El arzobispo Gómez sostiene una reliquia de San Carlo Acutis en la misa de clausura del Congreso de Educación Religiosa el 22 de febrero. (John Rueda)
El pasado 22 de febrero, el Arzobispo Gomez celebró la Misa de clausura del 70º Congreso Anual de Educación Religiosa de la Arquidiócesis. Lo que sigue es una adaptación de su homilía.
En el mensaje que el Papa León XIV envió a este Congreso, nos animó a profundizar en nuestra relación personal con Jesús. Y es importante que escuchemos esto ahora que estamos dando comienzo a este santo tiempo de la Cuaresma.
Durante la Cuaresma, nuestras lecturas del día de las Sagradas Escrituras nos hacen recorrer toda la historia de la salvación, desde el jardín del Edén hasta el jardín de la Pascua y la tumba vacía.
Lo que acabamos de escuchar hoy es la historia del origen de la raza humana. Pero es también la historia de la vida de ustedes y de la mía: la historia de quiénes somos, de dónde venimos y qué es lo que estamos llamados a ser.
Y escuchamos una de las enseñanzas más bellas: “El Señor Dios tomó polvo del suelo y con Él formó al hombre; le sopló en la nariz un aliento de vida, y el hombre comenzó a vivir”.
La creación es una historia de amor, la historia del amor que existe en el centro de la Santísima Trinidad, y se desborda en la creación de la luna, las estrellas, el sol, todos los animales y los océanos, los ríos y las montañas.
Siempre me maravilla ver que, en medio de esta efusión cósmica de amor, vemos al Creador mismo, inclinándose personalmente, tomando el barro de la tierra en sus manos, moldeándolo con amor, para luego infundirle su propia vida.
Nuestro Padre celestial hace esto para revelarnos el gran valor que tenemos a sus ojos, para hacernos ver que toda vida humana es sagrada e importante para Él.
Ésta es la maravillosa verdad de nuestra fe católica, la hermosa verdad del Evangelio. Todos somos hijos de Dios, fuimos creados por amor y a imagen de él, cada uno, como una obra de arte realizada directamente por Dios. Con todas las gloriosas diferencias que hay entre todos, cada quien es amado y deseado por Dios en lo particular. Y Él desea que todos sus hijos hagan de su vida algo hermoso.
Ésta es la razón de ser de todos los mandamientos y enseñanzas de la Iglesia. Éstos nos han sido dados para garantizar que podamos florecer y vivir en la Verdad para ofrecernos lo necesario para encontrar la felicidad y el amor, que son el objetivo para el que el Padre nos creó.
En nuestro Evangelio de hoy, el diablo susurra algo al oído a Jesús: le presenta el desafío de demostrar que es el Hijo de Dios. En tres ocasiones él tienta a Jesús, y Jesús responde, en cada ocasión, con una cita de la Palabra de Dios.
Jesús nos dice hoy: “No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios”.
Éste es un bello recordatorio de que sólo Jesús es nuestro modelo, de que su Palabra debe ser el fundamento de nuestra vida y de nuestros ministerios.
La educación religiosa es una noble vocación, es un llamado de Dios. Ustedes lo saben y por eso vienen aquí año tras año.
Ustedes experimentan un fuego que arde en sus corazones y que es el amor de Cristo que los impulsa. Y la Iglesia necesita de ustedes. Queridos hermanos y hermanas, Jesús los necesita.
Así, unidos en una sola Iglesia, estamos llamados a continuar la maravillosa misión de la salvación, conduciendo a la gente de nuestro tiempo —y especialmente a nuestros jóvenes— hacia Dios, hacia ese Señor que nos habla en las Sagradas Escrituras.
Actualmente, más que nunca antes, necesitamos maestros y catequistas que puedan llevar a la gente a un nuevo encuentro con el Dios vivo que se nos revela en Jesucristo.
Vivimos en tiempos de confusión, y existe una gran necesidad de que la gente conozca la verdad sobre su vida. Es necesario que les mostremos esa verdad que encontramos ya desde las primeras páginas del Génesis: la verdad de que Dios nos ama y tiene un maravilloso plan para nuestras vidas.
Sabemos que sólo Jesús es la respuesta, y que sólo en Él descubriremos lo que estamos destinados a ser y la manera en que debemos vivir.
¡Tenemos que aprender de nuevo a vivir de cada Palabra que sale de la boca de Él! Hemos de aprender nuevamente a vivir del pan que Él nos da en el Santísimo Sacramento. “¡Pan y Palabra! ¡Hostia y oración!”, como decía un santo.
Es para todos nosotros una magnífica vocación y una gracia extraordinaria el poder reflexionar sobre la vida y las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo y dárselas a conocer a la gente de nuestro tiempo.
Y hoy, nos dirigimos especialmente a Santa María, Nuestra Señora de los Ángeles.
Que ella nos ayude a reconocer que somos instrumentos, que su Hijo es el Maestro. Que ella nos ayude a decir con Jesús: “Mi enseñanza no es mía, sino de aquel que me envió”.