Han pasado 13 años desde que mi esposo y yo recorrimos el Camino de Santiago de Compostela después de perder a nuestro hijo menor, Gus, quien falleció de cáncer a los 10 años.
Ninguno de los dos había oído hablar de la peregrinación religiosa de más de mil años de historia hasta que, por casualidad, vimos la película The Way en enero de 2012. Si me pongo a pensar, no estoy del todo segura de por qué decidimos recorrer el Camino. Después de todo, no éramos fanáticos de la actividad física. Aunque jugábamos béisbol infantil, fútbol y baloncesto con nuestros tres hijos, las caminatas largas no eran precisamente lo nuestro. Ni siquiera nos gustaba estacionar demasiado lejos de la entrada cuando íbamos de compras, mucho menos emprender una caminata de varios días.
Quizás pensábamos que hacer el Camino sería una forma de agradecer la recuperación de Gus, porque nunca imaginamos que lo perderíamos. Había respondido bien a la radioterapia y, técnicamente, estaba en remisión. Estábamos convencidos de que vencería nuevamente el agresivo neuroblastoma, tal como lo había hecho cuando tenía dos años. Sin embargo, había algo en el Camino que nos atraía profundamente y decidimos recorrerlo cuando Gus perdió su batalla contra el cáncer el 24 de junio de 2012, diez días después del fallecimiento de su abuela paterna y apenas unas horas después de su funeral.
La mañana del servicio conmemorativo, Gus se sintió mal apenas se levantó de la cama. Como sabíamos que su sistema inmunológico seguía muy debilitado tras otro ciclo de quimioterapia, luego de la recaída que había sufrido en mayo, lo llevé de inmediato al hospital, mientras el resto de la familia asistía al funeral. En cuestión de horas, quedó claro que el pequeño cuerpo de Gus estaba dejando de funcionar a causa de una sepsis. Poco después llegó mi esposo y, con él, también acudieron todos los que habían asistido al funeral. Permanecieron a nuestro lado hasta que Gus falleció. Más tarde, el médico comentó que era la mayor cantidad de personas que había visto reunidas para acompañar a un niño tan pequeño en sus últimos momentos.
Una de las pequeñas piedras que la autora y su esposo dejaron a lo largo del Camino de Santiago con el nombre de su hijo, Gus, quien había fallecido de cáncer el año anterior a los 10 años. (Cecilia Uribe)
Todo lo relacionado con la pérdida de un hijo resulta impactante y profundamente antinatural: volver a casa y encontrarse con juguetes y ropa que nunca volverán a usarse; recibir llamadas para recordar citas médicas o actividades a las que ya nunca asistirá; elegir un nicho, una urna y tratar de encontrar las palabras adecuadas para resumir la vida de un hijo en una placa conmemorativa. El ajetreo constante de la crianza se detiene de golpe, y los dulces sonidos de la infancia son reemplazados por un silencio abrumador. Era un dolor insoportable. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que, de pronto, teníamos el "tiempo" para recorrer el Camino, y sentimos que era algo que necesitábamos hacer.
Después de varios meses entrenando con caminatas de distintas distancias y terrenos por Los Ángeles, llegamos a España con mochilas perfectamente ajustadas, calzado especial para senderismo, bastones de fibra de carbono y maletas repletas de ropa y provisiones que una empresa organizadora de viajes se encargaría de trasladar cada día en taxi hasta nuestra siguiente parada. Tras despedir nuestras maletas, colocar el símbolo del peregrino en nuestras mochilas y participar en la Misa en una pequeña iglesia al inicio de El Camino, emprendimos la peregrinación una mañana de Domingo de Pascua, parcialmente nublada, en marzo de 2013.
Durante los diez días siguientes, mi esposo y yo recorrimos más de 240 kilómetros (150 millas), desde Sarria hasta Finisterre, en una experiencia que solo puede describirse como transformadora y que nos permitió descubrir con mayor profundidad el sentido y la plenitud de la vida.
En el camino conocimos personas que nos ayudaron a cargar nuestro dolor y nos permitieron compartir el suyo. Aprendimos a encontrar consuelo en el silencio, ese silencio que surge de manera natural mientras uno avanza entre colinas, arroyos, senderos de piedra, bosques y hasta el estiércol que forma parte del hermoso paisaje rural del norte de España. La mayoría de los días, el cielo parecía llorar con nosotros: la lluvia nos empapaba lo suficiente como para hacernos sentir incómodos y, unas horas después, el suave sol de Galicia volvía a darnos calor.
Descubrimos que la fe es, ante todo, un acto de abandono confiado. Tuvimos que caminar muchos kilómetros para darnos cuenta de que, sin cuestionarlo una sola vez, habíamos seguido las flechas amarillas pintadas en los mojones, el asfalto y las señales del camino, convencidos de que nos llevarían a nuestro destino.
También comprendimos que, meses antes de que comenzara nuestra peregrinación, Dios ya había dispuesto un momento de descanso en la parte más exigente del recorrido hacia Finisterre: un traslado en automóvil, incluido en nuestro itinerario, hasta la cima de una colina casi vertical, bajo una lluvia incesante. Pero, sobre todo, entendimos que incluso los gestos que parecen más pequeños e insignificantes, como dejar piedras con el nombre de Gus a lo largo del Camino, pueden tener un profundo impacto en quienes vienen después.
Concluimos nuestra peregrinación dejando una de las zapatillas de tenis favoritas de Gus en el punto más alejado del acantilado al que pudimos llegar. En realidad, no queríamos que aquella experiencia terminara, pero los vientos huracanados y la lluvia implacable nos dejaron claro que había llegado el momento de poner fin a nuestro Camino.
Las zapatillas Nike de Gus en Finisterre, la última etapa del Camino recorrido por la autora. (Cecilia Uribe)
Pensábamos volver a España al año siguiente para recorrer otra ruta del Camino, pero cuando regresamos a nuestra vida cotidiana descubrimos que ya no teníamos "tiempo". Con el paso de los años comprendimos que, en realidad, nuestro Camino nunca terminó aquel día.
Si no hubiéramos emprendido esa peregrinación hace 13 años, hoy no caminaríamos por la vida de la manera en que lo hacemos. Caminar se ha convertido en una necesidad, y hemos descubierto el gusto por la vida al aire libre: hacemos senderismo, acampamos y buscamos constantemente el contacto con la naturaleza. Acompañar a otras personas en los momentos de alegría y de dolor es un privilegio. El silencio ya no nos resulta opresivo; ahora es un espacio necesario para la oración, para escuchar a Dios y, a veces, incluso para sentir cerca a Gus.
Las señales y las coincidencias son esos pequeños gestos con los que el amor de Dios nos recuerda que seguimos en el camino correcto. Y nuestra fe en nosotros mismos, en nuestro matrimonio, en nuestra familia y en Dios nunca ha sido tan fuerte. No estamos libres del dolor, la pérdida ni las dificultades, pero esperamos y pedimos a Dios llevar nuestras cruces con más serenidad y confianza.
Y, sobre todo, buscamos y encontramos la alegría con mucha más frecuencia, porque la vida es demasiado corta. Sí, es un buen Camino.
