Es muy fácil quedar atrapados en el torbellino de la agitación local y global. Es cierto que últimamente nos ha tocado más que nuestra cuota, pero en lugar de buscar opciones de financiamiento para un búnker en el patio trasero, gracias a Dios tenemos otros caminos por recorrer. Algunos de esos caminos fueron delineados en el reciente discurso del Papa León XIV al Vatican Diplomatic Corps.
Es una reunión que todo Papa celebra al inicio de un nuevo año. No sé dónde estaba León el enero pasado, pero puedo asegurar que no tenía a Irán, Venezuela y Minnesota en su cartón de bingo. Y, sin duda, no se imaginaba de pie ante una sala llena de diplomáticos vaticanos dándoles directrices en enero de 2025.
Sin embargo, pronunció un discurso bellamente elaborado que merecía mucha más atención de la que recibió. Puede leerse completo.
El Santo Padre puede hablar en voz suave, pero como demuestra este discurso, habla con grandeza y valentía, aunque siempre templado por la humildad y la bondad. En medio de lo que parece una agitación sin precedentes en todo el mundo, sus palabras fueron como un bálsamo para quienes podemos sentirnos inquietos por lo que vemos en los noticieros nocturnos o durante las 24 horas del día en línea.
Tiene sentido que un agustino busque sabiduría en San Agustín. El Papa citó varias veces a Agustín, y quizá de manera más profética cuando recordó al gran Doctor de la Iglesia al referirse a quienes buscan medios violentos como respuesta política: "No deseen, pues, no tener paz, sino solo la paz que ellos desean".
La vida de Agustín estuvo perfectamente situada para comprender las dinámicas del poder, al vivir entre los siglos IV y V. El poder político global y la agitación local eran entonces también asuntos de actualidad. Y precisamente porque él formó parte de ese mundo y de su estructura de poder, hasta que fue transformado por las extraordinarias oraciones de su madre y por la gracia de Jesús, debería ser nuestro referente en el caos actual. La ciudad de Dios debería estar en nuestras mesas de noche.
Agustín ya vio todo esto antes, y podemos estar seguros de que habrá más de lo mismo en el futuro. Pero, como León dijo a los diplomáticos vaticanos, toda situación, por alejada que esté de donde Dios quiere que estemos, es una oportunidad para dejar entrar la gracia de Dios. Agustín ciertamente coincidía: "Dios siempre está tratando de darnos cosas buenas, pero nuestras manos están demasiado llenas para recibirlas".
Puede que sea un consuelo pequeño, pero ya hemos visto esta película antes. A veces la historia avanza en círculos, pero como nos muestra el ejemplo de Agustín, Jesús traza una línea recta en medio de ella, y esa línea apunta hacia arriba, si tan solo se lo permitimos.
El Papa ha hecho además otro anuncio que debería fortalecernos en estos tiempos difíciles. Cuesta descartarlo como una simple coincidencia, pero 2026, un año que ha comenzado con tumulto y conflicto, marca también el 800º aniversario de la muerte de otro santo fundamental en la vida de la Iglesia. León ha proclamado un “Año Jubilar Especial de San Francisco de Asís”, que comenzó el 10 de enero de este año y se extenderá hasta el 10 de enero de 2027. Si Agustín fue un santo para todos los tiempos, Francisco es el santo que más necesitamos aquí y ahora.
León aborda muchos temas en su discurso a los diplomáticos, pero no se limitó a darles instrucciones. Si leemos atentamente sus palabras, es evidente que son un manual práctico para nuestra vida cotidiana y, junto con el Año Jubilar de San Francisco, otra oportunidad para permitir que la paz comience con nosotros. A través de León, contamos con el tejido espiritual que une el sabio consejo de Agustín —aceptar que existen dos ámbitos en nuestra realidad, el terrenal, herido por la Caída, y el celestial, al que debemos aspirar— y el ejemplo de San Francisco, que ciertamente estuvo en el mundo, pero no fue del mundo.
Los diplomáticos del Vaticano han recibido sus directrices, y rezamos para que sean valientes y firmes en sus misiones. Pero, al mismo tiempo, nosotros también podemos atender el llamado de León y establecer nuestras propias embajadas del mensaje de Dios en nuestras escuelas, en nuestros trabajos y, sobre todo, dentro de la geografía de nuestros propios hogares.
