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La causa de canonización de Dorothy Day no debería generar tanta controversia

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Jesús no era muy cristiano. Al parecer, sus mandamientos están “en conflicto directo con enseñanzas fundamentales de la Iglesia”. Esa parece ser la conclusión de S.V. Arbogast en un ensayo titulado “La complicada causa de canonización de Dorothy Day”, publicado a principios de este año en First Things, en el que el autor propone que se frene su proceso de canonización mientras se debate sobre sus virtudes heroicas.

Arbogast afirma que su causa de canonización ha estado "estancada" desde que el papa Benedicto XVI habló favorablemente de ella. Pero no es así en absoluto. En su discurso ante el Congreso de Estados Unidos en 2015, el papa Francisco elogió a Day por su labor en favor de los pobres y la justicia social. En el prólogo de una nueva edición de uno de sus libros, el papa Francisco se refirió a Day como “una gran testigo de la fe, la esperanza y la caridad en el siglo XX”.

Meses antes de la publicación del artículo de Arbogast, el papa León XIV describió a Dorothy Day como “una mujer estadounidense pequeña pero grande, que llevaba un fuego dentro de sí”.

“Dorothy Day tomó una postura”, dijo León ante un grupo de peregrinos del Jubileo el pasado noviembre. “Vio que el modelo de desarrollo de su país no ofrecía las mismas oportunidades para todos; comprendió que el sueño era una pesadilla para demasiadas personas y que, como cristiana, tenía que comprometerse con los trabajadores, los migrantes y aquellos descartados por una economía mortal".

Esta es una imagen de la película “Revolution of the Heart: The Dorothy Day Story”, de Martin Doblmeier, que muestra a Day en sus últimos años, cuando la policía la enfrenta durante una protesta. (CNS/cortesía de Journey Films)

Desde que el artículo de Arbogast se publicó en abril, León ha vuelto a elogiar a Dorothy Day… ¡dos veces! En su encíclica de mayo, “Magnifica Humanitas” (Humanidad magnífica), el pontífice menciona a Dorothy Day, entre otras personas, “cuyo compromiso ha contribuido a hacer la historia más humana” (Magnifica Humanitas, n. 124).

En julio se publicó “Disarmed and Disarming” (Desarmado y desarmante), una recopilación de reflexiones del papa León sobre la paz, el desarme y la no violencia en un mundo marcado por los conflictos. Entre las personas citadas como ejemplos de resistencia a la corrupción, solidaridad con los pobres y dedicación a la paz y la diplomacia, aparece nada menos que Dorothy Day.

Desde la publicación del ensayo de First Things, han surgido nuevas informaciones según las cuales la primera parte del expediente de pruebas presentado para la causa de canonización de Day ha sido aprobada por el Dicasterio para las Causas de los Santos, y que el expediente completo podría ser enviado a Roma antes de fin de año.

El trabajo de Day en las Casas de Hospitalidad fue una de las razones por las que los papas la han elogiado. Las personas que frecuentan el comedor comunitario son desagradecidas y malolientes, sus conversaciones ponen a prueba la paciencia y, quizá lo peor de todo, su ropa no combina. Servirles una vez al mes es una intensa mortificación. Day los atendió día tras día durante 50 años. Sus escritos sobre la vida cotidiana en ese entorno dan testimonio de una imitación heroica de Cristo en sus exigencias más difíciles.

Pero para Arbogast, la imitación heroica de Cristo no es suficiente. Basa su argumento para aplazar indefinidamente la canonización de Day en tres supuestas violaciones de «siglos de doctrina de la Iglesia»: la soberanía del Estado, la teoría de la guerra justa y el pacifismo.

Hasta donde sé, Day nunca cuestionó la soberanía de Estados Unidos frente a la soberanía de otros países ni la legitimidad de la Constitución. Su argumento era que el individualismo y el consumismo habían corrompido de tal manera el sistema socioeconómico que no quería tener nada que ver con ninguno de los dos partidos. Votar solo demostraría la aceptación de esa corrupción.

En cuanto a la teoría de la guerra justa, una de las enseñanzas más incómodas de Jesús —anterior a cualquier doctrina de la Iglesia— es “amen a sus enemigos”. La teoría de la guerra justa está bien, hasta donde llega, pero no obliga a nadie a participar en un conflicto. De hecho, evitar los conflictos mediante la diplomacia parece ser la orientación de las enseñanzas papales al menos desde san Juan Pablo II.

La experiencia de Day con la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial, cuando trabajaba como periodista para The New York Call y The Masses, coincide con la del mayor general Smedley Butler. Después de participar en la guerra hispano-estadounidense, la Rebelión de los Bóxers, las Guerras Bananeras y la ocupación de Honduras durante cinco años, Butler llegó a la conclusión de que “la guerra es un negocio sucio” (título de su libro de 1935), que promovía los intereses de los industriales y era incompatible con los principios fundamentales estadounidenses.

El pacifismo de Day fue la razón por la que nunca se convirtió en comunista. Se negó a aceptar un derrocamiento violento del sistema que despreciaba. Su anarquismo no era del tipo que lanza bombas, ni consistía en una afirmación del juicio privado. Después de su conversión, fue un anarquismo arraigado en la autoridad de Dios: “la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Romanos 8,21). Su “anarquía” consistía en que uno no tiene que esperar a que le digan qué hacer, sino que puede tomar la iniciativa para mejorarse a sí mismo y mejorar el mundo.

Arbogast también cuestiona la santidad de Day por defender “renunciar al derecho a la legítima defensa”. Una vez más, ¿acaso Day no estaba obedeciendo la enseñanza de Cristo de “poner la otra mejilla”? ¿Acaso un testimonio semejante no hace que un cristiano se pregunte: ¿desde cuándo los mártires se defendieron a sí mismos?

No es de extrañar que el arzobispo José H. Gomez, de Los Ángeles, elogiara a Day como “una de las escritoras más talentosas de la historia de la Iglesia”, alguien que “quería pensar como una santa y vivir como una santa”.

No hay necesidad de debatir sobre las virtudes de Day. Todos deberíamos leer sus obras e imitar sus virtudes heroicas en el contexto de nuestra propia vida.

Tom McDonough
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Tom McDonough

Tags: Dorothy Day