Como alguien dijo una vez, la historia no se repite exactamente, pero sí tiene ecos. Y en este momento esos ecos suenan como una larga canción de Bob Dylan de 1975. La tensión que estalló entre el Papa León XIV y el presidente de Estados Unidos ya quedó atrás, aunque no fue olvidada. Y probablemente vuelva a surgir. No pasa nada.
Mientras todo ocurría, hice un esfuerzo consciente por no involucrarme, aunque muchos amigos y familiares querían hablar del tema. Decidí no dejar que toda esa polémica me afectara. Me llegaron incontables artículos y comentarios en internet, algunos defendiendo al Papa y otros al presidente.
Un amigo cercano, alguien que vive su fe con seriedad, me envió un artículo del Wall Street Journal escrito por un rabino que, al parecer, tenía mucho para decir sobre el enfrentamiento entre el Papa León y Donald Trump. Seguramente el rabino tenga reflexiones muy valiosas sobre la situación; digo “seguramente” porque el enlace sigue intacto en mi bandeja de entrada desde que me lo mandó. No necesito leerlo, porque el Papa no es mi presidente. Es mi Papa.
Sé que esto puede sonar un poco anticuado, pero lo aprendí de mi padre. Habría sido difícil encontrar a alguien con opiniones políticas menos extremas que las de él. Sin embargo, si hoy estuviera vivo y viera a figuras públicas cuestionando y dándole lecciones al Papa en público, seguro habría dicho algo en la mesa del almuerzo del domingo.
Y no porque tuviera una actitud de “el Papa siempre tiene razón”. La fe de mi padre era simple en el buen sentido: profunda, pero sin vueltas. Él entendía algo que muchos políticos católicos —y aún más los no católicos— parecen olvidar: el ministerio de Pedro es algo único en la historia. Aunque el papado tenga una dimensión terrenal, todo Papa, de alguna manera, termina desentonando con el espíritu de su época.
El primer Papa que él conoció fue Pío X. El mío fue Pío XII. Entre los dos hemos vivido 11 pontificados. Son muchos papas. Muchos hombres de distintos orígenes, con fortalezas y debilidades, con habilidad política y también con cierta ingenuidad.
Entre mi padre y yo hemos vivido cerca del 4% de toda la historia del papado. Y esos papas atravesaron un mundo que pasó de los Ford Modelo T, considerados lo más moderno de su tiempo, a ver nuevamente seres humanos orbitando la Luna. Si uno intentara contar todas las guerras, hambrunas, tragedias y muestras de soberbia humana ocurridas en ese período, la calculadora no alcanzaría.
Cada uno de esos papas fue admirado y criticado por igual; escuchado por algunos y descartado por otros. Y, sinceramente, cada vez que los medios dicen que un papa “no está en sintonía con los tiempos”, algo dentro de mí se alegra un poco. Porque el papel del Papa —desde San Pedro hasta León XIV— justamente consiste en eso: vivir en su tiempo, pero no dejarse moldear por él. Por eso, a veces, dice cosas que incomodan.
Para mi padre era más fácil entender al Papa como alguien distinto, no simplemente una figura pública mezclada entre política y religión. Él creció en una época en la que ser católico en Estados Unidos realmente significaba ser diferente, incluso despertar sospechas. En cambio, el catolicismo que yo conocí estuvo mucho más integrado a la cultura estadounidense. Y ahora, que ya soy mayor que la edad que mi padre llegó a tener, veo que el mundo católico en Estados Unidos se ha fusionado tanto con la cultura del país que, por momentos, casi no se distingue de ella.
Creo que, por el hecho de que León XIV es estadounidense, muchos católicos en Estados Unidos asumieron automáticamente que pensaría, actuaría y se comportaría como cualquier otro estadounidense. Y en ciertos aspectos, seguramente sea así.
Pero alguien que pasó tantos años fuera de su país, trabajando entre los pobres de Perú, difícilmente encaje en la idea del estadounidense promedio. Aunque quizá sí encaje bastante bien en la del papa promedio.
Ahora que el pontificado de León XIV cumple su primer año, quiero conservar la enseñanza que me dejó mi padre: confiar en el Señor y no sentir la necesidad de corregir o retar al Papa. Él ya dejó claro que mi lugar no está atado a ningún partido político.
Mi padre entendió eso después de ocho papas. A mí me llevó once. Aunque, en realidad, debería haber bastado con uno solo.
