Hace poco estaba yo rezando la Liturgia de las Horas y la lectura espiritual del día era un pasaje de San Juan María Vianney sobre la oración, que decía: “El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo”.
Luego habla de algo que yo pienso también: el privilegio que tenemos de poder orar.
Tenemos el maravilloso privilegio de hablar con el Creador de cielos y tierra, con Aquél que creó todos los mares, las montañas, los planetas, las estrellas, y todo lo que tiene vida. Y podemos saber que el Creador nos escucha; esto es algo que no dejará nunca de asombrarme.
Vivimos en una cultura que valora la “eficiencia”. Podemos comprar lo que necesitamos para estar cómodos y seguros. Tenemos tecnologías que pueden responder a nuestras preguntas en segundos. Puede resultar tentador pensar que la oración es algo “obsoleto” y que realmente no tenemos necesidad de orar. Pero sí debemos hacerlo.
Dios mismo nos ha dado este tesoro de la oración para que podamos conocerlo, amarlo y compartir nuestra vida con Él, tanto en este mundo como en el futuro.
Por eso, debemos renovar la atención que le préstamos a la oración. Tenemos que poner a Dios en primer lugar, hacer que nuestra amistad con Él sea nuestra obligación más importante. La oración es nuestra “noble tarea”, como dice un santo.
Dediquen cada día un tiempo a apartarse del “ruido” de sus responsabilidades y actividades. No es necesario que sea mucho; diez minutos son un buen comienzo. Busquen, tan solo, un tiempo para guardar silencio en su corazón, para que Dios pueda, así, hablarles, y para que ustedes puedan escucharlo y responderle.
El adquirir ese hábito diario del silencio los ayudará a crecer en su amistad con Dios y a volverse más conscientes de su presencia y de su amor en su vida cotidiana.
Siempre que escuchamos que Jesús ora en los Evangelios, oímos que le llama “Padre” a Dios. Y Él nos enseña a orar de la misma manera.
En cada Santa Misa, podemos escuchar esas maravillosas palabras que dicen: “Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir: Padre Nuestro”.
Nuestro bautismo nos hace hijos e hijas de Dios y nos otorga ese hermoso privilegio de llamar “Padre nuestro” a Dios.
Por ser hijos de Dios, el “Catecismo de la Iglesia Católica” nos dice que debemos dirigirnos a Él con una “audacia filial”. Ésta es una hermosa expresión que pone de manifiesto una maravillosa verdad.
Como hijos de Dios, podemos hablar con nuestro Padre celestial no con miedo, sino con amor. Podemos hablarle con confianza, con esa “audacia filial” de la que hablábamos. Cuando oren, háganlo como un hijo que sabe que es amado, que sabe que su Padre tiene un maravilloso plan de amor para su vida.
Jesús dijo que recibiremos todo lo que pidamos en la oración si creemos que así sucederá. Él nos dijo: “Todo es posible para el que tiene fe”.
¡Qué promesa tan maravillosa! La audacia filial consiste en orar teniendo siempre presente esa promesa, en orar siempre en con esa santa esperanza: la de que, Jesús actúa siempre en todo para bien de los que lo aman.
San Juan María Vianney también nos anima a ser audaces en la oración. Él nos presenta el reto de tratar de orar, cada vez más, con un propósito definido, especialmente cuando pedimos por nuestros seres queridos o cuando imploramos aquello que necesitamos en nuestras vidas.
“¡Cuántas veces venimos a la iglesia sin pensar en lo que vamos a hacer o en lo que vamos a pedir!”, nos dice él. “Y, sin embargo, cuando vamos a visitar a alguien, no tenemos dificultad en recordar el motivo de nuestra visita... Con frecuencia pienso que, cuando venimos a adorar a Nuestro Señor, obtendríamos todo lo que pedimos si lo hiciéramos con una fe viva y un corazón puro”.
Adquieran el hábito de dedicar cada día algo de tiempo a pensar en las personas que forman parte de su vida: en su familia, en sus amigos y en sus seres queridos. Pídanle a Dios la salud y la felicidad de ellos. Pídanle que ellos permanezcan cerca de Jesús y perseveren en su camino al cielo.
Y oren también por los “casos difíciles”. Todos tenemos alguno en nuestras vidas. Podemos pedirle a nuestro Padre, milagros, sanaciones y conversiones, tanto para nosotros como para la gente que forma parte de nuestra vida. Todo es posible para el hijo de Dios; ¡así que oremos con una fe viva y con un corazón puro!
Oren por mí y yo oraré por ustedes.
Y que nuestra Santísima Madre María nos enseñe a orar como ella lo hizo para que, siempre y en todo, se cumpla la voluntad de Dios en nuestras vidas.
