Fue alrededor de 2019, un año antes de que estallara la pandemia de COVID-19, cuando me di cuenta de que se había producido un cambio sísmico en la mentalidad de los estadounidenses; quizá sería más acertado decir en su alma.

Estaba conversando con un amigo al que conocía desde hacía más de veinte años. No era un amigo íntimo, pero sí alguien a quien había contratado en varias ocasiones para trabajar en mi sitio web. Había estado en mi apartamento; habíamos compartido un café y largas conversaciones sobre arte, fotografía, música y literatura.

En algún momento mencioné, casi de pasada, la importancia de dejar atrás los resentimientos o de rezar por quienes nos han hecho daño.

—¡El amor no triunfa! —respondió bruscamente—. ¡El amor no vence! Mira el racismo. Mira a nuestros "representantes elegidos".

—El amor rara vez triunfa como el mundo espera que triunfe —respondí—. Pero el amor no consiste en ganar, sino en la conversión del corazón humano. Y, aunque aquí en la tierra no siempre podamos verlo, creo que, de un modo u otro, el amor siempre termina triunfando.

Para ilustrar lo que quería decir, mencioné a san Maximiliano Kolbe, el sacerdote polaco que, en el campo de concentración de Auschwitz, se ofreció a morir en lugar de otro prisionero que tenía esposa e hijos, aceptando ocupar su lugar en el búnker del hambre.

—¡Eso no sirvió de nada! —se burló mi amigo—. Tenemos que empezar a volar cosas por los aires y a incendiarlo todo. Los verdaderamente valientes, originales y radicales se están dando cuenta de que ha llegado el momento de ejercer la libertad de odiar.

No sé qué me resultó más aterrador: que una persona inteligente realmente creyera que "la libertad de odiar" era una idea original, o que el testimonio de san Maximiliano no lo conmoviera.

Nunca volví a encontrarme con ese amigo, pero he pensado en él muchas veces. Me acordé de él hace poco, mientras releía "El corazón de las tinieblas" (Heart of Darkness), la novela corta de Joseph Conrad en la que se inspiró Francis Ford Coppola para su película "Apocalypse Now".

En la novela, el joven Charles Marlow es el capitán de un barco de vapor que remonta el río Congo para una compañía belga dedicada al comercio de marfil. Al llegar a uno de sus puestos comerciales, comienza a escuchar rumores sobre el enigmático Kurtz, un europeo culto que había sido pintor, periodista y comerciante de marfil. Los rumores dicen que, internado en lo más profundo de la selva, ha perdido la razón y se ha entregado a toda clase de prácticas salvajes y rituales oscuros.

Sin saber muy bien por qué, Marlow termina obsesionado con Kurtz. Lo admira, aunque el lector nunca llega a saber exactamente por qué. Su único objetivo pasa a ser conocerlo.

Cuando finalmente se encuentran, Kurtz es una figura lamentable. Está muriendo y apenas puede hablar. Todos han elogiado su extraordinaria capacidad para la oratoria, pero de sus labios no sale una sola palabra de auténtica sabiduría.

Desde el inicio del relato, Marlow contempla horrorizado los abusos y los sufrimientos indescriptibles que los comerciantes de marfil infligen a la población del Congo. Entonces comprende cuál es el principio que guía a Kurtz: “¡Exterminen a todos esos salvajes!”.

La libertad de odiar.

El corazón de las tinieblas es una obra maestra de la literatura: ingeniosamente construida, con múltiples niveles de lectura y abierta a un sinfín de interpretaciones.

Al parecer, Joseph Conrad sentía una profunda aversión hacia el cristianismo. En una carta a un amigo escribió: “Es extraño que, desde los 14 años, siempre me disgustaran la religión cristiana, sus doctrinas, ceremonias y festividades. (…) El cristianismo se ha prestado con asombrosa facilidad a crueles distorsiones (…) y ha causado un sufrimiento inmenso a innumerables almas en esta tierra”.

Sin embargo, quienes prescinden del cristianismo tampoco quedan libres de otras formas de distorsión. El católico está llamado a mirar de frente toda la verdad sobre la condición humana: tanto el horror de las tinieblas más profundas como la luz tan pura que es la luz misma.

Ver el mundo como un fraude, una farsa y un lugar irremediablemente sombrío es, en el fondo, librarse de la difícil responsabilidad de mantener la esperanza; de sostener la tensión que encierra la paradoja de la realidad.

Al igual que mi amigo, Marlow admiraba a un hombre que había traspasado los límites de la sociedad civilizada. Como Kurtz, se sentía atraído por esa supuesta libertad de odiar, o por alguna de sus variantes: algo que pareciera radical, novedoso o valiente.

Pero, así como el bien puede caer en el sentimentalismo, el mal también puede revestirse de un falso atractivo. Sin embargo, no hay nada interesante, nuevo ni fascinante en el mal. Kurtz exhibía cabezas decapitadas clavadas en estacas, mientras sus seguidores se arrastraban ante él. Nada de eso era original: el canibalismo, los sacrificios humanos, la tortura, la esclavitud, las mutilaciones y el intento del hombre de ocupar el lugar de Dios ya habían ocurrido antes. Todo conduce al mismo desenlace: la locura, la degradación y la muerte. Más allá del mal no hay nada, salvo un mal aún mayor. En el corazón de las tinieblas solo hay tinieblas.

Las últimas palabras de Kurtz —“¡El horror, el horror!”— bien podrían interpretarse como un juicio sobre la lamentable fascinación que Marlow sentía por él.

A los ojos de Marlow, la prometida de Kurtz —la "Prometida", como la llama Conrad— vive engañada por su amor y es demasiado ingenua para afrontar la dura verdad.

Sin embargo, posee una cualidad que la redime: su capacidad y disposición para sufrir. Marlow está a punto de ridiculizarla por ello, pero finalmente no lo hace. De hecho, la mentira que le dice al final de la novela podría ser el único acto verdaderamente noble y valiente de toda la historia.

Al asegurarle que Kurtz murió pronunciando su nombre, Marlow cree haber traicionado su propia integridad y renunciado a su búsqueda de la verdad. Pero, en realidad, acepta cargar él solo con el peso del mal de Kurtz y con el de esa mentira. Libera a la Prometida para que pueda rehacer su vida, casarse con otra persona y conservar vivo en su corazón el amor que sentía por Kurtz.

Su gesto fue profundamente redentor. Introduce el único destello de esperanza para todos los involucrados en una historia dominada por la oscuridad.

Al menos, esa es mi interpretación. Ojalá la humanidad siga reflexionando durante muchos años sobre El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, y, sobre todo, continúe ejerciendo la libertad de amar.

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Heather King