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Pocos padres de los primeros siglos de la Iglesia les ponían Judas a sus hijos. En otro tiempo, el nombre había sido honorable: evocaba a Judá, hijo de Jacob, y a Judas Macabeo, el gran defensor de Israel frente a la dominación extranjera.

Pero un hombre lo echó a perder: Judas Iscariote, el apóstol que traicionó a Jesús con un beso.

Esto nos ayuda a entender por qué los evangelistas se esfuerzan tanto por identificar a otro apóstol que llevaba el mismo nombre. Lucas lo llama “Judas, hijo de Santiago” (Lucas 6,16). Mateo y Marcos lo llaman Tadeo (Mateo 10,3; Marcos 3,18). Juan, decidido a evitar cualquier confusión, lo identifica como “Judas, no el Iscariote” (Juan 14,22).

Este Judas, conocido también como Judas Tadeo o Tadeo, es el santo cuya fiesta la Iglesia celebra cada año el día de mi cumpleaños, el 28 de octubre. Según la tradición, fue un misionero que viajó a Persia junto con el apóstol Simón, donde ambos sufrieron el martirio.

Los Evangelios conservan una sola frase pronunciada por Judas. Durante la Última Cena, Jesús promete que se manifestará a quienes lo aman. Judas le pregunta: “Señor, ¿cómo es que te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?” (Juan 14,22).

Es una buena pregunta, y Jesús responde que Dios hace su morada en quienes lo aman y cumplen su palabra. Así, la pregunta de Judas lleva a Jesús a hacer una magnífica promesa: el alma de un cristiano puede convertirse en morada del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Es posible que Judas también nos haya dejado uno de los libros de la Biblia. La breve Carta de Judas comienza así: “Judas, servidor de Jesucristo y hermano de Santiago”. Los estudiosos debaten si su autor fue el apóstol u otro pariente de Jesús. Sin embargo, hay buenos motivos para creer que la carta se remonta a la primera generación de cristianos.

Algunos han sugerido que la carta fue escrita mucho después por un autor anónimo que usó el nombre de Judas. Sin embargo, esa hipótesis parece poco probable. Alguien que quisiera dar prestigio a su obra podría haber elegido a Pedro, Pablo o Juan. ¿Por qué elegir a Judas? Después de la traición, casi cualquier otro nombre cristiano habría tenido más autoridad.

Además, ¿por qué la Iglesia conservaría como Sagrada Escritura esta carta tan breve, de apenas 25 versículos, si su autor no hubiera sido alguien relevante? Sus exhortaciones se asemejan a enseñanzas que aparecen en otros pasajes del Nuevo Testamento. Su inclusión se entiende mejor si la carta fue escrita por un hombre cuya autoridad los primeros cristianos conocían y respetaban.

Judas escribió a los cristianos que estaban en peligro por la influencia de falsos maestros que tergiversaban la gracia de Dios para justificar la inmoralidad. Exhortó a los creyentes a “luchar por la fe” y, al mismo tiempo, a mostrar misericordia con quienes se habían desviado. “Salven a algunos, arrancándolos del fuego”, les ordenó (Judas 23).

Este versículo quizá ayude a explicar por qué, con el tiempo, se lo consideró patrono de las causas difíciles o desesperadas. Judas no abandona a quienes parecen irrecuperables. Va en busca de quienes están más cerca del fuego.

Ninguna causa está realmente perdida mientras la gracia de Dios siga obrando. Y quizá el apóstol que llevó el nombre más desacreditado se convirtió en el santo ideal para enseñarnos esta lección.

Y hoy me alegra saber que mi nieto más pequeño lleva su nombre.

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Scott Hahn