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El Año Nuevo marca el comienzo de una era de paz y amistad entre todos los pueblos, afirma el Papa

CIUDAD DEL VATICANO -- El mundo no se salva con amenazas de violencia, ni juzgando, oprimiendo o eliminando a los demás, afirmó el Papa León XIV.

“Sino más bien (se salva) esforzándose incansablemente por comprender, perdonar, liberar y acoger a todos, sin cálculos y sin miedo”, dijo el Papa durante la Misa en la basílica de San Pedro con motivo de la fiesta de María, Madre de Dios, y del Día Mundial de la Paz, el 1 de enero.

Por lo tanto, al comienzo de un nuevo año con “días nuevos y únicos que nos esperan, pidamos al Señor experimentar en todo momento, a nuestro alrededor y sobre nosotros, el calor de su abrazo paterno y la luz de su mirada que bendice”, dijo en su homilía.

La Misa marcó la 59.ª Jornada Mundial de la Paz celebrada por la Iglesia. El mensaje del Papa para la jornada mundial, publicado en diciembre, estaba dedicado a la paz humilde, “desarmada y desarmante” de Cristo resucitado, que ama incondicionalmente.

Miles de personas asistieron a la celebración en la basílica el día de Año Nuevo, entre ellas jóvenes disfrazados de los tres reyes que visitaron a Jesús.

Una figurita del niño Jesús se encontraba ante el altar, en consonancia con la temporada navideña de celebración, y una imagen de Nuestra Señora de la Esperanza estaba al lado del altar mayor como símbolo del Jubileo de la esperanza, que finalizará el 6 de enero.

En su homilía, el Papa León reflexionó sobre el misterio de la maternidad divina de la Virgen María, que “contribuyó a dar a la Fuente de toda misericordia y benevolencia un rostro humano: el rostro de Jesús, a través de cuyos ojos de niño, luego de joven y de hombre, el amor del Padre nos alcanza y nos transforma”.

Al nacer de María en un pesebre, dijo, Dios se nos presenta "desarmado y desarmante", tan “desnudo, indefenso como un recién nacido en la cuna”.

“Y esto para enseñarnos que el mundo no se salva afilando las espadas, juzgando, oprimiendo o eliminando a los hermanos”, afirmó. Más bien, el mundo se salva buscando comprender, perdonar, liberar y acoger a todos con amor.

María Santísima, quien lleva al niño Jesús en su vientre, representa “dos inmensas realidades ‘desarmadas’” que se unen, dijo: “la de Dios que renuncia a todo privilegio de su divinidad para nacer según la carne, y y la de la persona que con confianza abraza totalmente Su voluntad”.

“Así, al inicio del nuevo año, la Liturgia nos recuerda que cada día puede ser, para cada uno de nosotros, el comienzo de una vida nueva, gracias al amor generoso de Dios, a su misericordia y a la respuesta de nuestra libertad”, dijo el Papa León. “hermoso pensar así el año que comienza: como un camino abierto, por descubrir”.

“Y es, en el que aventurarnos, por gracia, libres y portadores de libertad, perdonados y dispensadores de perdón, confiados en la cercanía y en la bondad del Señor que siempre nos acompaña”, dijo.

Contemplando la plaza de San Pedro después de la Misa, el Papa León instó a los cristianos a ayudar a inaugurar “una época de paz y amistad entre todos los pueblos”.

“El Jubileo, que está por concluir, nos ha enseñado cómo cultivar la esperanza de un mundo nuevo: convirtiendo el corazón a Dios, para poder transformar los agravios en perdón, el dolor en consolación y los propósitos de virtud en obras buenas”, dijo.

El Hijo de Dios también ilumina “las conciencias de buena voluntad, para que podamos construir el futuro como casa acogedora para todo hombre y toda mujer que nace”, dijo.

“El corazón de Jesús late por todo hombre y toda mujer. Por el que está dispuesto a acogerlo, como los pastores, y por el que no lo quiere, como Herodes”, dijo.

“Su corazón no es indiferente ante quien no tiene corazón para el prójimo: palpita por los justos, para que perseveren en su entrega; y por los injustos, para que cambien de vida y encuentren paz”, dijo el Papa León.

Cada niño no nacido revela “la imagen divina impresa en nuestro cuerpo”, dijo, y pidió oraciones por la paz: “sobre todo entre las naciones ensangrentadas por conflictos y miseria, pero también en nuestras casas, en las familias heridas por la violencia y el dolor”.

“Con la certeza de que Cristo, nuestra esperanza, es el sol de justicia que nunca declina, supliquemos confiados la intercesión de María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia”, concluyó antes del rezo del Ángelus.

Carol Glatz
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Carol Glatz