Archbishop Fulton J. Sheen is seen in an undated photo posing with women who worked at the Society for the Propagation of the Faith in New York City. (OSV News photo/Pontifical Mission Societies USA Archives)
Cuando el arzobispo Fulton J. Sheen sea beatificado el 24 de septiembre en San Luis, la atención estará justamente puesta en el célebre predicador televisivo, cuyos programas llevaron las enseñanzas católicas a millones de hogares estadounidenses.
Pero durante casi dos décadas, detrás del extraordinario alcance del arzobispo Sheen hubo un grupo de mujeres, en gran parte desconocidas, que abrieron miles de cartas, registraron donaciones, agradecieron a los colaboradores y ayudaron a convertir sus palabras en apoyo material para misioneros y jóvenes Iglesias de todo el mundo.
El arzobispo Sheen se desempeñó entre 1950 y 1966 como director nacional de la Sociedad para la Propagación de la Fe, una de las cuatro Obras Misionales Pontificias. La sociedad coordina el Domingo Mundial de las Misiones, la jornada anual de solidaridad que sostiene la labor de la Iglesia en más de 1.100 territorios de misión.
Esta responsabilidad ocupó un lugar central en el sacerdocio y el ministerio público del arzobispo Sheen. Además de su trabajo en radio y televisión, viajó, predicó en campañas de apoyo a las misiones y fue editor de la revista MISSION, publicada por primera vez en 1951 por la oficina nacional de la Sociedad para la Propagación de la Fe.
Cuando el prelado hablaba de las misiones en televisión, hacía un llamado a apoyar la obra misionera o publicaba una nueva edición de la revista, la respuesta llegaba en forma de entre 8.000 y 10.000 cartas al día, llenas de mensajes de agradecimiento y donaciones.
Los sobres llegaban en grandes cantidades a la oficina nacional de la sociedad en Nueva York. Algunos contenían cheques de importantes sumas. Otros incluían unos pocos dólares, monedas que los niños habían ahorrado o breves notas que explicaban el sacrificio detrás de cada donación.
Y detrás de escena, un pequeño ejército de mujeres abría los sobres, registraba las donaciones y se aseguraba de que cada colaborador recibiera una respuesta.
Helen Fitzpatrick, quien hoy tiene 89 años, era una de “las chicas”, como ella misma las llama todavía con cariño.
Fitzpatrick comenzó a trabajar a tiempo parcial en la sociedad en 1954, cuando cursaba el último año en la escuela secundaria St. Vincent Ferrer de Manhattan. Después de graduarse, pasó a trabajar allí a tiempo completo y permaneció alrededor de una década.
Su principal responsabilidad era asegurarse de que quienes apoyaban las misiones recibieran una nota de agradecimiento. Era una tarea constante.
“No importaba dónde estuviera él (el arzobispo Sheen), en la oficina nunca faltaba trabajo”, recordó Fitzpatrick. “Cada vez que hacía un llamado a apoyar las misiones o publicaba la revista, nuestra oficina se llenaba de trabajo”.
Bernadette Schumann, que hoy tiene más de 80 años, recuerda aquellos días en que las mujeres trabajaban en dos habitaciones, rodeadas de cartas que conectaban a los católicos estadounidenses con la Iglesia que llevaba adelante su misión en todo el mundo.
“Había muchísimas cartas y muchísimo trabajo, pero sabíamos que cada sobre representaba a alguien que se preocupaba por las misiones”, contó Schumann, a quien llaman ‘Bernie’. “Nos sentíamos orgullosas de formar parte de todo aquello”.
El arzobispo Sheen también se aseguraba de que el personal comprendiera el propósito espiritual que había detrás de todo aquel trabajo administrativo.
“Todos los días, a las 3 de la tarde, dejábamos lo que estábamos haciendo y rezábamos juntas el Rosario Misionero Mundial”, recordó Schumann. “El obispo Sheen se aseguraba de que el trabajo que hacíamos por las misiones estuviera siempre arraigado en la oración. También se tomaba el tiempo para presentarnos a los misioneros que nos visitaban, para que pudiéramos ‘ver’ a quiénes estábamos ayudando, aunque no todas pudiéramos acompañarlo en sus viajes a las misiones”.
