Coronación de san Eduardo el Confesor. (Wikimedia Commons)
San Eduardo nació en 1003. Era hijo del duque de Normandía y sobrino del rey inglés Edmundo II, conocido como "Costilla de Hierro". Desde los 10 años vivió exiliado en Normandía, después de que los daneses tomaran el control de Inglaterra. Esta temprana experiencia de desarraigo y su profunda piedad lo llevaron a renunciar a las ambiciones mundanas y consagrar su vida a Dios.
Cuando el rey danés Canuto murió en 1042, Eduardo fue llamado a ocupar el trono de Inglaterra. Aceptó esa responsabilidad y reinó hasta 1066. Su santidad lo convirtió en un rey muy querido. Abolió un impuesto injusto y, según se decía, tenía el don de curar a las personas con su toque.
Eduardo aceptó casarse por el bien de su reino, pero, como había hecho previamente un voto de castidad, vivió en celibato junto a su esposa.
También había prometido peregrinar a la tumba de san Pedro, pero no podía dejar a su pueblo expuesto a posibles ataques. El Papa lo dispensó de ese voto y le pidió que reconstruyera la abadía de San Pedro en Westminster. Una semana después de su inauguración, el 5 de enero de 1066, Eduardo murió y fue sepultado allí.