Una mujer envuelta en una bandera venezolana reza en la Iglesia del Santísimo Redentor en Roma el 4 de enero de 2026, tras un ataque estadounidense contra Venezuela, donde el presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, fueron capturados el día anterior. (Foto de OSV News/Matteo Minnella, Reuters)
A lo largo de las últimas tres décadas de dictadura socialista en Venezuela, el enfoque diplomático de la Iglesia católica bajo tres pontificados ha buscado lograr un delicado equilibrio entre el diálogo amistoso y la crítica cautelosa, tanto a los funcionarios del régimen como a los líderes de la oposición.
A menudo, parecía que Roma y los obispos del país avanzaban en direcciones diferentes, pero tras la elección de un nuevo –papa estadounidense– y la destitución de Nicolás Maduro del poder por parte del Gobierno de Estados Unidos, todo eso podría estar por cambiar.
El primer momento revelador se produjo durante el viaje del papa León XIV a Turquía y Líbano a finales de 2025. A bordo del avión papal, un grupo de periodistas hispanos le preguntó al pontífice qué opinaba sobre la crisis de Venezuela tras el reciente despliegue militar estadounidense en el Caribe.
«Creo que es mejor buscar vías de diálogo, quizá presión, incluso presión económica, pero buscando otra forma de cambiar, si eso es lo que Estados Unidos decide hacer», dijo León.
Aunque en gran medida pasaron desapercibidas para la prensa internacional, estas declaraciones supusieron la primera vez que un papa se mostraba abierto al uso de sanciones para destituir a Maduro del poder.
León también señaló que «nosotros [los responsables de la Iglesia] estamos buscando formas de calmar la situación, buscando ante todo el bien del pueblo, porque muy a menudo es el pueblo el que sufre en estas situaciones, no las autoridades».
Hoy sabemos que entre esas «formas» se encontraba un esfuerzo diplomático para sacar a Maduro de Venezuela y encontrarle asilo en Rusia.
Como informó posteriormente el Washington Post, el secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Pietro Parolin, se reunió con el embajador de Estados Unidos ante el Vaticano, Brian Burch, 22 días después de los comentarios de León para discutir la evacuación de Maduro de Venezuela y su exilio en Rusia.
Cabe destacar que no se trataba de un llamamiento al diálogo, sino de un intento concreto de facilitar el fin de su liderazgo en Venezuela.
Un día después de que Maduro fuera capturado por las fuerzas estadounidenses en una redada nocturna en Caracas y extraditado por la fuerza a Nueva York, el Papa no condenó la captura. Más bien, en su discurso semanal del Ángelus, pidió que el bien de los venezolanos «prevalezca sobre cualquier otra consideración y conduzca a superar la violencia y emprender caminos de justicia y paz» con el fin de «construir un futuro pacífico de colaboración, estabilidad y armonía», prestando especial atención a los más pobres de Venezuela.
Cada uno de los puntos expresados por el Papa sonaban a una condena de la situación a la que el «chavismo» —la filosofía política socialista adoptada por Hugo Chávez y continuada por Maduro— había sometido a los venezolanos durante 27 años.
Obviamente, ese mismo llamamiento al respeto de la soberanía se aplica a la nueva implicación de Estados Unidos en Venezuela, al tiempo que el presidente Donald Trump asegura «dirigir» el país en busca de tomar el control de su industria petrolera.
En los días posteriores León dio dos señales más sobre Venezuela. En un discurso pronunciado el 9 de enero ante los diplomáticos acreditados ante el Vaticano, pidió «que se respete la voluntad del pueblo venezolano». Luego, el 12 de enero, se reunió en privado con la líder de la oposición venezolana y ganadora del Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, quien le pidió que intercediera por la liberación de todos los presos políticos y por una transición hacia la verdadera democracia.
«Tuve la seguridad de que el Santo Padre sabe muy bien lo que está pasando en Venezuela», dijo Machado en una conferencia de prensa en Washington, D.C. «Él sabe lo que ha pasado la Iglesia católica debido a la persecución y represión de nuestros obispos, sacerdotes y monjas. Y creo que no solo está preocupado, sino que está ayudando y apoyando activamente para que se produzca un proceso de transición pacífico».
Por su parte, tanto Parolin como su segundo al mando, el arzobispo Edgar Peña Parra, son cercanos a la situación del país caribeño: el primero fue embajador del Vaticano en Venezuela, mientras que el segundo es venezolano de nacimiento, pero ninguno de los dos, ni nadie más, podía prever que Estados Unidos intentaría cogobernar el país junto a los chavistas que provocaron la crisis del país.
Después de reunirse con Machado en Roma, Parolin dijo a los periodistas que la Santa Sede había «intentado encontrar una solución que evitara cualquier derramamiento de sangre, tal vez llegando a un acuerdo con Maduro y otros representantes del régimen, pero esto no fue posible». En su opinión, añadió el cardenal, «el país necesita democratizarse».
La jerarquía católica se ha ganado en gran medida el elogio de los venezolanos de a pie por su solidaridad con las víctimas del régimen chavista. Entre los responsables de ese enfoque se encuentra el cardenal Baltazar Porras, arzobispo emérito de Caracas y crítico abierto del régimen de Maduro, a quien se le impidió salir del país en diciembre y se le revocó el pasaporte. No obstante, también ha habido episodios que han sembrado la desconfianza entre los líderes católicos del país y los ciudadanos.
El último se produjo después de que el yerno del líder opositor y presidente electo Edmundo González, Rafael Tudares, fuera encarcelado durante un año. Su esposa, Mariana González, recurrió a las redes sociales para denunciar que había sido víctima «de tres episodios de extorsión, por parte de personas vinculadas a las autoridades de este país, así como de personas relacionadas con la Iglesia y de individuos que decían representar a importantes organizaciones».
Mariana afirmó que los funcionarios del Gobierno intentaron coaccionarla durante reuniones «en espacios donde opera el Arzobispado [de Caracas], entre otros lugares».
El actual arzobispo de Caracas, Raúl Biord, negó las acusaciones y reiteró su llamamiento a la liberación de los presos políticos.
Un día después, Tudares fue liberado de prisión. La noticia se anunció con una fotografía en la que aparecían Tudares y Mariana acompañados por una delegación en la que se encontraba Biord, una imagen que confirmó a los críticos que las figuras denunciadas por González tenían efectivamente el poder de interceder por su liberación.
El predecesor de Biord, Porras, respondió exigiendo también la liberación inmediata de todos los presos políticos en Venezuela y advirtió que «el mal, los errores y el pecado» también se pueden encontrar dentro de la Iglesia.
Poco después de que el gobierno interino de Delcy Rodríguez anunciara planes para aprobar una amnistía general para los presos políticos detenidos desde 1999, se le devolvió el pasaporte a Porras.
Estos episodios sugieren que el cambio de enfoque diplomático hacia Venezuela bajo el pontificado de León XIV está ofreciendo nuevas oportunidades, pero también se confirma que, a medida que un nuevo país comienza a tomar forma, la reconstrucción de la credibilidad entre los católicos venezolanos más escépticos debe ser una prioridad para la Iglesia.