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Tres tradiciones y oraciones católicas que adopté como propias

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Abracé la fe católica en 1996, y a veces bromeo diciendo que mi único arrepentimiento es no haber vivido la época previa al Concilio Vaticano II.

Estampitas, medallas, distintivos… soy un verdadero fanático de esos pequeños “tesoros católicos”.

Me encanta volver a abrir un libro que no tocaba desde hace tiempo y encontrar una estampita plastificada con la Oración a San Miguel Arcángel; o meter la mano en el bolsillo de un suéter que no usaba desde el invierno pasado y descubrir un crucifijo fosforescente que creía perdido; o encender el auto y ver de reojo la medalla de San Cristóbal, patrono de los viajeros, que un sacerdote amigo rescató de un cajón olvidado en su parroquia de los años 50 y que enseguida puse en mi llavero.

Claro que los laicos no podemos tener un tabernáculo en casa. Pero hace poco descubrí que existe algo que quizá se le parezca bastante: la tradición católica de la Entronización del Sagrado Corazón en el hogar.

Esta práctica, impulsada a comienzos del siglo XX principalmente por el padre Mateo Crawley-Boevey, SS.CC. (1875-1960), consiste en colocar una imagen bendecida del Sagrado Corazón en un lugar importante de la casa y realizar un acto formal de consagración. Se puede encontrar una descripción de la tradición, un relato completo de su historia y un resumen de su apostolado en numerosos sitios web.

La idea es reconocer a Cristo como alguien verdaderamente presente en el hogar y expresar el deseo de vivir de manera permanente una vida centrada en Él, marcada por el amor, la gracia y la alegría.

Yo todavía no hice bendecir formalmente mi propia imagen del Sagrado Corazón, pero permanece iluminada día y noche y ocupa un lugar especial sobre una alta biblioteca en mi oficina.

La imagen del Sagrado Corazón de la autora. (Heather King)

Otra tradición que adopté hace muchos años es la oración del Viático. “Viático” significa “alimento para el camino” y, en el contexto católico, es el nombre que recibe la Eucaristía administrada a una persona que está por morir.

Existen muchas oraciones de este tipo para después de la Comunión. Según recuerdo, encontré “la mía” hace muchos años en una biografía del Siervo de Dios Matt Talbot, patrono de los alcohólicos. Dice así:

“Oh buen Jesús, acepta esta Sagrada Comunión como mi viático, como si en este día fuera a morir. Concédeme que tu adorabilísimo Cuerpo y Sangre sean el último recuerdo de mi alma; los santos nombres de José, María y Jesús, mis últimas palabras; mi último afecto, un acto del amor más puro y ardiente hacia Ti, y un sincero dolor por mis pecados; y que mi último pensamiento sea expirar en tus divinos brazos, adornado con los dones de tu santa gracia. Amén”.

Seamos sinceros: uno nunca sabe si va a tener un accidente al volver de la iglesia o sufrir un derrame esa misma noche mientras reza de rodillas ante una imagen del Sagrado Corazón de Jesús.

Por eso encuentro un gran consuelo, cada vez que recibo la Eucaristía, en reconocer que podría ser la última y en pedir que me sostenga en el camino hacia la otra vida.

Y hablando de eso, mi mayor deseo sería morir con un sacerdote a mi lado, sosteniendo un crucifijo y susurrando los últimos sacramentos. Pero, otra vez, nunca se sabe.

Por eso me alegró muchísimo descubrir recientemente otra tradición —quizá poco conocida— que contempla precisamente esa situación.

La Bendición Apostólica es una indulgencia plenaria que puede concederse a una persona en peligro de muerte. Normalmente la administra un sacerdote al final de la Unción de los Enfermos. Pero ¿qué pasa si no hay un sacerdote disponible para administrar los sacramentos y conceder esa bendición en el momento de la muerte?

La Constitución Apostólica sobre las Indulgencias, promulgada por san Pablo VI en 1967, lo expresa así: “La Iglesia, como madre solícita, concede benignamente a este fiel debidamente dispuesto una indulgencia plenaria que puede ganarse en la hora de la muerte. La única condición es que haya rezado habitualmente durante su vida. Se recomienda el uso de un crucifijo o de una cruz para obtener esta indulgencia”.

En otras palabras, la persona debería haber deseado esta indulgencia y haber rezado por ella, quizá repitiendo regularmente las palabras de la propia Bendición Apostólica. Una de sus fórmulas dice:

“Por los santos misterios de nuestra redención, que Dios todopoderoso te libre de toda pena en esta vida y en la futura. Que te abra las puertas del paraíso y te reciba en la alegría eterna”.

Me encanta que esta oración se rece sosteniendo un crucifijo.

Todas estas prácticas son totalmente opcionales, no obligatorias. Pero no nos confundamos: el tesoro de las tradiciones católicas no es una manía anticuada ni una devoción superficial. Mi imagen del Sagrado Corazón de Jesús es un signo visible de una vida arraigada hasta en sus más pequeños momentos en la Eucaristía y consagrada, en lo más profundo, a Cristo.

Mis estampitas y medallas no son simples objetos de devoción: forman parte de una misión profundamente seria.

“No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo”, dijo Jesús al encomendar sus discípulos al Padre antes de ascender al cielo. “Conságralos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo. Y por ellos me consagro a mí mismo, para que también ellos sean consagrados en la verdad” (Jn 17, 16-19).

Heather King
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Heather King