editora de Mission Magazine, publicación de The Pontifical Mission Societies USA.

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Inés San Martín
Inés San Martín es periodista argentina y jefa de la oficina de Roma de Crux. Ella es una colaboradora frecuente de Ángelus.