Un collage de distintas oraciones de las principales religiones. (Wikimedia Commons)
Si rezáramos solo cuando nos dan ganas, probablemente rezaríamos muy poco.
El entusiasmo, las buenas sensaciones y el fervor no bastan para mantener una vida de oración a largo plazo, por mucha buena voluntad y firmeza de propósito que tengamos. Nuestro corazón y nuestra mente son complejos e indomables, como caballos salvajes que corren al ritmo de su propia música y para los que la oración, con frecuencia, ni siquiera figura en sus planes.
El reconocido místico san Juan de la Cruz enseña que, después de un período inicial de fervor en la oración, pasaremos gran parte de nuestra vida luchando por rezar, enfrentándonos al aburrimiento y las distracciones.
Entonces surge la pregunta: ¿cómo rezar cuando estamos cansados, distraídos, aburridos o simplemente no tenemos interés, mientras mil cosas ocupan nuestra mente y nuestro corazón? ¿Cómo rezar cuando nada dentro de nosotros parece querer hacerlo? Y, sobre todo, ¿cómo hacerlo en esos momentos en que sentimos un auténtico rechazo hacia la oración?
Los monjes tienen secretos que vale la pena conocer. El primero que podemos aprender de ellos es la importancia fundamental del ritual para mantener una vida de oración.
Ellos rezan mucho y lo hacen con regularidad, pero no basan su vida de oración en lo que sienten. La sostienen a través del ritual. Se reúnen para rezar juntos siete u ocho veces al día.
Acuden a la capilla para rezar las horas litúrgicas de la Iglesia: maitines, laudes, prima, tercia, sexta, vísperas y completas. O simplemente para celebrar juntos la Eucaristía. No siempre van porque tengan ganas de hacerlo. Acuden porque han sido llamados a la oración y, aunque su mente y su corazón no estén especialmente dispuestos, rezan desde lo más profundo de sí mismos: desde su intención y su voluntad.
En la regla que san Benito escribió para la vida monástica hay una frase muy citada: la vida del monje, escribe, debe regirse por la campana del monasterio. Cuando la campana suena, el monje debe dejar inmediatamente lo que está haciendo y acudir allí donde esa llamada lo convoque. No porque le apetezca, sino porque ha llegado el momento.
Y el tiempo no nos pertenece; es el tiempo de Dios.
Es una lección valiosa, especialmente cuando se trata de la oración. Necesitamos rezar con regularidad, no porque siempre tengamos ganas, sino porque ha llegado el momento de hacerlo. Y cuando nuestro corazón y nuestra mente no logran rezar, todavía podemos hacerlo con nuestra voluntad y con nuestro cuerpo.
¡Sí, también con el cuerpo! A veces olvidamos que no somos espíritus puros, hechos solo de mente y corazón. También tenemos un cuerpo. Por eso, cuando la mente y el corazón no logran entrar en la oración, siempre podemos rezar con el cuerpo. Desde hace siglos, lo hacemos mediante determinados gestos y posturas: persignarnos, arrodillarnos, levantar las manos, juntar las manos, hacer una genuflexión o postrarnos. Nunca deberíamos subestimar ni restar importancia a estos gestos corporales.
Dicho sencillamente, cuando no podemos rezar de ninguna otra manera, todavía podemos hacerlo con nuestro cuerpo. Y, después de todo, ¿quién dice que un gesto corporal sincero vale menos como oración que un gesto del corazón o de la mente? Personalmente, admiro mucho un gesto que forma parte de la oración musulmana: inclinarse hasta tocar el suelo con la cabeza. Hacerlo es dejar que el cuerpo le diga a Dios: “No importa lo que esté pasando ahora mismo por mi mente o mi corazón; me entrego a tu omnipotencia, a tu santidad y a tu amor”. Cuando hago oración meditativa a solas, normalmente termino con este gesto.
A veces, quienes escriben sobre espiritualidad, los catequistas y hasta quienes preparan las celebraciones litúrgicas no nos han ayudado a entender que la oración atraviesa distintas etapas; que la emotividad, el entusiasmo y el fervor son solo una de ellas, y además corresponden a la etapa inicial. Como han enseñado de manera unánime los grandes maestros y místicos de la espiritualidad, la oración, al igual que el amor, atraviesa tres etapas. Primero llegan el fervor y el entusiasmo; después viene el descenso del fervor, acompañado de sequedad y aburrimiento; y finalmente llega la madurez, cuando rezar se vuelve más sencillo, familiar, como estar en casa. Ya no depende de lo que sentimos, sino del compromiso de estar presentes, aun cuando emocionalmente no sintamos nada.
Dietrich Bonhoeffer solía decirles esto a las parejas cuando celebraba su matrimonio: “Hoy están profundamente enamorados y creen que ese amor será suficiente para sostener su matrimonio. No será así. Dejen que su matrimonio, que es el marco que sostiene su vida en común, sostenga también su amor”.
Lo mismo puede decirse de la oración. El fervor y el entusiasmo no bastan para sostener una vida de oración, pero el ritual sí puede hacerlo. Cuando nos cuesta rezar con la mente y el corazón, siempre podemos hacerlo con la voluntad y con el cuerpo. A veces, simplemente estar allí ya es una forma de oración.
En el libro Dearest Sister Wendy (Orbis, $28), Robert Ellsberg cita una reflexión de Michael Leach sobre lo que estaba viviendo al tener que cuidar durante años a su esposa, que padecía Alzheimer. “Enamorarse es la parte fácil; aprender a amar es lo difícil; y vivir en el amor es la mejor parte”.
Lo mismo ocurre con la oración.