San Cornelio fue elegido papa en el año 251, durante las persecuciones del emperador Decio. Se le encomendó poner fin al cisma provocado por su rival, Novaciano, el primer antipapa. En un sínodo de obispos, Cornelio fue confirmado como el verdadero papa.
Como consecuencia de la persecución de Decio, la Iglesia enfrentó una gran controversia sobre si debía perdonar y readmitir a quienes habían apostatado ante la amenaza del martirio. Cornelio decretó que debían ser acogidos nuevamente, pero insistió en que realizaran una penitencia adecuada.
En el año 253, Cornelio fue desterrado por el emperador Galo. Murió a causa de las penurias que sufrió durante el exilio y es considerado mártir.
San Cipriano de Cartago era amigo cercano del papa Cornelio y lo apoyó en sus esfuerzos contra el antipapa y en la readmisión de los apóstatas.
Cipriano nació alrededor del año 190 en el seno de una familia pagana acomodada y recibió una excelente educación. Se convirtió a la fe cristiana a los 56 años, fue ordenado sacerdote al año siguiente y, dos años después, fue nombrado obispo.
Cipriano ocupa el segundo lugar, después de san Agustín, entre los Padres de la Iglesia africana. Sus escritos son de gran importancia, especialmente su tratado Sobre la unidad de la Iglesia católica, en el que sostiene que la unidad se fundamenta en la autoridad del obispo y en la primacía de la Sede de Roma.
Durante las persecuciones de Decio, Cipriano se ocultó y guió a su rebaño de manera clandestina. A pesar de ello, fue martirizado durante las persecuciones del emperador Valeriano, el 14 de septiembre del año 258.
