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John L. Allen Jr.: un hombre para todas las estaciones, en una mesa romana

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En A Man for All Seasons (Un hombre para la eternidad), Santo Tomás Moro insiste en algo que parece casi irrazonable bajo presión: que la verdad no es una herramienta que se ajuste a las circunstancias. Es un ancla. A algunos puede no gustarles la verdad, o pueden malinterpretarla o encontrarla inconveniente, pero una vez que se la dobla, nada más se sostiene.

Esa convicción dio forma a la vida y al trabajo de John L. Allen Jr., quien murió en Roma el 22 de enero. Le sobreviven su esposa, Elise Allen, y sus dos pugs. Uno de los periodistas vaticanistas más influyentes de su generación, Allen pasó décadas cubriendo a la Iglesia católica tanto desde y fuera de Roma, ganándose una reputación de rigor, sobriedad y una credibilidad poco común.

John nunca creyó que el periodismo consistiera en ganar discusiones o agradar a las audiencias. Creía que se trataba de fidelidad —a los hechos, a las fuentes, al contexto y, en última instancia, a los lectores—. Durante décadas resistió la tentación de convertir el análisis en activismo, insistiendo en explicar qué creía cada parte y por qué, dando a toda posición razonable su momento en el tribunal de la opinión pública. Muchos le guardaron resentimiento por esa moderación. Pero nadie dudó jamás de que lo que informaba era verdadero, o de que estaba documentado de manera exhaustiva y honesta.

No practicaba esa fidelidad solo en su ordenador- cualquier mesa era su oficina, sino también en los restaurantes.

En Roma, la oficina de John solía extenderse a sus restaurantes favoritos, los mismo cinco lugares que frecuentaba desde que se mudó a la Ciudad Eterna en 1997.

Durante los ocho años en que compartimos cientos de comidas entre 2014 y 2022, nunca lo vi mirar un menú. En Taverna Giulia, justo al otro lado del Tíber frente al Vaticano, el penne alla vodka aparecía con la misma puntualidad que las conversaciones que seguían —encuentros con veteranos del periodismo vaticano y con fuentes cuyos nombres no puedo, ni debo, revelar—.

Tuve el privilegio de presenciar muchas de esas conversaciones y, desde el principio, a pesar de mi inexperiencia, esperaba de mí no solo que valorara a las personas que entrevistabamos, sino que las cuestionara.

En Il Passetto del Borgo, a pocos pasos de la Plaza de San Pedro, el ritual era rigatoni alla norcina y un vino blanco espumante, bajo una fotografía del entonces cardenal Joseph Ratzinger en la pared —un recordatorio de que ese modesto restaurante había sido uno de los favoritos del teólogo alemán cuando dirigía la Congregación para la Doctrina de la Fe, antes de convertirse en el Papa Benedicto XVI—. Para John, esos no eran detalles pintorescos. Formaban parte de la memoria viva de la Iglesia que cubría con seriedad y sin ilusiones.

La comida no era necesariamente extraordinaria. Las conversaciones, siempre lo eran.

La vida temprana de John —crecer en el Kansas rural y su maestría en estudios religiosos— preparó el terreno para una vocación tanto intelectual como profundamente humana. Cuando llegó a Roma como corresponsal del National Catholic Reporter, lo hizo cargando una herida profesional que nunca terminó de cerrar. Una crítica severa a un libro que había escrito sobre el cardenal Ratzinger lo acusó de informar desde la distancia, desde la comodidad del escritorio.

John aceptó que la crítica, en parte, era justa —y pasó el resto de su carrera decidido a no volver a merecerla—.

Desde entonces, el periodismo se convirtió para él en una disciplina de presencia. Investigaba sin descanso. Viajaba constantemente. Roma no era un mirador; era un campamento base. Iba allí donde la historia lo exigía, decidido a no explicar nunca a la Iglesia desde lejos. Para él, cubrir el Vaticano implicaba una responsabilidad comparable a cubrir la Casa Blanca: un honor concedido a muy pocos, con consecuencias que no podían tomarse a la ligera.

Esa determinación dio forma a su trabajo más trascendente. Para su libro sobre el Opus Dei, viajó extensamente, escuchó con atención y resistió la caricatura hasta que emergió la complejidad. En The Global War on Christians, identificó y documentó patrones de persecución anticristiana años antes de que el mundo conociera nombres como el Estado Islámico o Boko Haram, insistiendo en nombrar una realidad que muchos preferían ignorar.

