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La ayuda de los ángeles custodios, en la Biblia y en la actualidad

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Los seres humanos somos minoría en la comunión de los santos, es decir, en la Iglesia, la Ciudad de Dios.

Desde hace mucho tiempo, los maestros cristianos han entendido que la Iglesia es la morada común de los santos y los ángeles. San Agustín definió la Ciudad de Dios como aquella que incluye a “los buenos, tanto ángeles como hombres”. Y parece que los ángeles nos superan ampliamente en número.

Jesús enseña que todos los hijos de Dios tienen ángeles en el cielo que velan por ellos (Mateo 18,10). Además de estos ángeles custodios, la Escritura revela innumerables querubines, serafines, tronos, dominaciones, principados, potestades y huestes celestiales. El libro del Apocalipsis habla de “miríadas de miríadas y miles de miles” que rodean el trono de Dios.

Al parecer, el mundo invisible está mucho más poblado que el mundo que conocemos.

Sin embargo, estos espíritus puros no son dioses. Son criaturas. Tuvieron un comienzo, y su conocimiento y poder son limitados. Solo Dios es eterno. Solo Dios es creador.

Al igual que nosotros, poseen inteligencia y libre albedrío. Pero, a diferencia de nosotros, superaron su prueba primordial y, por eso, no caerán; no pecarán.

Los ángeles buenos eligieron servir a Dios. Su voluntad está libremente orientada hacia Él. Y ahora, por designio de Dios, también nos sirven a nosotros.

La Biblia nos ofrece algunas imágenes inolvidables de su protección. Cuando el profeta Eliseo estaba rodeado por el ejército sirio, su aterrorizado servidor solo veía el peligro. Eliseo pidió en oración que se abrieran los ojos del joven. De repente, el servidor vio las montañas llenas de caballos y carros de fuego. “Son más los que están con nosotros que los que están con ellos”, le dijo Eliseo (2 Reyes 6,16).

Siglos después, el rey Herodes encarceló a san Pedro y puso guardias a su alrededor. Mientras Pedro dormía tranquilamente encadenado, la Iglesia oraba. Durante la noche, un ángel entró en la prisión, despertó a Pedro, rompió sus cadenas y lo condujo, pasando junto a los guardias, hasta la libertad. Resulta curioso que los cristianos que reciben a Pedro después de su liberación dudan en creer que realmente sea él. ¡Creen que se están encontrando con su ángel!

San Ambrosio se maravillaba ante estas historias. “Los servidores de Cristo están protegidos más por seres invisibles que por seres visibles”.

Esa protección no terminó con la época bíblica. Cada uno de nosotros vive bajo la amorosa providencia de Dios y tiene un ángel custodio. Desde nuestro primer momento hasta el último, ese ángel vela por nosotros, nos guía, nos advierte y reza por nosotros.

Podemos hablar en silencio con nuestros ángeles custodios durante la oración. Podemos pedirles ayuda para resistir las tentaciones, tomar decisiones y proteger a quienes amamos. También podemos recurrir a los ángeles custodios de nuestros esposos, hijos, nietos, amigos y compañeros de trabajo, y pedirles que nos ayuden a acercarnos todos más a Dios.

En cada Misa, el velo entre el mundo visible y el invisible se vuelve más tenue. Adoramos junto con “todos los ángeles y santos”, uniéndonos a su canto eterno: “Santo, Santo, Santo”.

El 2 de octubre, fiesta de los Santos Ángeles Custodios, la Iglesia nos recuerda: Nunca estamos solos. Son más los que están con nosotros que los que están contra nosotros.

Scott Hahn
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Scott Hahn