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Un amigo mío volvió hace poco de la peluquería con una historia bastante llamativa.
Su peluquero le contó sobre otra clienta, una profesora de una prestigiosa universidad aquí en Los Ángeles, que había ido a cortarse el cabello el día anterior.
Al notar que estaba preocupada y distraída, le preguntó en qué estaba pensando. La profesora le explicó que estaba inquieta por algunas ideas planteadas recientemente por el Papa León en su nueva encíclica, Magnifica Humanitas (“Magnífica Humanidad”).
Mientras atendía a estudiantes que estaban considerando qué materias cursar el próximo semestre durante su horario de consultas, varios de ellos le habían pedido asistir acompañados por sus parejas. Hasta ahí, nada fuera de lo normal.
Lo llamativo fue que varios estudiantes llegaron con parejas creadas por inteligencia artificial en sus computadoras portátiles y iPads. Las jóvenes aparecieron acompañadas por compañeros virtuales: hombres atractivos, seguros de sí mismos y siempre atentos a sus inquietudes académicas. Los varones, en cambio, llevaban compañeras generadas por IA con rasgos femeninos exagerados, que más que mostrar interés o iniciativa propia, parecían diseñadas para estar siempre de acuerdo con ellos.
Aunque Magnifica Humanitas aborda principalmente realidades geopolíticas y no las peculiaridades de las relaciones con inteligencia artificial, las palabras del Santo Padre sobre cuestiones de mayor alcance parecen describir con precisión a quienes quedan cautivado por una pareja creada a su medida mediante IA.
“Existe una forma de idealismo que, para preservar su propia visión del mundo, selecciona los hechos de manera parcial, los distorsiona y les cambia el nombre. Con el tiempo, sus partidarios terminan habitando una realidad construida para ajustarse a sus propias convicciones”, escribió el Papa León (n. 218).
Todas estas parejas virtuales eran alentadoras, nunca cuestionaban nada y, en esencia, se limitaban a reflejar y reforzar las ideas de cada estudiante de carne y hueso con el que interactuaban. El profesor quedó atónito. Al principio pensó que se trataba de alguna broma inmadura propia de universitarios. Pero a medida que más estudiantes llegaban con vínculos similares con algoritmos, quedó claro que la situación era tan seria como un examen de mitad de curso sobre el significado del Ulises de James Joyce.
Un estudio de 2025 encargado por la organización Common Sense Media reveló que el 33 % de los adolescentes utiliza compañeros de IA “para la interacción social y las relaciones, incluyendo practicar conversaciones, recibir apoyo emocional, participar en juegos de rol, cultivar amistades o mantener interacciones románticas”. Es decir, muchos, si no la mayoría, de los estudiantes universitarios de este profesor ya estaban recurriendo a la inteligencia artificial como compañía mucho antes de llegar a la universidad.
Me atrevo a decir que esta no es la forma en que Dios quiere que vivamos. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento están llenos de encuentros e interacciones, no solo entre Dios y la humanidad, sino también entre hombres y mujeres. Algunas de esas relaciones son tiernas; otras, conflictivas. Algunas incluso resultan impactantes, aun para los estándares actuales. Pero todas tienen algo en común: son profundamente humanas. Y si creemos que hemos sido creados a imagen de Dios, entonces nuestra humanidad es un don demasiado valioso como para pensar que puede mejorarse artificialmente.
El profesor le preguntó a una de sus alumnas qué era lo que más le atraía de su pareja generada por IA. La joven respondió con entusiasmo que nunca discutían. Les gustaban las mismas películas y él siempre estaba pendiente de ella, atento a todo lo que decía y necesitaba.
Lo que esta joven había creado, consciente o inconscientemente, era una especie de luna de miel permanente. Y eso no favorece el crecimiento personal ni la madurez humana. Si algún matrimonio asegura que nunca discute, probablemente haya algo que no está contando.
Con la inteligencia artificial no existe el sacrificio ni la verdadera entrega de uno mismo. Una entidad generada por computadora solo puede ofrecer aquello para lo que fue programada. En este escenario tampoco hay hijos, ni virtuales ni reales. Y no es difícil encontrar estudios que advierten sobre la creciente caída de la natalidad en los países desarrollados. Tampoco hay espacio para el discernimiento moral y espiritual que exige una realidad tan compleja como esta.
Nosotros, las criaturas creadas por Dios, también hemos sido “programados”, por así decirlo, con un deseo innato de buscar la verdad y la belleza. Y si estamos llamados al matrimonio, llevamos dentro una inclinación natural a entregarnos por el bien de nuestro cónyuge y de nuestros hijos. Sin embargo, la experiencia matrimonial nos recuerda constantemente que no siempre funcionamos como nuestro Creador quiso. A veces nos equivocamos, confundimos nuestras prioridades y terminamos alejándonos del plan para el que fuimos hechos.
Cualquier persona, joven o mayor, que busque una compañía auténtica en una imagen generada por computadora se está metiendo en un callejón sin salida. Puede resultar reconfortante pensar que, si la pareja creada por IA deja de funcionar, basta con apretar un botón para apagarla. Pero la vida real no funciona así.
Estamos hechos para mucho más. Como subraya el Papa León en la encíclica: “El hombre y la mujer han sido creados a imagen y semejanza del Dios trino (...) toda persona humana ha sido pensada y querida por Dios para entrar en comunión con Él, con los demás y con la creación” (n. 50).
Quien crea una inteligencia artificial a su propia imagen y semejanza está, en cierto modo, alterando el diseño que Dios ha dado a la persona humana, un diseño que el Papa León defiende a lo largo de toda su encíclica al presentar una visión auténticamente humanista del ser humano.
Y esto sigue siendo cierto tanto cuando se habla de inteligencia artificial como de doctrina social o del futuro de la civilización. Como señala el Papa: “La persona humana sigue siendo siempre el ‘camino de la Iglesia’ y el centro de todo auténtico proceso de desarrollo humano integral” (n. 50).