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La sabiduría de una pensadora alemana sobre el matrimonio, diez años después de ‘Amoris Laetitia’

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Este octubre, el papa León XIV reunirá en Roma a los presidentes de las conferencias episcopales, a los jefes de las Iglesias católicas orientales y a varias familias para analizar “los pasos que se deben dar para anunciar el Evangelio a las familias de hoy”, en medio de los “rápidos cambios” que afectan a la familia moderna.

Si bien el encuentro se realiza con motivo del décimo aniversario de la exhortación apostólica del papa Francisco Amoris Laetitia (“La alegría del amor”), León ha incorporado al programa nuevos temas de actualidad, entre ellos el marcado descenso del matrimonio y de la natalidad entre los adultos jóvenes de todo el mundo.

Lo que alguna vez fue un bien natural, y algo que se daba por sentado en cualquier civilización, ahora necesita un plan de promoción a nivel mundial.

Sin embargo, la exhortación —y algunos líderes de la Iglesia— ha dejado algunas cuestiones sin resolver. Una de las principales es cómo acompañar a las parejas divorciadas y vueltas a casar por lo civil, y si pueden recibir la Eucaristía, teniendo en cuenta la enseñanza de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio y las palabras de Jesús: “El que se divorcia de su mujer —a no ser que se trate de una unión ilegítima— y se casa con otra comete adulterio” (Mateo 19,9).

Para algunos, tampoco está del todo claro qué debería orientar el “discernimiento caso por caso” de un sacerdote, especialmente a la luz de las afirmaciones de Francisco sobre la primacía de la conciencia, su postura de que muchos matrimonios son nulos desde el principio debido a la falta de conocimiento, y su reconocimiento de que la realidad que viven los fieles a menudo está lejos del “ideal” matrimonial.

De hecho, muchos jóvenes tienen padres que se encuentran en lo que la Iglesia denomina “situaciones irregulares”. Esto los lleva a hacerse preguntas sobre su propia historia familiar, sus posibilidades de formar un matrimonio y la credibilidad de una Iglesia que podría estar dejando una brecha entre lo que enseña y lo que se practica.

¿Qué propone exactamente la Iglesia cuando invita a las personas a contraer un matrimonio sacramental? ¿Es el matrimonio permanente, exclusivo y fecundo solo un ideal que algunos pueden alcanzar? ¿O la enseñanza de la Iglesia —y la pastoral que la acompaña y sostiene— es aplicable y está al alcance de todos los bautizados?

El encuentro de octubre quizá no resuelva estas tensiones, pero podría ser un paso en esa dirección. León ha elogiado los esfuerzos de su predecesor por escuchar a las familias y dialogar directamente con ellas, pero también ha advertido sobre el riesgo de convertir la experiencia subjetiva en criterio para determinar lo que está bien o mal.

“En ocasiones”, dijo León a los miembros del Tribunal de la Rota Romana a principios de este año, “existe el riesgo de que una identificación excesiva con las circunstancias, a menudo difíciles, de los fieles lleve a una peligrosa relativización de la verdad”. También advirtió contra una “compasión equivocada, incluso cuando … está motivada por el celo pastoral”.

León comparte con Francisco su compromiso con la sinodalidad —la práctica de escuchar las experiencias concretas de las personas y cómo la enseñanza de la Iglesia responde a ellas— con el fin de fortalecer la misión evangelizadora de la Iglesia.

Con ese propósito, sugeriría como lectura preparatoria el libro de una mujer que tiene mucho que decir sobre los desafíos actuales del matrimonio: la reciente traducción de What Binds Marriage Together (Lo que mantiene unido al matrimonio) (The Catholic University of America Press, $24,95), de Ida Friederike Görres.

Aunque Görres murió en 1971 y escribió después del Concilio Vaticano II, sus reflexiones parecen escritas para nuestros días. Su principal objetivo era responder a los críticos del matrimonio de su época, incluidos teólogos y miembros del clero que querían flexibilizar la enseñanza de la Iglesia sobre la indisolubilidad.

Muchos reconocían abiertamente que su estrategia consistía en “reprogramar a los fieles”, comenzando por introducir cambios en la práctica pastoral en torno a la Eucaristía. Otros admitían que, si esta enseñanza cambiaba, también podrían cambiar otras relacionadas con la sexualidad y la vocación.

Görres también quería poner de relieve el compromiso heroico de los hombres y mujeres laicos que permanecen fieles a sus votos por amor a Dios, incluso en las circunstancias más difíciles: “Pienso en las personas infelices que, por esto, no se divorcian; en los divorciados que renuncian a un segundo matrimonio con alguien que acaban de conocer: testimonios estremecedores de que Él es el Señor”, escribe.

