Para Taras Tymo, vicedecano de la facultad de teología de la Universidad Católica de Ucrania en Leópolis, los salmos han sido el punto de enfoque de sus estudios, pero él ha descubierto nuevas profundidades en ellos al estar prestando su ayuda a las personas desplazadas que están inundando su ciudad, que está cercana a la frontera con Polonia.

“Los salmos son a veces muy brutales, y nunca entendíamos lo que querían decir. Pensábamos que se trataba de una especie de asunto obsoleto del Cercano Oriente, que nos tenía que ser explicado porque los cristianos somos demasiado cordiales y refinados como para maldecir a nuestros enemigos”, dice él.

“Pero en días como éstos, se vuelve extremadamente necesario poder expresar la propia indignación, ira, pánico todas las emociones oscuras, y hacerlo de una manera que sea aceptable ante la presencia de Dios”.

Esas oraciones resuenan a lo largo y ancho de la diáspora ucraniana.

En la cocina de la iglesia católica ucraniana de St. George, en Pittsburgh, las damas de la iglesia hacen miles de pierogi empanadillas rellenas eslavas y algunas de las ganancias abastecen de chalecos anti balas a los soldados ucranianos. En una parroquia hermana, situada en las cercanías de Carnegie, el párroco acaba de regresar de una misión de emergencia en Ucrania, durante la cual un feligrés rescató a decenas de personas, inclusive a 22 huérfanos. Todos los martes él organiza un tiempo de oración en Carnegie, en unión con su vecino, el sacerdote ortodoxo ucraniano, quien sigue acongojado por el destino de otros tres huérfanos que él y su esposa habían estado tratando de adoptar.

En Leópolis, Tymo está elaborando videos de YouTube en inglés, que muestran iglesias bombardeadas, autobuses escolares en llamas y enormes complejos de apartamentos cuyos sótanos no sirvieron de refugios sino de trampas mortales.

“Esos edificios de estilo soviético, que constan de varios pisos, están hechos de bloques de concreto y cuando se derrumban, es como un castillo de naipes”, dice él.

Tropas que están a favor de los rusos, portando uniformes sin insignias, caminan el 11 de marzo cerca de un edificio residencial destruido en la ciudad de Volnovakha, Ucrania, controlada por los separatistas. (Foto CNS/Alexander Ermochenko, Reuters)

Aunque la casa de los Tymos siempre está muy concurrida con sus cinco hijos, ellos albergan a familias desplazadas que van de camino para convertirse en refugiados. La esposa de Tymo, historiadora del arte, está trabajando con una organización suiza para proteger los tesoros culturales. Su hijo mayor, de 20 años, está recolectando suministros no letales para las tropas ucranianas, un proyecto para el cual Tymo recauda dinero con sus videos.

“Todo se necesita con urgencia y cada dólar se convierte en una vida salvada o protegida”, dice Tymo.

Sus dos hijas que le siguen en edad son Guías Scouts ytrabajan como voluntarias en refugios de tránsito improvisados, para personas desplazadas.

Leópolises normalmente una ciudad ruidosa, alegre y popular entre los turistas. En un principio, después de la invasión del 24 de febrero, todo estaba extrañamente tranquilo. Luego, los refugiados empezaron a llegar por cientos de miles, saliendo de trenes repletos hasta triplicar su capacidadde personas, y dentro de los cuales los pasajeros habían estado de pie durante 18 horas.

Algunos de ellos bajaron vestidos con apenas más que el pijama que traían puesto cuando cayeron las bombas.

“Son gente muy triste y asustada”, dice Tymo.

Organizaciones católicas, tales como su propia universidad, como Cáritas y como los Caballeros de Malta,están brindando su ayuda y asistencia. La mayoría de los refugiados son mujeres y niños. Los hombres de 18 a 60 años deben permanecer enUcrania,para defenderla.

Tymo está agradecido por el apoyo estadounidense, tanto espiritual como militar. Y les pide a todos que sigan recordándoles a sus funcionarios electos en Washington la necesidad de apoyar a Ucrania.

“Tendrán que pagar un precio por esto, tal vez en las estaciones de servicio”, dice. “Entendemos que el mundo no nos debe nada. Estrictamente hablando, ustedes no tienen que hacer esto. Por otro lado, no estamos protegiendo únicamente a nuestro propio país. Está claro que [el presidente ruso Vladimir] Putin no se limitará a Ucrania. Él está decidido a destruir todo el sistema de seguridad, todo el orden mundial, que no es perfecto, pero que es lo mejor que habíamos tenido”.