Para Beatriz Mendoza Orlansky, el camino hacia la Sociedad para la Propagación de la Fe comenzó con el exilio y un cambio de planes inesperado.
Era una de 10 hermanos y abandonó Cuba con su familia en 1960, después de que Fidel Castro llegara al poder. Más tarde ese mismo año, viajó a Nueva York con una prima y una amiga porque, según recuerda, “ese era el sueño que todos teníamos”.
Su familia ya conocía al arzobispo Sheen. Antes de la Revolución Cubana, el prelado había viajado a la isla para celebrar el matrimonio de uno de sus familiares. También consiguió una beca para que su hermana Sofía pudiera estudiar en Rosemont College, una universidad católica para mujeres de Pensilvania que en aquel entonces estaba dirigida por las Hermanas del Santo Niño Jesús.
Joven, soltera y con la ilusión de convertirse en azafata, Mendoza acudió al arzobispo Sheen para pedirle un favor. TWA (Trans World Airlines) —compañía que él apodaba “Travel With Angels” (Viaja con ángeles)— patrocinaba su programa de televisión, y ella pensó que tal vez él podía recomendarla.
“Me dijo que yo no iba a ser azafata”, recordó.
En cambio, el arzobispo Sheen la puso a trabajar para las misiones.
“Mi trabajo consistía en abrir las cartas, recoger el dinero y enviar los agradecimientos”, contó. “Fue un regalo poder trabajar allí junto a él”.
Para cuando se incorporó al personal, el rezo diario del Rosario ya no formaba parte de la rutina de la oficina. Sin embargo, se mantuvo la pausa de las 3 de la tarde.
“Siempre salía a las 3 de la tarde y compartía con nosotros una reflexión de tres minutos que nos recordaba por qué era importante lo que hacíamos”, relató.
Durante esos años, la oficina comenzó a imprimir allí mismo los recibos y notas de agradecimiento para los donantes. Parecía una pequeña imprenta. Un cartel en la entrada reflejaba el espíritu del personal: “Lo imposible lo hacemos de inmediato. Los milagros pueden tardar un poco más”.
Mendoza y su esposo, Héctor Orlansky, un argentino con quien lleva 52 años de matrimonio, llegaron a sentir una profunda admiración por el arzobispo Sheen.
“Fue uno de mis héroes”, dijo Héctor, “un hombre con una cultura y una sabiduría que nunca he visto en mi vida”.
Decenas de mujeres ayudaron a sostener la Sociedad para la Propagación de la Fe durante los 16 años en que el arzobispo Sheen se desempeñó como director nacional. Algunas se casaron y formaron una familia. Otras ingresaron en la vida religiosa. La mayoría ya falleció, y su aporte muchas veces solo fue conocido por sus compañeras de trabajo y sus familiares.
Mary Regis McLoughlin, quien falleció en 2022, se desempeñó durante la década de 1960 como editora ejecutiva de la revista MISSION, encargándose de su producción diaria mientras el arzobispo Sheen continuaba figurando como editor.
La hermana Marlene Brownett, miembro de las Hermanas del Santo Niño Jesús, fallecida en 2024, trabajó en la oficina de la Sociedad para la Propagación de la Fe antes de ingresar en la vida religiosa. Más tarde se convirtió en una amiga cercana del arzobispo Sheen y formó parte de la junta directiva de la Fundación Arzobispo Fulton J. Sheen.
Ninguna de las mujeres entrevistadas por OSV News espera estar en San Luis para la beatificación. Pero, de algún modo, la celebración también les pertenecerá a ellas y a las muchas mujeres cuyos nombres se han perdido con el paso del tiempo.
Desconocido para los millones de personas que cada semana sintonizaban para escuchar al hombre apodado «el micrófono de Dios», su trabajo ayudó a garantizar que sus llamados a apoyar las misiones produjeran algo más que admiración. Las cartas recibían respuesta, los donantes recibían un agradecimiento, los misioneros obtenían apoyo y los innumerables pequeños sacrificios se unían a la misión universal de la Iglesia.