Hermanas misioneras rezan en el Memorial del 11-S durante una visita a la ciudad de Nueva York en 2018. (Foto de OSV News/Catholic Extension)
El 11 de septiembre de 2001 -- la fecha del peor ataque terrorista en la historia de Estados Unidos, cuando cuatro aviones secuestrados se convirtieron en armas mortales -- no faltaron heroicos equipos de emergencia que enfrentaron el peligro en lugar de huir de él.
Entre ellos se encontraban numerosos miembros del clero y religiosos católicos, incluyendo sacerdotes, frailes y religiosas. Algunas de sus historias quizá sean menos conocidas, pero la ayuda y el consuelo que también brindaron a quienes sufrieron las devastadoras pérdidas del 11 de Septiembre (11-S) merecen ser recordados a medida que se aproxima el 25.º aniversario.
"Lo recuerdo como si fuera ayer", declaró el padre Brian Jordan a OSV News.
Fraile franciscano de la Provincia de Nuestra Señora de Guadalupe de su orden, el sacerdote es actualmente párroco de la Iglesia de San Francisco de Asís, ubicada en West 31st Street, en la ciudad de Nueva York.
Aquella mañana, el padre Jordan se encontraba en el Hospital Presbiteriano de Nueva York. Al enterarse del ataque, regresó al convento franciscano de la calle 31 --anexo a la parroquia de San Francisco de Asís-- donde vivía, decidido a dirigirse al lugar del desastre.
Sin saber con certeza qué encontraría --aunque esperaba hallar tanto víctimas como responsables del ataque-- tomó agua bendita y un par de nudillos de bronce. "Dije: ‘Los bendeciré con una mano y, por si acaso hay algunos malos, los bendeciré con la otra’".
Antes de partir, otro fraile le dio una noticia devastadora: su compañero franciscano, el padre Mychal Judge, había muerto. Aun así, el padre Jordan sabía lo que el padre Judge habría querido que hiciera: ir a ayudar.
Después de detenerse en el Hospital St. Vincent de Manhattan --donde los únicos pacientes eran personas que recibían tratamiento por inhalación de polvo tras el colapso de las Torres Gemelas-- el padre Jordan se dirigió a la Zona Cero, donde se encontró con un capitán de policía al que conocía.
"Me dio una mascarilla; me dio un par de guantes. Me dijo: ‘Padre, póngase la mascarilla, póngase los guantes y vaya a trabajar’. Y así recorrí arriba y abajo varias cuadras, y había cuerpos y partes de cuerpos. Simplemente los bendije a todos".
El 16 de septiembre, el padre Jordan celebró su primera Misa en la Zona Cero; continuaría celebrando Misa allí durante casi 10 meses.
Luego, el 23 de septiembre, ocurrió algo inesperado.
"Un gran y corpulento trabajador de construcción del sindicato Local 731 se acercó a mí y me dijo: ‘Oiga, padre, ¿quiere ver la casa de Dios?’".
"Entonces entramos en las ruinas del edificio 6 del World Trade Center", recordó el padre Jordan. "Tenía como a 25 bomberos a mi lado, y el trabajador de construcción me preguntó: ‘¿Qué ve allí, padre, justo en el medio?’. Le dije: ‘No puedo creerlo … veo una cruz’".
Dos vigas de acero que se cruzaban habían quedado cortadas de tal manera que formaban un crucifijo, después de que el edificio 6 del World Trade Center fuera alcanzado por los escombros del colapso de la Torre Norte.
Este impresionante hallazgo pasó a conocerse como la "Cruz de la Zona Cero" y, con el tiempo, pasó a formar parte de la colección del Memorial y Museo del 11 de Septiembre.
Fue excavada, colocada sobre una base de concreto y bendecida. El 7 de octubre se celebró una Misa cerca de ella, en la esquina de las calles Vesey y West.
"Aquel momento dio esperanza y ánimo a la gente", explicó el padre Jordan, quien escribió sus propias memorias -- "The Ground Zero Cross" (Xlibris) -- y recibió la distinción de ser su guardián no oficial.
El 11 de septiembre, la hermana Margaret O'Brien, una Hermana de la Caridad que trabajaba en el Sistema de Atención Médica de las Hermanas de la Caridad, se encontraba en su oficina del Hospital Bayley Seton, en Staten Island, informando a una colega que acababa de regresar de vacaciones.
"Su secretaria entró y dijo: ‘Acabo de recibir una llamada. Un avión se estrelló contra el World Trade Center’", recordó la hermana Margaret. "Fuimos por el pasillo hasta una ventana desde donde podíamos ver, y nos dimos cuenta de la gravedad de la situación".
Las hermanas se prepararon rápidamente para ir al Hospital St. Vincent "a organizar la respuesta de emergencia y atención de traumas", explicó la hermana Margaret. "Y los médicos estaban allí, las camillas estaban allí, todos esperando en la entrada, pero después de un corto tiempo, nadie llegó".
La hermana Margaret atendió la línea telefónica de emergencia en el centro de operaciones del hospital de las hermanas, recibiendo llamadas de personas que buscaban a sus seres queridos.
