Un fragmento de la tilma de san Juan Diego se exhibe en la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles, en Los Ángeles. Es el único fragmento conocido de la tilma que se conserva en Estados Unidos. (Andreas Praefcke / Wikimedia Commons)
Como muchos de ustedes lo saben, tenemos la bendición de contar con lo que creemos que es la única reliquia de la sagrada tilma en la que se encuentra la imagen milagrosa de Nuestra Señora de Guadalupe, en una capilla de la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles.
Esa reliquia fue un regalo que el arzobispo de la Ciudad de México, el Siervo de Dios Luis María Martínez le dio a mi predecesor, el arzobispo John J. Cantwell.
Durante las persecuciones que ocurrieron a consecuencia de la Revolución Mexicana de 1917, Cantwell fue un héroe discreto que, junto con los Caballeros de Colón y varias personas más, trabajó para acoger a miles de mexicanos que huían, en pánico, y a quienes ellos ofrecieron refugio y ayuda para establecer su nuevo hogar en Los Ángeles.
Mons. Luis María Martínez, le entregó al arzobispo Cantwell este valioso fragmento de la tilma en 1941, en agradecimiento por su valentía y su hospitalidad.
Los obispos mexicanos conmemoraron hace poco el centenario de la ley anticatólica que dio origen a aquella violencia, emitiendo un hermoso e importante mensaje.
Esta ley, que impuso el régimen posrevolucionario del presidente Plutarco Elías Calles, prohibió gran parte de las labores y ministerios de la Iglesia, buscando someter a los sacerdotes al control estatal y prohibiendo, rigurosamente, el culto público.
Se confiscaron iglesias, seminarios, conventos y otras propiedades de la Iglesia, y muchos fueron cerrados, profanados o destruidos.
Los sacerdotes fueron ejecutados por pelotones de fusilamiento; algunos fueron acribillados al celebrar la Misa, las religiosas fueron expulsadas del país y los católicos comunes, —inclusive los adolescentes— fueron encarcelados, torturados y asesinados. Aquel régimen llegó a colgar a muchas de sus víctimas en los postes de telégrafo que se encontraban a lo largo de las carreteras.
En el auge de aquel derramamiento de sangre, Calles se llegó a jactar de que borraría el recuerdo del catolicismo de la conciencia mexicana en el plazo de una generación, pero se equivocó.
Yo crecí en Monterrey, en la generación posterior a aquellas persecuciones. Nosotros conocíamos los nombres de los mártires y sus historias. Sabíamos que ellos perdonaron a sus perseguidores y que murieron con las palabras: “¡Viva Cristo Rey y Nuestra Señora de Guadalupe!” en los labios.
Especialmente aquí en Los Ángeles, nosotros hemos de tener presentes estas persecuciones.
Nuestra Iglesia local ha sido modelada por aquellos refugiados acogidos por Cantwell, que llegaron a convertirse en pilares de nuestras parroquias y comunidades, y entre quienes se cuentan santas locales como la Venerable Madre María Luisa Josefa del Santísimo Sacramento, conocida como la “Madre Luisita”, y como la Beata María Inés Arias.
Nuestra procesión anual de diciembre en honor a Nuestra Señora de Guadalupe —que es la festividad religiosa más antigua de la ciudad— fue organizada a partir de 1931 por las familias mexicanas que huyeron de las persecuciones.
No debemos, pues, olvidar nunca de dónde vinieron ellos. No hemos de olvidar que, hace no tanto tiempo y no muy lejos de este lugar, decenas de miles de nuestros hermanos y hermanas fueron asesinados por vivir su fe y por defenderla.
Todos deberíamos conocer la historia del Beato Miguel Pro, ese sacerdote jesuita que enfrentó al pelotón de fusilamiento con los brazos abiertos en cruz, y cuya ejecución y martirio sea tal vez el único en la historia de la Iglesia en haber sido fotografiado. Deberíamos conocer también al Beato Salvador Huerta Gutiérrez, padre de 12 hijos, que pudiera ser el único mecánico automotriz dentro de la Comunión de los Santos.
Nuestros jóvenes deberían conocer la historia de la Sierva de Dios María de la Luz Camacho. Era una catequista de 27 años, que estaba en Coyoacán cuando una pandilla juvenil anticlerical llegó para destruir su iglesia. Ella se colocó frente a la puerta, con los brazos extendidos, exclamando: “¡Viva Cristo Rey!”, y aquellos jóvenes le dispararon al corazón. Y, de alguna manera, su iglesia se salvó.
En nuestra catedral tenemos una capilla dedicada a la memoria de uno de los mártires más jóvenes: San José Sánchez del Río.
Cuando él se negó a renunciar a su fe, los agentes del gobierno le arrancaron la piel de las plantas de los pies y lo obligaron a caminar descalzo por las calles hasta un cementerio, en el cual le dispararon. Mientras caminaba, él seguía gritando: “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!”, y tenía tan solo 15 años.
“La memoria cristiana no es nostalgia del pasado: es fortaleza para el presente”, escribieron los obispos mexicanos en su mensaje. Hemos de recordar que la persecución de los cristianos no es cosa del pasado. El Vaticano afirma que más de una docena de cristianos son asesinados cada día, tan solo porque viven su fe en Jesús, y que más de 400 millones de cristianos de todo el mundo se enfrentan a la violencia y a la persecución.
Y nunca podemos dar por hecho nuestra libertad religiosa.
Como escriben los obispos mexicanos: “¡Viva Cristo Rey y Nuestra Señora de Guadalupe! Cien años después, ese grito sigue siendo un programa de vida que nos permite reconocer que ningún poder humano es absoluto, porque sólo Dios es Señor de la conciencia y de la historia”.
Oren por mí y yo oraré por ustedes.
Y pidámosle a Nuestra Señora de Guadalupe que ella les proporcione a los mártires de hoy el don de la fortaleza, y que a todos nos conceda la valentía de dar testimonio de nuestra fe en su Hijo.