El Papa saluda a Bousso Diouf, mujer originaria de Senegal. | Crédito: Daniel Ibáñez/EWTN News
“Nadie abandona su tierra, su familia y sus raíces por voluntad propia cuando puede vivir en paz”, dijo Bousso Diouf, mujer originaria de Senegal, con la autoridad moral de quien se ha jugado la vida atravesando el Atlántico en una barcaza de madera, aún a sabiendas de que la travesía podía durar incluso una semana o acabar a la deriva.
Es uno de los 700 subsaharianos —todos hombres y adultos— acogidos en este centro ubicado en la húmeda zona de las Raíces de Tenerife, un paraje poblado de eucaliptos a unos 1.000 metros de altitud.
Se trata de una cifra relativamente baja de personas si se compara con los años más duros de la crisis de los cayucos, a finales del año 2024, cuando llegó a recibir entre 2.000 y 3.000 inmigrantes, sometidos a una situación de hacinamiento y conflictividad notoria.
La mayoría provienen de Senegal, Gambia y Malí y en promedio pasan unos tres meses antes de ser trasladados a la península.
Migrantes de África. Crédito: Daniel Ibáñez/EWTN News
Aquí llegan exhaustos tras haber estado bajo custodia policial un máximo de 72 horas para las tareas de control y registro.
“Venimos de países donde la pobreza, la violencia, la guerra, la persecución y la falta de oportunidades nos obligaron a partir”, afirmó Diouf.
Las Raíces se abrió en 2021 para dar respuesta a la crisis de 2020, cuando llegaron más de 23.000 inmigrantes a las costas del archipiélago canario.
Ahora esos números se han reducido drásticamente y la situación es muy distinta.
“Nuestra labor consiste en ofrecerles una primera acogida digna, humana y organizada en un momento especialmente difícil, inmediatamente a su llegada por mar”, aseguró ante el Papa León XIV, Navarro Atiénzar, director regional del Accem, la ONG que gestiona el Centro de Acogida de Refugiados e Inmigrantes (CEAR) de Las Raíces en Tenerife.
El Papa llegó a primera hora de la mañana a Tenerife procedente de Las Palmas y se dirigió al macrocampamento levantado en el interior de un antiguo cuartel militar rural, tras seis jornadas maratonianas en España que lo han llevado a Barcelona y Madrid.
Escuchó a los que están allí acogidos como lo hace un padre con su hijo cuando le abre su corazón para contarle un trauma.
Por ejemplo, el de un joven nigeriano, que contó que cruzar el océano hacia Canarias, significa enfrentarse al hambre, al frío, a la desesperación y, muchas veces, a la muerte.
“Muchos hermanos y hermanas perdieron la vida en el mar, y otros siguen sufriendo en silencio, víctimas de mafias que se aprovechan de la necesidad y del sufrimiento humano”, constató.
Papa León XIV en Tenerife. Crédito: Daniel Ibáñez/EWTN News.
También aprovechó para lanzar una petición de humanidad: “Que no se nos mire solo como emigrantes, números o documentos, sino como personas con historia, con sueños, con familias y con esperanza”.
“No pedimos privilegios. No pedimos compasión. Pedimos respeto, humanidad y la oportunidad de vivir con dignidad”, aseguró.
Entre ellos estaba también Aliu Ceesay, un joven gambiano de 16 años, llegó hace apenas un mes a Canarias en una embarcación irregular tras emprender un duro viaje desde su país de origen. Como muchos otros menores migrantes, su objetivo es encontrar trabajo para poder ayudar económicamente a su familia.
En medio de esta experiencia marcada por la incertidumbre, Aliu ha seguido con interés la figura del Papa León XIV, a quien ha conocido a través de internet. El adolescente expresa su deseo de verlo en persona y destaca la impresión que le ha causado su mensaje.
“He estado siguiéndolo en internet y quería verlo. Es muy amable, muy bueno”, asegura. Asimismo, subraya el carácter inclusivo del pontífice: “No le importa si somos negros o blancos, musulmanes o cristianos. Quiere ayudarnos”.
Por aquí han pasado más de 54.000 personas. Detrás de cada una de ellas hay una historia, un trayecto difícil y, sobre todo, una esperanza.
En su discurso, el Papa repitió el mensaje que dio el primer día que puso un pie en Las Palmas: el “amor de Dios no conoce fronteras, no hace distinciones, se da a todos y nos congrega en la unidad”.
“Viendo sus rostros, escuchando sus testimonios, pienso también en sus corazones, heridos por tantas dificultades y también consolados por el amor recibido gracias a otros corazones abiertos, generosos y misericordiosos”, expresó.
El Papa abraza a una niña en Tenerife. Crédito: Daniel Ibáñez/EWTN News
El Papa dedicó parte del discurso a santos misioneros como el Santo Hermano Pedro de San José de Betancur y San José de Anchieta, que partieron desde tierras canarias para anunciar el Evangelio en América, abriendo nuevos horizontes misioneros.
Ellos, señaló, también “fueron migrantes que se dirigieron hacia lo desconocido, llevando como principal equipaje la fe, la esperanza y la caridad”.
El Pontífice pidió “responsabilidad” pensando en el futuro de las generaciones venideras, a quienes queremos legar “el patrimonio de una civilización del amor”.
“Ayudémonos a hacer de esta travesía un lugar más humano para todos, aportando lo que esté al alcance de cada uno”, afirmó.
Durante el encuentro, cuando el Papa anunció que hablaría en francés y en inglés, muchos migrantes respondieron con un fuerte aplauso.