Incluso The Francis Miracle, escrito a toda velocidad en los primeros meses de un pontificado que sorprendió al mundo, estuvo anclado en la historia, la teología y el periodismo de primera mano —rápido, sí, pero nunca descuidado—.

Conocí a John en Argentina en 2013, en los días caóticos que siguieron a la elección del Papa Francisco. Yo fui entonces su fixer, ayudando a concertar entrevistas y a abrir puertas. Marcó el inicio de una relación que nunca fue incidental ni jerárquica. Me enseñó periodismo no con lecciones, sino con el ejemplo: llamar a una fuente más, hacer una pregunta más, dudar cuando otros se apresuran. Y si te equivocas, la corrección merecía ser más grande que el error.

Poco después, me invitó a sumarme a un nuevo proyecto lanzado por The Boston Globe: una publicación especializada dedicada a cubrir la Iglesia católica. Me mudé a Roma. John nunca me negó un contacto ni información, pero me empujó a abrirme camino por mi cuenta. Modelaba la excelencia y, sin exigirla, la esperaba de quienes trabajaban con él. Aunque era famoso por no disfrutar de la edición, desde el comienzo revisó mi trabajo con cuidado, sin publicar nada con mi firma sin mi aprobación.

Cuando The Boston Globe decidió en 2015 cerrar Crux, John y yo tomamos la improbable decisión de mantener el sitio con vida. Lo hicimos porque amábamos lo que cubríamos y la adrenalina de la noticia en tiempo real, y porque creíamos que el periodismo católico podía ser rápido, inteligible y serio a la vez —escrito no solo para iniciados, sino para cualquiera dispuesto a interesarse—. Por encima de todo, nos enorgullecía intentar siempre contar bien la historia.

De manera silenciosa y generosa, John fue también un mentor. A través de Crux, ayudó a formar a una generación de periodistas vaticanos, entre ellos Claire Giangravé y Chris White. No quería réplicas de sí mismo. Quería mejores periodistas —y mejores escritores—.

Su autoridad quedó plenamente demostrada durante el cónclave de 2025, cuando, pese a un deterioro acelerado de su salud, brilló con su perfil del entonces cardenal Robert Prevost, posiblemente una de las evaluaciones más citadas del futuro Papa León XIV en los minutos posteriores a la elección papal. Las citas se multiplicaron cuando Crux obtuvo en exclusiva la primera entrevista papal, con Elise —esposa de John desde 2020— entrevistando al Papa para su biografía del Papa León.

Como todos nosotros, John era un hombre con defectos. Podía ser terco. Podía aferrarse a una historia mucho después de que otros creyeran que ya estaba cerrada. Podía pedir una y otra vez la misma comida intrascendente, convencido de que la compañía la redimiría. Pero en una época de ruido y prisa, recordó al mundo lo que significa cubrir a la Iglesia católica con integridad: abrir horizontes para lectores que buscan los hechos, sin torcerlos para que encajen en la propia mirada.

Extrañaré muchas cosas de John, y su partida deja para mi un enorme vacío. Pero, sobre todo, extrañaré las conversaciones de las dos de la madrugada —sobre Ratzinger y la teología, sobre si la historia juzga con más benevolencia que los titulares, sobre Hans Urs von Balthasar, el misterio y el sentido—, siempre con un amaro en mano, cuando la ciudad finalmente se calmaba.

Las historias, como las comidas, están hechas para compartirse. Y en cada artículo que escribió, John compartió no solo hechos, sino una fidelidad a la verdad que perdurará mucho más allá de su lugar en la mesa.

Esa, quizá, sea la medida más verdadera de una vida dedicada al servicio de la verdad.

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Inés San Martín escribe para OSV News desde Rosario, Argentina. Es vicepresidenta de comunicaciones de The Pontifical Mission Societies USA.

Inés San Martín
Inés San Martín es periodista argentina y jefa de la oficina de Roma de Crux. Ella es una colaboradora frecuente de Ángelus.
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Inés San Martín

Inés San Martín es periodista argentina y jefa de la oficina de Roma de Crux. Ella es una colaboradora frecuente de Ángelus.