El trabajo fue una de las primeras bendiciones que Dios dio al ser humano. “El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín de Edén para que lo cultivara y lo cuidara” (Génesis 2,15). El Génesis explica que Dios creó a Adán porque “no había nadie que cultivara la tierra” (Génesis 2,5).
Había un trabajo por hacer. Y Dios creó al hombre para realizarlo.
El trabajo, entonces, no era una carga que el Todopoderoso impusiera a su criatura más amada. Era una bendición. El trabajo formaba parte esencial de la condición humana en su bondad original; por eso, Adán y Eva no podían alcanzar su plenitud al margen del trabajo.
Y solo a través del trabajo podían llegar a ser verdaderamente semejantes a Dios. Esto no significa que pudieran ganarse la gracia de la divinización con sus propios esfuerzos. La gracia es un don y no se puede merecer. Pero el trabajo también es un don: por medio de él, hombres y mujeres pueden asemejarse cada vez más a su Creador.
El Génesis presenta al propio Dios como un trabajador: “El séptimo día Dios terminó la obra que había hecho […] y descansó de toda la obra que había realizado” (Génesis 2,2). El trabajo en sí mismo tiene algo de divino, porque es algo que Dios hace. Por eso, cuando los seres humanos trabajan, imitan a su Creador y participan de su vida. Dios creó la tierra de la nada, pero quiso confiarla al ser humano para que la cultivara y la cuidara. Quiso que el trabajo fuera también una forma de colaborar con él en la creación, una verdadera obra compartida entre el Padre y sus hijos.
Dios dio al ser humano una misión junto con el don de la vida, cuando creó a Adán, en aquel estado de inocencia original. El relato del Génesis es breve y preciso, y cada palabra tiene un significado profundo. Por eso vale la pena detenerse en los términos que utiliza para describir el trabajo que Dios encomendó al hombre.
Cuando Dios manda a Adán “cultivar [el jardín] y cuidarlo”, el texto hebreo emplea dos verbos: ‘āvad y shamar. Ambos tienen un significado muy rico y pueden entenderse de más de una manera. En otros pasajes de la Biblia aparecen juntos para describir las funciones de los levitas, la tribu sacerdotal del antiguo Israel (véase Números 3,7-8; 8,26; 18,5-6).
El verbo ‘āvad, que suele traducirse como “servir”, puede referirse en hebreo tanto al trabajo manual como al servicio sacerdotal, como el servicio de culto. Incluso puede abarcar ambos sentidos al mismo tiempo. Por su parte, shamar significa “cuidar” o “guardar” y se utiliza para describir la misión de los levitas de proteger el lugar sagrado, el tabernáculo, y preservarlo de toda profanación.
Esto es importante: Dios creó a Adán para trabajar, pero también para ejercer como sacerdote en el gran templo de la creación. Y ambas tareas estaban unidas. El sacerdote es quien actúa como mediador entre Dios y el ser humano y ofrece sacrificios. Para Adán, ese sacrificio debía ser su propio trabajo, ofrecido cada día a Dios, su Padre.
Pero Adán fracasó en esa misión y perdió su dignidad sacerdotal. Cristo, sin embargo, restauró ese sacerdocio, y ahora nosotros participamos de él por medio del bautismo.
Todo nuestro trabajo puede convertirse en una ofrenda sagrada a Dios. Recordémoslo en este Día del Trabajo y cada día.
