Un hombre se emociona mientras personas en Madrid celebran el 3 de enero tras conocerse la noticia de que Estados Unidos había capturado al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. (OSV News/Violeta Santos Moura)
El 3 de enero, a los casi 8 millones de venezolanos forzados a vivir fuera de su país se les sumó Nicolás Maduro, el hombre cuyas políticas y crímenes los empujaron al exilio. La noticia de su captura por fuerzas militares estadounidenses —junto con la de su esposa, Cilia Flores— para enfrentar cargos relacionados con drogas en Nueva York podría ser el acontecimiento más importante en América Latina en décadas.
Venezuela ha pasado la mayor parte de la última década en un estado informal de colapso, con “elecciones” que casi no resuelven nada, actores armados y patrocinadores extranjeros operando en las sombras, y una emergencia humanitaria tan vasta que ha reconfigurado a todo un continente.
Para algunos, la respuesta cautelosa hasta ahora por parte del liderazgo católico en Venezuela y del Papa León XIV puede parecer débil. Pero, en realidad, refleja una comprensión aprendida a un alto costo: las palabras no son gratuitas en un país donde el poder no se ejerce a través de la ley, sino mediante el miedo, la vigilancia y el encarcelamiento arbitrario.
Con esto en mente, aquí van algunas reflexiones.
Al día siguiente de la captura de Maduro, León XIV, en su alocución dominical del Ángelus, enmarcó la crisis en términos morales y jurídicos, llamando a considerar el bien del pueblo venezolano, el Estado de derecho, los derechos humanos y civiles, y el respeto a la soberanía del país.
La declaración mostró que León comprende que lo que venga a continuación determinará si Venezuela avanza hacia la justicia o si continúa su larga pesadilla con un elenco distinto de protagonistas.
La cautela del Vaticano es coherente con lo que León dijo a los periodistas a su regreso de Turquía y Líbano un mes antes. Allí advirtió sobre los peligros de una invasión militar de Venezuela, instó al diálogo con otras formas de presión y señaló que la prioridad de la Iglesia era desescalar las tensiones y mantener el foco en la gente común.
En otras palabras, no se trata de un Papa indiferente ni de un Vaticano ausente. Es una Santa Sede que intenta evitar respaldar narrativas maximalistas antes de que los hechos —y sus consecuencias— sean plenamente visibles.
Personas sostienen banderas mientras venezolanos que viven en Colombia se manifiestan frente a la Basílica Menor de Nuestra Señora de Lourdes en Bogotá el 4 de enero, por una transición democrática en Venezuela, tras los ataques de Estados Unidos que capturaron al presidente venezolano Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores. (OSV News/Sergio Acero, Reuters)
La misma lógica se aplica a los obispos católicos de Venezuela. Incluso en tiempos menos volátiles, han debido caminar por la cuerda floja: ser lo suficientemente críticos con Maduro como para mantener credibilidad ante una población que sufre, pero lo bastante prudentes como para preservar la capacidad operativa de la Iglesia, especialmente a través de canales humanitarios.
La comparación regional es reveladora. En Nicaragua, obispos han sido encarcelados, exiliados y despojados de su nacionalidad. En Venezuela, la represión ha sido más selectiva, pero no menos real. Un mes antes de la captura de Maduro, al cardenal arzobispo emérito de Caracas se le impidió viajar a España.
Para quienes creen que la Iglesia católica debería ser la voz más estridente en Venezuela en este momento, el tono actual resultará decepcionante. Sus líderes están más concentrados en mantener abiertas las parroquias, permitir que los sacerdotes sigan predicando, garantizar que las organizaciones caritativas católicas puedan seguir alimentando a una población que ha padecido hambre extrema, y mantener abiertos los canales de mediación.
Vista desde ese ángulo, la moderación de la Iglesia comienza a parecer menos timidez y más estrategia.
El hecho de que Maduro haya sido removido mientras su estructura de poder permanece intacta decepcionó a quienes esperaban una transición democrática patrocinada por Estados Unidos.
Pero confirma que Venezuela sigue cargada de ingredientes para el colapso institucional: actores armados en competencia, redes clientelares arraigadas, vínculos con servicios de inteligencia extranjeros y economías criminales que no se jubilan amablemente porque un jefe de Estado haya sido trasladado a un tribunal.
Por eso, cualquier lectura católica seria de este momento vuelve una y otra vez a una pregunta prudencial: ¿qué protege a la gente sobre el terreno mañana por la mañana? No los debates en redes sociales, ni siquiera las esperanzas de una diáspora enorme e influyente, sino las realidades en Caracas, Maracaibo, Valencia y las regiones fronterizas donde la línea entre política y crimen organizado ha sido, desde hace tiempo, peligrosamente delgada.
Complican aún más cualquier transición las preocupaciones de larga data, planteadas por funcionarios estadounidenses y analistas independientes, sobre el espacio operativo del que gozan en Venezuela redes vinculadas a Irán y Hezbollah, así como organizaciones criminales de origen chino y ruso.
Una razón por la que la postura de León parece tan calibrada es que el Vaticano no aborda a Venezuela como una abstracción. Su memoria diplomática es profunda.
El Papa Francisco tuvo una relación compleja y a menudo controvertida con el gobierno de Maduro. Recibió a Maduro en el Vaticano meses después de su elección en 2013 y nuevamente en 2016, durante un período que el propio Vaticano describió como una crisis política, económica y social “preocupante” para el pueblo venezolano. Esos encuentros reflejaron la preferencia de Francisco por el diálogo, incluso con líderes ampliamente criticados por violaciones a los derechos humanos.
Aun así, Francisco habló con frecuencia del sufrimiento de Venezuela, llamó a la oración, instó a la moderación en momentos de escalada política y enfatizó la reconciliación y el diálogo.
A veces fue criticado por ser demasiado indulgente con el régimen de Maduro. Sus defensores argumentaban que su preocupación principal era evitar una intervención militar extranjera y un mayor daño a la población civil.
El enfoque de León refleja tanto continuidad como cambio. Poco antes de la captura de Maduro, León advirtió sobre los graves riesgos de una intervención militar e instó a agotar todas las vías no violentas. Esa preocupación ahora da forma a su lenguaje público: soberanía, Estado de derecho y primacía del bienestar del pueblo venezolano.
No hay euforia en el Vaticano por la caída de Maduro, pero la escala de grises es tan amplia que resulta difícil distinguir con claridad el blanco y el negro.
Los diplomáticos que asesoran a León sobre la situación tienen amplia experiencia con Venezuela. El secretario de Estado, el cardenal Pietro Parolin, fue nuncio apostólico allí durante algunos de los momentos más turbulentos del país, incluida la muerte de Hugo Chávez. Su segundo al mando, el arzobispo Edgar Peña Parra, es venezolano. Pocas instituciones diplomáticas comprenden mejor los ecosistemas políticos y criminales de Venezuela.
Los funcionarios vaticanos también tienen memoria histórica de múltiples intervenciones lideradas por Estados Unidos cuyos fundamentos morales o jurídicos declarados no siempre coincidieron con los motivos estratégicos percibidos, y cuyas consecuencias recayeron a menudo sobre la gente común.