A principios de este año, el Papa inició una serie de catequesis acerca del Concilio Vaticano II durante sus audiencias generales. Él tiene previsto hablar sobre cada uno de los 16 documentos que el Concilio promulgó.

Lo hace por un motivo importante. Han pasado ya 60 años desde el Concilio, y aquella generación ya se está terminando. Aquí en Estados Unidos, cerca del 70% de los católicos han nacido después del Vaticano II.

Lo único que han conocido la mayoría de los católicos, es el Vaticano II. Pero también es probablemente cierto que la mayoría de los católicos de hoy no saben mucho acerca del este concilio.

Por eso el Papa dice que tenemos que redescubrir el Concilio, que debemos “volver a conocerlo”, no por lo que otros dicen respecto a él, sino leyendo nosotros mismos nuevamente los documentos.

Como telón de fondo permanece aquel continuo debate acerca de los cambios litúrgicos que se llevaron a cabo a raíz del Concilio. Algunos católicos siguen prefiriendo la forma litúrgica anterior, la que se usaba antes del Vaticano II.

Pero todos los papas que ha habido desde el Concilio coinciden en que éste último fue una “grande gracia” y una obra del Espíritu Santo.

San Juan Pablo II dijo: “el Concilio ha dado una especial ratificación de la presencia del Espíritu Santo Paráclito. En cierto modo, lo ha hecho nuevamente ‘presente’ en nuestra difícil época”, y es necesario que sus documentos se lean “de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio”.

Los papas también coinciden en que las reformas litúrgicas del Vaticano II son un desarrollo auténtico que ha surgido orgánicamente de la tradición viva de la Iglesia.

Eso no significa que todas estas reformas se llevaran a cabo siempre con el debido cuidado. Es necesario que sigamos purificando la liturgia. Pero los católicos no podemos caer en la tentación de pensar que el Vaticano II carece de legitimidad, ni podemos elegir qué creer o qué tipo de culto elegir.

Valoro muy especialmente la Misa que hemos recibido, especialmente desde que en 2011 empezamos a utilizar la nueva traducción inglesa del Misal. ¡Qué gran don es el hecho de que podamos orar en un idioma que conocemos y comprendemos! Siento que las palabras de la liturgia me acompañan a lo largo del día: los prefacios, las oraciones colectas, las plegarias eucarísticas. Me doy cuenta de cómo nuestra forma de orar se convierte verdaderamente en nuestra manera de vivir.

Hace unas semanas, la oración después de la comunión decía lo siguiente: “Que el efecto de este don celestial, Señor, transforme nuestro cuerpo y nuestro espíritu, para que sea su fuerza, y no nuestro sentir, lo que siempre inspire nuestras acciones”.

¡Esto es un ejemplo del poder y la belleza de nuestra liturgia, de su noble sencillez! Si oramos con reverencia y con sagrada atención, utilizando las palabras que se nos han dado, podemos celebrar, sea cual sea nuestra lengua materna, y estas palabras elevarán nuestros corazones al cielo y traerán a Jesús a nuestra vida aquí en la tierra.

Y no deberíamos olvidar que existían razones de peso para las reformas del Concilio.

El movimiento de reforma litúrgica había comenzado varias décadas antes del Concilio. Era fuente de gran inquietud el hecho de que los fieles actuaran como meros espectadores en la Misa y no comprendieran el culto que practicaban. El rito antiguo podía ser profundo y hermoso, pero era un hecho real que, con frecuencia sucedía que el sacerdote hacía algo en el altar y los fieles permanecían desconectados de ello.

El Papa Benedicto XVI hizo notar que en el rito antiguo con frecuencia sucedía que parecía haber “como dos liturgias paralelas: el sacerdote con los monaguillos, que celebraba la Misa según el Misal, y al mismo tiempo los laicos, que rezaban en la Misa con sus libros de oración”.

La Misa le pertenece al Señor y no a nosotros.

Y tenemos que redescubrir constantemente la belleza y el misterio de la liturgia, durante la cual los cielos se abren y el culto que celebramos aquí en la tierra toma parte de la liturgia que tiene lugar en torno al trono de Dios.

Durante nuestra oración, la Palabra se hace carne nuevamente en el altar, y el Dios vivo viene para ser nuestro alimento y nuestra bebida, para habitar en nosotros y hacer que nuestra vida sea suya, y para darnos valor y luz durante nuestro recorrido.

Lo que la liturgia exige es nuestra reverencia, nuestra entrega y nuestro servicio a los sagrados misterios que celebramos. Las palabras que pronunciamos y los gestos que realizamos son santos y están llenos de un poder sagrado.

Ésta es la visión del Concilio Vaticano II sobre la liturgia.

Recientemente, el Papa dedicó ocho audiencias públicas a la Constitución del Concilio sobre la Sagrada Liturgia. Les recomiendo leer, tanto lo que dice el Santo Padre, como el documento en sí mismo. Si no lo han leído, creo que los sorprenderá.

Oren por mí y yo oraré por ustedes.

Y pidámosle a santa María, la Madre de la Iglesia, que ella nos ayude a seguir renovándonos en nuestra propia acogida del Vaticano II.

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Arzobispo José H. Gomez

El Reverendo José H. Gomez es el arzobispo de Los Angeles, la comunidad católica más grande del país. También se desempeña como Presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos.

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