El beato Eduardo Poppe nació el 18 de diciembre de 1890. Fue un alumno destacado, aunque de niño era bastante inquieto y travieso. En 1902 recibió la Primera Comunión y la Confirmación, experiencias que marcaron profundamente su vida y lo llevaron a comprometerse más seriamente con su fe y con Cristo.
Dos años después, su padre comenzó a prepararlo para incorporarse al negocio familiar de panadería mediante un aprendizaje. Sin embargo, Eduardo sentía que Dios lo llamaba al sacerdocio. Tras conversar con un sacerdote cercano a la familia, su padre comprendió su vocación y dijo a su esposa: «Dios no nos ha dado a nuestros hijos para nosotros mismos».
Cuando tenía 16 años, su padre falleció. Como era uno de once hermanos, Eduardo pensó que debía asumir la responsabilidad del negocio familiar, pero su madre insistió en que siguiera el camino hacia el sacerdocio. Con el tiempo, cinco de sus hermanas ingresaron a la vida religiosa y uno de sus hermanos también fue ordenado sacerdote.
En 1910 fue llamado al servicio militar y sirvió como enfermero durante la Primera Guerra Mundial. Tenía una profunda devoción a san José, a cuya intercesión atribuyó la recuperación de varios prisioneros de guerra.
Finalmente, a los 25 años, fue ordenado sacerdote. Como vicario parroquial, se dedicó con especial entrega a los pobres, los enfermos, los moribundos y los niños de su comunidad. También enseñó catecismo y promovió diversas asociaciones eucarísticas.
Debido a su delicada salud, fue destinado a una zona rural de Bélgica. En 1919 sufrió un ataque cardíaco y, durante su recuperación, dedicó largas horas a la oración y a la escritura. Produjo miles de páginas en las que advertía sobre los peligros del marxismo y la secularización. Fue también en esa época cuando descubrió y abrazó la espiritualidad de santa Teresita de Lisieux.
En enero de 1924 sufrió un segundo ataque cardíaco. Su salud continuó deteriorándose hasta que falleció el 10 de junio de ese mismo año, con apenas 33 años. Fue beatificado por Juan Pablo II en 1999.