De izquierda a derecha: Patricia Soto, María Lafarga, Martha Torres y Gladys Heraldez en el lago de Como durante su viaje por Italia en mayo de 2025, que coincidió con el cónclave que eligió al Papa León XIV. (Maria Lafarga)
Hay pocos espectáculos que se comparen con lo que me tocó vivir en la Plaza de San Pedro el 8 de mayo de 2025.
Primero el humo negro por la mañana y luego el humo blanco al caer la tarde. El sonido de las enormes campanas y de las alegres bandas musicales resonaba en toda la plaza. El “¡Habemus Papam!” y las miradas de asombro entre los periodistas cuando escuchamos el nombre del cardenal Robert Prevost. La multitud estalló en aplausos al ver al primer papa estadounidense saludar al mundo en italiano y español.
Como dijo al día siguiente el cardenal Timothy Dolan, de Nueva York, “nadie sabe crear momentos tan impactantes y solemnes como la Iglesia Católica”.
Al cumplirse un año de aquel momento, pienso menos en las disputas y estrategias del Vaticano y más en cuatro mujeres de Los Ángeles que conocí ese día y que, casi sin buscarlo, terminaron sentándose en primera fila y siendo testigos privilegiadas de un momento histórico.
Cuando toda la emoción terminó y la plaza comenzó a vaciarse, bajé las escaleras desde el área de prensa ubicada sobre las famosas columnas de Bernini. Necesitaba encontrar personas para entrevistar y, si era posible, alguien del sur de California encabezaba mi lista.
Al salir de la escalera me encontré con cuatro mujeres paradas entre las columnas. Una de ellas cantaba en voz baja en español: “¡Tenemos papa, León XIV! ¡Amamos a León!”.
Pronto descubrí que eran cuatro amigas del sur de California que habían viajado juntas a Italia.
Meses antes habían planeado el viaje para celebrar el cumpleaños de una de ellas, que incluía una audiencia general con el papa Francisco en la Plaza de San Pedro. Pero la muerte del pontífice, el 21 de abril, cambió todos sus planes.
Habían ido a Roma esperando ver a un papa, pero terminaron siendo testigos de la elección de otro.
Después de casi 40 años de amistad, era cuestión de tiempo para que vivieran juntas una experiencia así. Dos de ellas, María Lafarga y Patricia Soto, eran amigas desde niñas en México. María conoció a Gladys Heraldez y Martha Torres mientras trabajaban como diseñadoras en la industria textil, después de emigrar al sur de California en los años 80.
Las cuatro criaron a sus hijos prácticamente juntas, compartiendo bautismos, primeras comuniones y graduaciones. También viajaban con frecuencia a México, e incluso una de ellas ayudó a otra a conocer a quien más tarde sería su esposo.
Muchos años después, las cuatro se encontraban entre las miles de personas reunidas en la Plaza de San Pedro el 7 de mayo, esperando durante horas, hasta entrada la noche, la primera señal de humo desde la Capilla Sixtina, poco después de las 9 p.m.
“Salió humo negro, pero nosotras decíamos: ‘Bueno, por lo menos vimos humo negro’”, contó Torres, quien vive en San Bernardino.
Al día siguiente se levantaron temprano para visitar el Coliseo. Después regresaron a la Plaza de San Pedro, donde se enteraron de que por la mañana había vuelto a salir humo negro. Era su último día en Roma antes de partir hacia Florencia y, como no tenían idea de cuándo terminaría el cónclave, decidieron hacer fila para entrar a la Basílica de San Pedro.
Las cuatro amigas se toman una selfie en la Plaza de San Pedro minutos antes de que el Papa León XIV saludara al mundo por primera vez. (Maria Lafarga)
Una vez adentro, rezaron frente a la tumba de san Juan Pablo II. También visitaron las tumbas de otros papas en la cripta de la basílica. Más tarde, se detuvieron a orar mientras se celebraba una misa detrás del baldaquino de Bernini.
Entonces escucharon “un gran ruido”.
“De repente empezamos a escuchar gritos por todos lados”, contó María Lafarga, feligresa de la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe en Chino, California.
Lafarga comenzó a grabar con su celular mientras la gente dentro de la basílica empezaba a caminar —y luego a correr— hacia la entrada. Entre el murmullo se escuchaban frases como “¡Papa!” y “¡Dios mío!”.
Salieron de debajo de las enormes columnas que forman la fachada de la Basílica de San Pedro y levantaron la vista. Humo blanco.
“Fue algo increíble”, recordó Lafarga unas horas más tarde. “La gente gritaba que ya teníamos un nuevo papa y se veía la alegría en todos los rostros. ¡Todos estaban felices!”.
Otra de las amigas, Gladys Heraldez, contó que cuando el papa Francisco enfermó gravemente a comienzos de ese año, ella rezaba para que al menos pudieran verlo durante el viaje. Pero una vez en Roma, sus oraciones cambiaron.
“No voy a mentir: recé muchísimo para que pudiéramos ver la elección de un nuevo papa”, dijo Heraldez, quien asiste a la parroquia San Pablo Apóstol en Chino Hills.
Las cuatro se unieron a la multitud en la Plaza de San Pedro, que para entonces estaba llena de emoción y expectativa. Cuando el cardenal Dominique Mamberti salió al balcón para pronunciar el “¡Habemus Papam!”, Lafarga vio cómo el rostro de un sacerdote estadounidense que estaba a su lado “se iluminó” al escuchar las palabras “Robertus Franciscus” y el nombre elegido por el nuevo pontífice.
“¿Quién es León? ¿Quién es León?”, preguntaban desesperadas las mujeres.
“¡Es estadounidense, es de Chicago y es el primer papa estadounidense!”, les respondió en inglés un hombre que estaba cerca.
Y no solo era estadounidense, sino también alguien que, como ellas, hablaba español. Las cuatro se emocionaron al escuchar al nuevo pontífice dirigirse al mundo desde el balcón en italiano y español.
Un año después, Lafarga sigue describiendo aquella experiencia como algo “místico”.
“No creo que vuelva a vivir algo parecido”, me dijo en una entrevista telefónica (mientras, por supuesto, estaba nuevamente de viaje con Soto).
¿Y qué piensa de León XIV tras su primer año como papa? En un momento en que Estados Unidos —y también la Iglesia— atraviesan fuertes divisiones, Lafarga siente que el Colegio Cardenalicio “eligió a la persona indicada”.
“Como estadounidense, él entiende por lo que estamos pasando”, afirmó. “Siento que está guiando a la Iglesia Católica por el camino correcto y transmitiendo el mensaje que la gente necesita escuchar”.
Le pregunté si alguna vez se detenía a pensar cómo —o por qué— ellas terminaron justo en el lugar indicado para presenciar un momento histórico.
“Es curioso, porque soy muy espiritual, pero tengo familiares y amigos mucho más religiosos que yo”, respondió entre risas. “Así que no sé qué hice para merecer algo así. Creo que Dios tiene maneras muy especiales de obrar y de ponernos en el lugar correcto, en el momento indicado”.