Martin Short durante el estreno de una película en Los Ángeles en 2023. (Shutterstock)
Un célebre actor de reparto ya fallecido dijo en su lecho de muerte que “morir es fácil... lo difícil es hacer comedia”.
Y la comedia se ha vuelto más difícil también por otros motivos. Buena parte del humor actual puede resultar cruel o quedar atrapado en polémicas políticas.
Si usted es uno de los pocos que todavía ven los programas nocturnos de entrevistas, probablemente haya notado una mezcla de discursos moralizantes, comentarios dirigidos a una audiencia que ya comparte las mismas ideas y escasez de chistes realmente ingeniosos.
Y entonces aparece Martin Short. Es un comediante de talento excepcional y, en muchos sentidos, un representante de una tradición que parece haberse perdido. Nunca ha tenido miedo de hacer el papel del “tonto”. Entiende que la gracia está en ser el blanco de la broma, y no en formar parte de ella. Es una fórmula tan clásica que hoy se siente refrescantemente nueva.
El documental de Netflix “Marty, Life is Short”, dirigido por el reconocido guionista y director Lawrence Kasdan, ofrece una mirada amplia a la vida y trayectoria de Martin Short.
En él participan numerosas celebridades. Por lo general, suelo desconfiar de este tipo de producciones llenas de figuras famosas mostrándose en sus mansiones, durante vacaciones exclusivas o en otros escenarios privilegiados. Sin embargo, pese a la abundancia de ese material, la personalidad y el carisma de Martin Short hacen que el documental realmente valga la pena.
Llegué a este documental con cierto sesgo: Martin Short siempre me ha hecho reír. Cuando apareció en Saturday Night Live durante su breve paso por el programa —en una época en la que no atravesaba precisamente su mejor momento—, cada sketch en el que participaba era un acontecimiento. Más tarde, en SCTV, un programa que siempre me pareció muy superior a SNL en términos de comedia y que contaba con un elenco extraordinario, Short no solo estuvo a la altura, sino que brilló por mérito propio.
La película de Netflix no trata simplemente de una carrera en el mundo del espectáculo, aunque la trayectoria profesional de Short ocupa un lugar importante en el relato. Tampoco se limita a mostrar a un actor cómico famoso rodeado de amigos célebres. En realidad, aborda algo mucho más significativo: la alegría y el amor en sus formas más sencillas y auténticas.
Muchos comediantes, incluidos algunos de los más talentosos de distintas generaciones, surgieron de vidas marcadas por el dolor y las dificultades. Otros proyectan públicamente una imagen llena de energía y felicidad, pero en privado son personas tristes o profundamente desanimadas.
A lo largo de mi accidentado recorrido profesional en ámbitos cercanos al mundo del espectáculo, conocí a varios de ellos. Más de uno era muy gracioso frente a las cámaras, pero igual de desagradable cuando dejaban de grabar.
Ese no es el caso de Martin Short. Tuvo una infancia feliz. Quiso profundamente a sus padres, y todo indica que ellos también quisieron mucho a Martin y a sus cuatro hermanos. Aún hoy mantiene una relación muy cercana con los hermanos que viven, y las escenas que comparten en el documental, llenas de cariño y buen humor, ayudan a entender por qué vale la pena ver esta película.
Aunque incluye dos o tres palabras subidas de tono completamente innecesarias, el documental es, en esencia, una celebración de la alegría. Pero también muestra una vida que, como todas, estuvo marcada por el dolor. Short perdió a su madre cuando era adolescente y, poco después, a su hermano mayor en un accidente automovilístico. Para cuando cumplió 20 años, también había fallecido su padre, devastado por esas pérdidas.
Y luego está Nancy. Fueron marido y mujer durante 36 años. Era su esposa, pero también el gran amor de su vida. Como tenía la costumbre de grabar constantemente momentos familiares con su videocámara, el documental recurre a una gran cantidad de imágenes filmadas por el propio Short. Gracias a ellas, vemos cómo la pareja atraviesa distintas etapas de su historia juntos: desde los primeros años de matrimonio, pasando por la dolorosa experiencia de la infertilidad, hasta convertirse en una familia con tres hijos adoptivos.
Hacia el final de esos 36 años de matrimonio, el documental muestra cómo un esposo afronta la enfermedad de cáncer que afecta a la mujer que ama y madre de sus hijos. Y, al igual que Martin, Nancy conservó una notable alegría incluso frente a la dureza de su diagnóstico.
No sé si Martin Short nació y creció en una familia católica. El hecho de que sus padres fueran inmigrantes irlandeses con cinco hijos en Canadá podría llevar a pensar que tuvo una educación católica. Pero, independientemente de su afiliación religiosa, ha aprendido a vivir una alegría que los católicos estamos llamados a cultivar y que, con demasiada frecuencia, nos cuesta alcanzar.
Las pérdidas que Martin Short ha tenido que afrontar a lo largo de su vida difícilmente pueden haber sido fáciles, pese a aquella famosa frase del actor en su lecho de muerte. Sin embargo, su capacidad para encontrar alegría y hacer reír a los demás no parece haber disminuido.
Su alegría no surge de una vida libre de sufrimiento, sino de una decisión consciente de no dejarse vencer por él. Gracias a esa actitud ha logrado atravesar momentos muy duros. El documental termina siendo una reflexión sobre cómo vivir con alegría incluso en medio de las pruebas, una lección que cualquier cristiano haría bien en considerar.