Görres ciertamente escribe con los ojos bien abiertos. En primer lugar, muestra comprensión hacia los sacerdotes y católicos bien intencionados que se preguntan por qué la Iglesia pediría a las personas que renuncien a su propia felicidad, especialmente cuando sus contemporáneos la identifican con la realización sexual, “a la que consideran un derecho de nacimiento de toda persona”. Tanto en su época como en la nuestra, la enseñanza de la Iglesia sobre la sexualidad y el matrimonio es percibida como una carga y una forma de represión, en lugar de ser vista como una guía y una protección.

Ida Friederike Görres. (Wikimedia Commons)

Lo mismo ocurre con el compromiso para toda la vida. Lo que alguna vez fue una “pertenencia” y “una sombra de la eternidad” ahora ha perdido valor o se considera imposible. Lamenta que tantas personas contraigan lo que ella llama “matrimonios de prueba”, siempre con una vía de escape a mano.

En segundo lugar, reconoce que las parejas de hoy ya no cuentan con lo que tenían sus antepasados: una estructura amplia que protegía y sostenía sus votos, como una cáscara dura que recubre una nuez. “Este espacio protector y de apoyo del pasado hace mucho que fue abierto, y su interior ha quedado expuesto en un entorno que ha cambiado”, escribe.

En tercer lugar, nuestra cultura identifica el amor conyugal con el eros, es decir, con el sentimiento romántico y la realización personal. El eros es algo bueno, pero no es lo que mantiene unido al matrimonio. En cambio, Görres destaca el afecto, que compara con la arcilla endurecida, algo “que puede madurar hasta convertirse en el amor más hermoso y ‘benevolente’”.

Nadie puede decirle a otra persona: “Siempre voy a sentir lo mismo por ti”, pero todos podemos prometer: “Te trataré bien”, escribe.

Aunque Görres muestra compasión, no se anda con rodeos. Quien entiende que el matrimonio es un vínculo para toda la vida “sabe, o debería saber, que todas las posibles dificultades y crisis han sido contempladas desde el principio”, afirma.

Görres comprende algo que Francisco y el papa Benedicto XVI expresaron muchos años después de su muerte en Lumen Fidei (“La luz de la fe”): “Precisamente porque todos los artículos de la fe están relacionados entre sí, negar uno de ellos, incluso uno de los que parecen menos importantes, equivale a distorsionar el conjunto” (n. 48).

Si se modifica la enseñanza sobre la indisolubilidad, sostiene, la Iglesia tendría que cambiar la verdad revelada sobre Dios como Creador y Juez por la imagen de “alguien que no ordena ni prohíbe nada que pueda interponerse en el camino de nuestra felicidad”.

Tendríamos que cambiar a Cristo, que “exige seguirlo y cargar con la Cruz”, por un simple “hacedor del bien”.

Ya no predicaríamos que la Iglesia es el lugar donde Cristo permanece presente en la Escritura y los sacramentos, sino que la presentaríamos como una organización que existe “para cumplir la voluntad del pueblo en lugar de la autoridad divina”.

Y tendríamos que replantearnos a nosotros mismos: ya no como personas fieles a Dios y que buscan la salvación, sino como personas que intentan alcanzar, por encima de todo, la mayor felicidad posible en esta vida.

Aunque es clara y firme, Görres nunca parece una persona intransigente. Presenta la verdad con caridad, desde su propia experiencia como mujer casada. Lo que propone es una verdadera pastoral, coherente con el llamado de todo bautizado a la santidad: una misericordia cercana, que acoge a las personas allí donde se encuentran, pero que al mismo tiempo afirma la Verdad revelada y su destino eterno.

“Existe el sueño de una comunidad ideal, formada únicamente por cristianos comprometidos que se entregan por completo, que ofrecen un espectáculo relativamente perfecto, sin nadie frustrado y con todos plenamente involucrados”, escribe.

“¡Qué utopía! La Iglesia siempre estará allí para todos, incluidos aquellos … que tropiezan. … Y de entre ellos surgen, una y otra vez, inadvertidos para los críticos, verdaderos hijos de Dios, testigos de su Misericordia y de su Gloria oculta”.

Elise Italiano Ureneck
Elise Italiano Ureneck es una consultora de comunicaciones que escribe desde Boston.
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Elise Italiano Ureneck

Elise Italiano Ureneck es una consultora de comunicaciones que escribe desde Boston.