Antes de que naciera san Esteban, su madre, la duquesa Sarolta, tuvo una visión de san Esteban, el primer mártir de la Iglesia. Él le anunció que tendría un hijo que evangelizaría aquella tierra. Sarolta y su esposo, el duque Géza, se convirtieron al cristianismo y fueron bautizados por san Adalberto de Praga. Él también bautizó a su hijo.
Esteban compartía con su padre el deseo de llevar el catolicismo a Hungría. Cuando llegó al poder, construyó un monasterio y puso en marcha una intensa labor de evangelización. El papa Silvestre II lo proclamó rey, y Esteban dedicó gran parte de su vida a atender a los pobres y enfermos. Construyó numerosas iglesias dedicadas a la Virgen María, fundó un monasterio en Jerusalén y promovió la fe por todos los medios a su alcance.
Su único hijo que llegó a la edad adulta, Emerico, era un ferviente católico y estaba destinado a sucederlo. Sin embargo, murió en un accidente de caza en 1031. Emerico fue canonizado posteriormente, pero su muerte dejó devastada a la familia y desencadenó una disputa por la sucesión que marcó los últimos años de Esteban.
San Esteban murió en Hungría el 15 de agosto de 1038. Fue sepultado junto a su hijo, y ambos fueron canonizados en 1083.
