Santa Clara de Asís nació en 1193 en el seno de una familia noble. Antes de su nacimiento, su madre recibió una señal de que su hija sería una luz brillante de Dios en el mundo. Desde niña, Clara se sintió atraída por la oración y el Santísimo Sacramento, y tuvo un profundo amor por los pobres.
A los 18 años, Clara escuchó predicar a san Francisco de Asís y comprendió que Dios la llamaba a consagrarse a Él. A la noche siguiente, dejó su casa y se encontró con san Francisco, a quien le manifestó su deseo de seguirlo. Francisco le entregó su túnica, le cortó el cabello y la envió a un convento benedictino. Su hermana menor, Inés, se unió a ella, y ambas tuvieron que superar la fuerte presión de sus familias para que regresaran a casa.
Cuando Clara tenía 22 años, Francisco la puso al frente de una pequeña casa junto al convento. Desempeñó este cargo durante los siguientes 42 años, hasta su muerte. Las Clarisas eran conocidas por su austero estilo de vida: caminaban descalzas, pedían limosna, vestían ropa áspera y renunciaban a las posesiones materiales. Sus vidas estaban centradas en la contemplación.
Muchas jóvenes de familias nobles dejaron sus hogares para unirse a Clara. Su orden creció rápidamente y se fundaron conventos en distintas partes de Italia.
Clara era conocida por su santidad, hasta tal punto que el papa la visitó en su lecho de muerte en 1253 y quiso canonizarla inmediatamente después de su fallecimiento. Sus cardenales le aconsejaron esperar, y Clara fue proclamada santa apenas dos años después.
