Hay algunos personajes históricos cuyas vidas se leen como novelas porque sus existencias atraviesan muchos períodos históricos así como también las biografías de gente famosa.

Casi se necesita una “suspensión voluntaria de la incredulidad”, por tomar prestada una frase de Samuel Taylor Coleridge, para creer los detalles de sus vidas.

Uno de esos personajes es Max Jacob, un poeta francés que es el tema de una nueva biografía de la escritora y erudita literaria estadounidense Rosanna Warren, de la Universidad de Chicago.

Una reseña del New York Times del libro de Warren describe a Jacob como “una figura triplemente marginal: gay, étnicamente judío y procedente de la provincia”. Pero hay mucho más en la vida de Jacob que puede recibir el apelativo de extraordinario, desde su devoto ejercicio del catolicismo, hasta su muerte a manos de los nazis, cuando él estaba en espera de ser enviado a un campo de concentración.

Nacido en una familia étnicamente judía que no practicaba su religión, él se convirtió al catolicismo, siendo un joven, en 1915.

Su antiguo compañero de cuarto, Pablo Picasso, fue su padrino de bautizo y le dio una copia de “La Imitación de Cristo” para conmemorar esa ocasión. En su libro, Warren destaca mucho la confluencia de grupos y movimientos culturales dispares en la vida y obra de Jacob. El francés se movió en círculos artísticos de vanguardia, propios de la primera mitad del siglo XX, relacionándose con pintores y escritores cubistas como Guillaume Apollinaire, André Gide y Jean Cocteau. Pero también tuvo una relación cercana con el filósofo católico (también converso) Jacques Maritain.

Su conversión ocurrió gracias a una experiencia mística en la cual vio aparecer la imagen de Cristo, “el Cuerpo Divino... en la pared de una habitación destartalada”, y luego en la pantalla de un cine. Sus amigos no sabían qué pensar de su religión y él cubrió muchos de los aspectos desconcertantes de su fe personal con una cómica exageración.

Por ejemplo, le decepcionó ver las calles de las tiendas de recuerdos de Lourdes y bromeó diciendo que también había visto a la Santísima Virgen María, que se veía muy bien, “para su edad”. Un intelectual francés dijo de Jacob que él era un arlequín que nunca pudo quitarse todo el maquillaje teatral de la cara.

Warren argumenta que su prestigio como figura cultural es importante. Fue pintor y poeta, y fue galardonado con la Legión de Honor de Francia por sus logros artísticos. Sin embargo, nunca conoció el éxito o el reconocimiento fuera de un pequeño círculo y pasó ciertos períodos de su vida como asociado laico en un monasterio, en las afueras de París, de 1921 a 1928 y luego de 1936 a 1944.

Uno de sus comentarios, conservado en un libro llamado “La estética de Max Jacob”, habla de un santo que es expulsado de un monasterio y le pregunta a Dios por qué sucedió eso. Dice que Dios le respondió: “Para que tú pudieras fundar tu propio monasterio”. Jacob nunca fundó su propio monasterio, pero ciertamente tenía algunos carismas espirituales, aunque mezclados con contradicciones. Cuando la gente, al ver su estilo de vida, se mostraba escéptica acerca de su religión, a Jacob le gustaba decir, en broma, que él creía en la confesión que borra los pecados.

“La Visitación”, 1938, porMax Jacob. (Wikimedia Commons)
por Max Jacob.
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Él escribió un ensayo titulado “La defensa de Tartufo”, en el que aceptó conscientemente la acusación de ser como el famoso hipócrita religioso de Molière. Él era un “Tartufo”, con diferentes manifestaciones que las del personaje del dramaturgo francés, aunque un “Tartufo” “sincero”. Él argumentaba que la fe no lo hace a uno inmune a la tentación y a la debilidad. Basta con contradecir los propios principios y listo: ya se tiene a un sincero hipócrita.

En sus escritos, el misticismo se alterna con lo cotidiano y con la fantasía. Al ver a los peatones caminar por la Rue Ravignan, él identifica al pepenador como Fyodor Dostoyevsky. Él dice que él progresó en la vida, “orando en Dios y creyendo en la belleza”. La pobreza, la “opinión” convencional adversa y lo que él llamaba la “estupidez de los demás” lo habían moldeado y endurecido.

Hasta el día de hoy, él sigue confundiendo a los líderes de opinión.

La reseña del Washington Post acerca de la biografía de Warren afirma que Jacob “consideraba a la Hostia como una especie de aspirina para cada malestar espiritual”, lo cual nos dice algo sobre el poeta, pero más sobre el hombre que escribe la reseña (¿que combina “aspirina” con “malestar”?).

Las ideas religiosas son frecuentes en los poemas de Jacob, especialmente en aquellos que escribió cerca del final de su vida. En un poema dice que está absorto en Dios, “el hermoso, Aquél que concibió este mundo, el Señor, el Caballero-Genio”, y dice que su sangre y la de Cristo se entremezclan y entran en un solo corazón.

Debido a sus pecados, Jacob tenía un verdadero miedo al infierno. El poeta, pecador auto declarado, tenía una sensibilidad mística.

“El río de mi vida se ha convertido en un lago”, escribe en un poema. “Lo que refleja no es más que amor. Amor de Dios, amor en Dios”.

Jacob fue arrestado por la Gestapo en una casa privada después de dejar el monasterio. Como Edith Stein y su hermana, la conversión del judaísmo no fue suficiente para salvarlo del Holocausto. Se dice que continuó bromeando incluso en Drancy, Francia, un campo en el que los nazis retenían a los judíos antes de enviarlos al este, a los campos de concentración. Murió allí de neumonía, el 4 de marzo de 1944, antes de que pudieran enviarlo a Auschwitz.

Algunos de sus amigos elaboraron un escrito, pidiendo que lo liberaran. Picasso, que le debía mucho, se negó a firmar, diciendo: “Max es un ángel y volará por sobre las paredes”.

Jacob era un hombre de inconsistencias y contradicciones: un poeta que vivía en la pobreza a pesar de contar con amigos famosos, y que ganaba más vendiendo sus acuarelas gouache en los cafés que con sus escritos; un místico que tuvo una visión de Cristo en el cine; un hombre descontento de sí mismo pero embriagado de Dios.

Son esas contradicciones las que hacen que la vida de Jacob valga la pena de ser mirada por los católicos. Santa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), de camino a Auschwitz, le dijo a su hermana: “Vayamos a morir por nuestro pueblo”. Jacob, un prisionero condenado a la muerte, escribió un poema en el que decía: “Te agradezco por haberme hecho nacer en la sufriente raza judía, porque sólo se salva el que sufre, el que sabe que sufre y ofrece su sufrimiento a Dios”.

Es un santo pecador para nuestros tiempos complicados. El concepto del yo dividido no se inventó en nuestro tiempo, pero nunca ha estado más generalizado en la cultura. Las contradicciones de Jacob resuenan con los problemas contemporáneos de identidad.

“No estoy de acuerdo conmigo mismo”, dijo, “lucho contra mí mismo, contra mi corazón, contra todo”. Lo que no concuerda con la sensibilidad moderna —su fe firme y su comprensión mística del “amor de Dios y del amor en Dios”, es lo más valioso que él nos puede enseñar hoy en día.