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San Jerónimo fue mucho más que "el gran insultador"

Las celebridades corren el riesgo de quedar atrapadas en el personaje que el público ha creado de ellas. Hagan lo que hagan, la gente ya sabe cómo contar la historia. Sus amigos pueden resaltar lo positivo y sus enemigos, lo negativo. Pero tanto unos como otros pondrán el foco en los rasgos de personalidad más distintivos, en sus talentos particulares y en sus excentricidades.

Pobre Jerónimo de Estridón, un hombre de los siglos IV y V, cuyos talentos fueron enormes, pero cuyas excentricidades resultaban extraordinariamente entretenidas.

La poeta Phyllis McGinley lo caricaturizó como «el gran insultador». Y Jerónimo podía intercambiar insultos con cualquiera, como cuando se burló de un compañero que había abandonado las exigencias de la vida monástica y lo llamó «soldado afeminado». Podía ser susceptible y crítico. Se peleó con muchos, entre ellos san Agustín. También desestimó los logros de san Ambrosio y san Juan Crisóstomo.

Cuando se lo recuerda, al parecer, se lo hace por estas peculiaridades. Los predicadores lo invocan para dar esperanza a sus comunidades: "¡Si incluso Jerónimo pudo alcanzar la santidad, ustedes también pueden hacerlo!".

Sin embargo, me temo que con demasiada frecuencia reducimos a Jerónimo a esa caricatura. Hablamos solamente de sus rarezas y dejamos de lado su santidad.

Esto es una gran injusticia. Después de todo, Jerónimo fue el hombre que produjo para Occidente una traducción de la Biblia al latín que resultaba accesible y fácil de leer. Su Vulgata latina se mantuvo como uno de los pilares de la civilización occidental durante más de un milenio.

Jerónimo también fue un pionero en el estudio de los Padres de la Iglesia. Las biografías que escribió en Varones ilustres, con sus datos bibliográficos, constituyen el punto de partida para estudiar a muchas grandes figuras de la Antigüedad.

Además, Jerónimo fue un gran impulsor del desarrollo de la vida religiosa femenina. Casi ningún otro hombre de su época reconoció a las mujeres como sus iguales —o incluso superiores— en erudición, vida eclesial y ascetismo. Promovió la labor de Paula, Eustoquia, Marcela, Fabiola y Melania. Ellas, a su vez, fundaron comunidades monásticas, realizaron investigaciones académicas y contribuyeron al surgimiento de los hospitales.

En toda la historia, además, Jerónimo se destaca como el gran promotor de las peregrinaciones. De joven, recorrió los oscuros, estrechos y malolientes pasadizos de las catacumbas romanas, disfrutando de la cercanía de sus antepasados cristianos. Aprendió de las inscripciones de las paredes y de los grafitis grabados en el yeso. Más tarde, Jerónimo se trasladó a Tierra Santa y escribió cartas que, desde entonces, han servido prácticamente como folletos de promoción turística.

Cualquiera que fuera el tema, Jerónimo siempre escribía de manera memorable. Vivo más de 1.600 años después de su muerte y, sin embargo, me encuentro repitiendo con frecuencia una de sus frases: «La ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo». Nadie lo ha expresado mejor.

Toda caricatura contiene un elemento de verdad, que lleva hasta proporciones irreales. Por eso, toda caricatura es falsa y, en cierta medida, injusta. Nuestras caricaturas de Jerónimo pueden ser útiles en la medida en que nos dan esperanza de alcanzar la santidad.

Pero si realmente queremos buscar la santidad, necesitamos conocer a Jerónimo en toda su dimensión: un hombre de virtudes y logros heroicos, un hombre enamorado de Jesucristo.

Pensemos en ello en su fiesta, el 30 de septiembre.

Scott Hahn
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Scott Hahn

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