Las hermanas de la orden de Siervas de María Inmaculada,de Polonia, ayudan a los refugiados en su convento. (Foto Padre Jason Charron)

Algunos ucranianos-estadounidenses están tomando grandes riesgos para prestar su ayuda. Poco después de la invasión, el Padre Jason Charron, párroco de la iglesia católica ucraniana Holy Trinity,de Carnegie, fue a Ucrania con uno de sus feligreses para rescatar a una niña de 9 años que el feligrés pretendía adoptar. Salieron de ahí con un autobús lleno, con 22 huérfanos y casi otros tantos refugiados, a quienes llevaron a Polonia, a través de Eslovaquia y de la República Checa, hacia Lituania.

El feligrés, un hombre de negocios de Pittsburgh, Allen Sherwood, le había prometido a la niña cuando la visitó la Navidad pasada que si alguna vez ocurriera algo malo, él la rescataría.

Cuando los tanques cruzaron la frontera, “él puso manos a la obra”, dijo el Padre Charron.

Sherwood nunca había estado en Ucrania y no hablaba ucraniano. El Padre Charron había dado clases de inglés en Leópolis, donde conoció a su esposa, Halyna (las iglesias católicas orientales ordenan a hombres casados). Los Charron tienen siete hijos, de 2 a 21 años de edad.

El director del orfanato de Kiev les dijo que, si querían rescatar a un niño, tenían quellevarse a todos. Y eso hicieron.

Cuando cruzaron la frontera polaca, los dos estadounidenses eran casi las únicas personas que se dirigían hacia el este en tanto que oleadas de gente iban huyendo hacia el oeste. Una de las pocas personas que iba en la misma dirección que ellos era Eliza, de 24 años, que anteriormente había llevado a su hijo de 18 meses desde Kiev hacia Polonia, después de que su apartamento fuera bombardeado. En la frontera, le entregó el niño a su esposo, que trabaja en Polonia y luego regresó a Ucrania para apoyar a la resistencia.

“El Sr. Putin no tiene soldados que tengan ese tipo de fortaleza y resolución. Y es con esas virtudes que se ganan las guerras”, dice el Padre Charron.

El Padre Jason Charron en un episodio de 2021 de “Pints With Aquinas” con el podcaster católico Matt Fradd. (Foto YouTube/Pints with Aquinas)

EnLeópolis, el Padre Charron y Sherwood encontraron a los 22 huérfanos y a cuatro miembros del personal esperando en una camioneta para 15 personas, en la cual habían viajado cientos de millas.

A pesar de las angustiosas experiencias, dice el Padre Charron, los niños estaban felices.

“Fue una lección para mí la de que, sin importar lo quetengas que atravesar, siempre se puede elegir entre estar desanimado o alegre”, dice él.

El Padre Charron y Sherwood pastorearon un autobús turísticopara 55 personas, el cual llenaron de refugiados.

“Si no tienes un autobús, haces cola [en la frontera] durante días. Con temperaturas frías, eso, en algunos casos,es tan malo, si no es que peor, que quedarse en casa”, dijo.

Los trabajadores humanitarios católicos eran muy visibles. Él quedó especialmente impresionado por las Siervas de María Inmaculada, una orden ucraniana.

Ellas son las tropas de asalto de la Iglesia”, dijo el Padre Charron, describiendo a las hermanas de hábitos azules, que distribuyen alimentos, mantas y suministros médicos.

En la prisa por escapar, los huérfanos tuvieron que dejar sus pasaportes en Kiev. Actualmente es imposible traer a ninguno de ellos a Estados Unidos. Eso puede llegar después.

“Nuestro principal objetivo era salvar a todos esos niños”, dijo el Padre Charron.

El sacerdote ortodoxo ucraniano John Charest, de Pittsburgh y su esposa han estado tratando de adoptar a tres hermanos pequeños que están aún atrapados en Ucrania. (Foto Rea Andrew Redd)

No todos los niños como ellos pueden ser rescatados.

El Padre John Charest, un sacerdote ortodoxo ucraniano con quien el Padre Charron alterna las asambleas de oración de los martes por la noch,e por la intención de Ucrania, está desconsolado por tres huérfanos de Kiev a quienes él y su esposa, Laryssa, han estado tratando de adoptar.

Los Charest se conocieron en la universidad, cuando ambos trabajaban como voluntarios en un orfanato ucraniano. Después de su matrimonio y,posteriormente, después del nacimiento de su hijo Sebastian, de 7 años, empezaron a hospedar a huérfanos de Europa del Este en visitas de corta duración.

