“La Creación de Adán”, de Michelangelo Buonarroti, se muestra en la Capilla Sixtina de los Museos Vaticanos en una foto de archivo del 21 de febrero de 2020. (CNS/Paul Haring)
En un mundo obsesionado con lo que podemos tocar, ver, medir y registrar, la belleza y la verdad importan cada vez menos al hombre moderno. Su mirada es en gran medida horizontal, y tener una visión espiritual de la vida resulta más difícil que nunca.
Y, sin embargo, como escribió alguna vez el poeta jesuita Gerard Manley Hopkins, el mundo natural está “cargado de la grandeza de Dios”. Incluso la mente contemporánea más estrecha no puede evitar conmoverse por los destellos de esa grandeza, que brillan “como una lámina sacudida”, cuando por un instante levanta la vista del pavimento y mira el cielo reluciente.
Al mirar hacia arriba, el ser humano puede comenzar a percibir que existe algo aún más grande que nuestro mundo humano aplanado: un mundo espiritual en el que nuestras almas están involucradas en una batalla importante, invisible pero no imperceptible, en la que fuerzas inmortales luchan a nuestro favor —o en nuestra contra.
En otras palabras, creer en los ángeles importa.
Aunque los ángeles forman parte de las tradiciones y narrativas de varias religiones importantes, la teología moderna los ha trivializado de manera persistente, reduciéndolos a símbolos psicológicos o metáforas culturales.
Por eso, un nuevo libro del profesor de Cambridge Michael D. Hurley, titulado Angels and Monotheism (Cambridge University Press, US$22), llega en un momento particularmente oportuno.
El libro del profesor Hurley es un intento por revitalizar la disciplina de la “angelología”. Confieso que es una palabra extraña e inesperada, pero el concepto —que los ángeles existen y que su lugar y función dentro del orden divino merecen ser estudiados y comprendidos— es sólido. Si Dios ha provisto realmente asistentes poderosos para cada uno de nosotros en nuestra lucha espiritual cotidiana, sería una locura ignorarlos o reducirlos a una insignificancia sentimental.
“Ángel de la guarda con un hombre arrodillado”, hacia 1460, de autor desconocido, italiano. (J. Paul Getty Museum)
Hurley, profesor de teología y literatura, explica algunas de las dificultades que enfrentan los teólogos contemporáneos cuando abordan el tema de los ángeles. Muchos se encuentran atrapados entre la fe y el deseo de respetabilidad académica en un mundo donde la fe y la razón suelen considerarse antagonistas.
El autor refuta los principales ataques contra la creencia en los ángeles, que los presentan como mera especulación extra bíblica, efusiones poéticas de la imaginación humana o conocimientos cuya legitimidad dependería exclusivamente de la revelación divina. Hurley demuestra que la existencia de ángeles y demonios quizá no sea el núcleo mismo de la fe cristiana, pero sí constituye una verdad objetiva, dentro del conjunto de verdades reveladas que todo cristiano está llamado a creer.
Y si estamos llamados a creer, también estamos llamados a comprender. Nos enfrentamos a la dificultad de que la comprensión humana es limitada cuando se trata de realidades sobrenaturales, pero el esfuerzo vale la pena. Un buen punto de partida es recordar que nuestra imagen actual de los ángeles como bebés regordetes flotando entre nubes es una distorsión grosera de su representación bíblica como seres poderosos que libran combates en nuestro favor.
La angelología es también un puente hacia la mente de Dios. Nos dice que nuestro Creador nos estimó lo suficiente como para brindarnos asistencia divina, y que haríamos bien en recurrir a ella. Los ángeles pueden entenderse como un punto intermedio entre Dios y el ser humano, compartiendo algo de ambos. Comparar al hombre con los ángeles, entonces, “revela qué es lo distintivo del Ser Supremo que se cree creó a ambos”.
La angelología también ofrece conocimientos necesarios para comprender las Escrituras. Por ejemplo, malinterpretar al arcángel Gabriel es no captar el verdadero significado de acontecimientos —como la Encarnación— en los que él interviene.
En una de las secciones más logradas del libro, Hurley explora las implicancias prácticas del estudio de los ángeles para nuestra vida moral y espiritual. Los ángeles nos enseñan a estar atentos a la creación, a mirar sin distracción la forma interior de las cosas. Hurley propone una “pausa angélica”: sesenta segundos de contemplación de algo ordinario —una hoja, por ejemplo— para verlo como lo vería un ángel, tal como existe en Dios.
Los ángeles, que eligieron la obediencia de manera tan decisiva, son modelos de resistencia frente a la tentación. Aprendemos que nuestros ángeles custodios nos asisten dándonos claridad en los dilemas morales, consolándonos en la angustia y orientándonos providencialmente cada día, si estamos abiertos a su ayuda.
Y está también, por supuesto, el ángel que nos acompaña en el lecho de muerte, nuestro último maestro. Hurley nos regala una hermosa oración memento mori de su propia autoría: “Ángel de mi final, enséñame ahora lo que entonces deberé aprender: que todo es don, todo es gracia, todo es Dios”.
Con este libro, podemos dejar de lado la insistencia de la modernidad en que los ángeles son solo símbolos que hablan de necesidades humanas. En su lugar, podemos confiar serenamente en la ayuda de estos seres incorpóreos que median entre Dios y nosotros, combaten las fuerzas de la oscuridad en nuestro favor y velan con ternura el sueño de nuestros hijos.