"El teléfono fue realmente difícil", reflexionó. "Porque las personas te daban un nombre y tú revisabas tu lista, y no los encontrabas. … Todo fue muy, muy emotivo, y durante los primeros días el teléfono no dejaba de sonar".
Sin embargo, encontró una razón para sentirse agradecida.
"Recuerdo haber estado muy agradecida de tener algo en lo que pudiera colaborar, de poder ayudar", expresó la hermana Margaret, actualmente asistente de la presidenta de las Hermanas de la Caridad de Nueva York.
El trauma fue una característica constante de los turnos de las hermanas, especialmente para una colega que atendía a los equipos de primera respuesta enviados a recibir atención después de participar en los trabajos de recuperación en la Zona Cero.
"A veces las personas hablaban, pero la mayoría de las veces simplemente no podían hacerlo", explicó la hermana O'Brien. Su colega "recordaba a una persona: era muy callada y luego dijo: ‘Puedo levantar los brazos y las piernas. Pero cuando levanté una piedra y vi un rostro, solo una cabeza, aplastada contra el suelo ...’".
"Se derrumbó", agregó la hermana O'Brien.
El padre Stephen McGraw --por entonces sacerdote de la Diócesis de Arlington, Virginia, justo en las afueras de Washington-- también presenció escenas indescriptibles.
La mañana del 11 de septiembre acababa de concluir una Misa escolar y se dirigía al Cementerio Nacional de Arlington para un entierro cuando se equivocó y no tomó la salida correspondiente.
"Recuerdo que, alrededor de las 9:35, estaba simplemente detenido en el tráfico, justo frente al Pentágono".
Le preocupaba que ahora casi con certeza llegaría tarde al entierro.
"Y entonces, sin previo aviso, el avión pasó rugiendo justo por encima de nuestros automóviles, muy, muy bajo", relató el padre McGraw. "No puedo decir cuál de mis sentidos fue el más impactado: estaban la vibración y el rugido del avión, y un poste de luz fue golpeado y cayó sobre el automóvil de un taxista que estaba a pocos vehículos de distancia".
Al mirar hacia su derecha, vio cómo el vuelo 77 de American Airlines se estrellaba contra el Pentágono.
"Lo vi chocar y desaparecer, mientras una enorme bola de fuego salía del edificio en el instante posterior al impacto".
Como su radio no estaba encendida y no escuchó lo que estaba ocurriendo en la ciudad de Nueva York, "simplemente supuse que se trataba de un terrible y trágico accidente".
Los viajeros quedaron paralizados, y el padre McGraw saltó de su automóvil --con la estola, los óleos para la unción y un libro de oraciones en las manos-- cruzó la barrera de seguridad de la carretera y se dirigió al césped del Pentágono para llegar hasta las víctimas.
"Básicamente, mi mensaje para ellos era: ‘Jesús está con ustedes’. Eso era lo que repetía a las varias víctimas a las que atendí", declaró el padre McGraw.
A una de las víctimas, que se identificó como católica --Juan Cruz, gerente de la división civil de contabilidad de la Oficina del Asistente Administrativo del Secretario del Ejército-- se le administraron los sacramentos.
Otra víctima --Antoinette Sherman, analista de presupuesto del Ejército, quien falleció posteriormente-- yacía boca abajo sobre el césped, con graves quemaduras en la espalda y un solo zapato en un pie. El padre McGraw se lo quitó suavemente a petición de ella.
"Entonces simplemente añadió, quizá a quien pudiera escucharla: ‘Díganles a mi madre y a mi padre que los amo’. Y yo le aseguré que lo haría".
El padre McGraw --actualmente sacerdote misionero y párroco en la Misión de Bánica de la Diócesis de Arlington, en la República Dominicana-- no cree que su desvío inesperado haya sido una coincidencia.
"Tuve una fuerte sensación de la providencia divina", declaró a OSV News. "Estaba destinado a estar allí".
Los ataques causaron la muerte de 2.977 personas e hirieron a miles más: 2.753 personas murieron en el colapso de las Torres Gemelas, derribadas después de que dos aviones comerciales secuestrados se estrellaran contra ellas; 184 personas murieron cuando un tercer avión secuestrado impactó contra el Pentágono; y 40 personas murieron en Shanksville, Pensilvania, cuando los pasajeros y la tripulación se enfrentaron a los secuestradores de un cuarto avión, obligándolo a estrellarse en un campo cerca de Shanksville. Las autoridades creen que el cuarto avión se dirigía al Capitolio de Estados Unidos o a la Casa Blanca.
El 25.º aniversario del 11 de septiembre no solo será un momento de solemne recuerdo, sino que también despierta en algunos el anhelo por la unidad nacional que los estadounidenses demostraron en aquel entonces.
"Vimos la maldad en su peor expresión", afirmó el padre Jordan. "Pero también vimos la bondad en su máxima plenitud. La ciudad de Nueva York se unió. El país se unió. El mundo se unió".