Hace tres años, sus corazones se conmovieron ante dos hermanas ucranianas, que resultaron tener un hermano menor. Sus esfuerzos para adoptar a los tres se han estancado durante tres años debido el tecnicismo de que los hermanos, que ahora tienen 10 y 13 años, están en un hogar de acogida en lugar de estar en un orfanato.

En la Iglesia Ortodoxa Ucraniana de San Pedro y San Pablo, de Carnegie, los Charest están organizando suministros de apoyo y tratando de mantenerse en contacto con los niños. Las bombas y los cohetes están peligrosamente cercanos.

Ellos les habían dado a los niños un teléfono celular, diciéndoles que enviaran un mínimo diario de mensajes de texto con un emoji de pulgar hacia arriba. Cuando eso no sucede, sienten que se les encoge el corazón.

“Horas después, nos enteraremos de que estaban en un refugio [antibombas], en donde no hay servicio”, dice el Padre Charest.

Él ha ofrecido pagar el viaje de toda la familia adoptiva a Polonia, para que un amigo de Kiev custodie la salida de ellos de ese lugar. Los padres adoptivos, una pareja mayor, no quieren dejar su hogar para emprender un viaje que también que encierra graves peligros.

“Yo no estoy ahí. Para mí es fácil tomar la decisión correcta”, dice el Padre Charest.

“Ellos están en una situación terrible. Los niños están asustados. Escuchan cosas que no entienden del todo. …Si ellos no pueden llegar con nosotros, si no podemos adoptarlos, entonces al menos deberían dirigirse a un buen hogar, fuera de esa zona de guerra”.

El 9 de marzo, la gente es evacuada después de la destrucción del hospital infantil en Mariupol, Ucrania. (CNS/Ukraine Military/cortesía de Reuters)

El Padre Ihor Hohosha, párroco y capellán de un hospital de Pittsburgh, pasó su infancia bajo el dominio soviético en la década de 1980, cuando la Iglesia católica ucraniana era ilegal. Su abuela le enseñó a orar en secreto, utilizando un libro que había sido copiado a mano porque no podía ser publicado legalmente.

El Padre Ihor, que cuenta actualmente con 42 años de edad, es uno de los sacerdotes católicos de más edad en Ucrania.

“Toda la generación que se encontraba por encima de mí fue asesinada”, dice él.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el dictador soviético Joseph Stalin —el cual había tramado la muerte por inanición de al menos 3 millones de ucranianos diez años antes— forzó la fusión de la Iglesia católica ucraniana con la Iglesia ortodoxa rusa. Los obispos, sacerdotes, monjas y feligreses que se resistieron fueron asesinados o deportados a campos de trabajo. Sin embargo, después de la independencia de Ucrania en 1991, millones de católicos salieron de las sombras.

En el seminario, el Padre Ihor conoció a sacerdotes ancianos.

“Muchos de ellos fueron torturados”, dice. “Todavía recuerdo a un sacerdote que había sido tan golpeado que sólo uno de sus pulmones funcionaba bien. Él nunca tenía suficiente aire para hablar y respirar al mismo tiempo”.

Él ve poca diferencia entre el nuevo régimen ruso y los antiguos opresores.

“Esto es un genocidio”, dice, citando el bombardeo de un hospital de maternidad y de atención infantil. “No tengo ninguna duda de que Putin es el nuevo Hitler. Esto es un fascismo ruso”.

La lucha es personal. El hermano del Padre Ihor, que al igual que él, está casado y tiene varios hijos, había estado en la reserva del ejército y se ofreció como voluntario para el servicio activo. Le dieron unos cuantos minutos para empacar y despedirse de su familia y ahora espera el despliegue de las tropas.

Una de las parroquias del Padre Ihor, la Iglesia Católica Ucraniana de St. George, se mantiene económicamente con una venta anual de pierogi (o “pyrohy”) de Cuaresma. Los miembros de la iglesia preparan miles de estos suculentos manjares, usando una receta secreta transmitida de generación en generación. Este año cobraron un dólar más por ellos, canalizando las ganancias para apoyar a Ucrania. Una parte va dirigida a la ayuda humanitaria a los civiles y otra, a comprar equipos de protección para los soldados.

Ésta no es solamente una guerra entre Ucrania y Rusia, es una guerra entre la oscuridad y la luz, y tenemos que ganar”, dijo el Padre Ihor. “Tal vez parezca que mi país está siendo crucificado e incluso sacrificado. Pero yo todavía creo en la resurrección. Creo que habrá un nuevo inicio, un nuevo comienzo. Después de la noche, viene el amanecer”.