El bautismo es el sacramento de la Pascua.
Nuestro recorrido cuaresmal de penitencia, purificación y conversión nos conduce a todos a la pila bautismal durante la Vigilia de Pascua.
Esto se cumple en sentido literal en el caso de los “elegidos”, que serán bautizados esa noche. Pero también en el caso de los “candidatos”, es decir, de aquellos que ya fueron bautizados en otras tradiciones cristianas y serán recibidos en total comunión con la Iglesia en uno de los domingos del tiempo pascual.
El bautismo conlleva también el significado de esta temporada para los católicos ya bautizados, puesto que renovaremos nuestras promesas bautismales en Pascua.
Este año, la familia de Dios de la Arquidiócesis de Los Ángeles tiene la dicha de acoger a más de 8,500 nuevos católicos: 2,452 elegidos y 6,146 candidatos.
Démosle gracias a Dios por esta gracia y oremos por las almas de estos hombres y mujeres que se convertirán en hermanos y hermanas nuestros a través de este hermoso misterio, que es el sacramento que los introduce en la plena comunión con la Iglesia Católica.
Durante la Cuaresma, nos preparamos para la Pascua, tal como lo hicieron nuestros antepasados, es decir, siguiendo las tradiciones establecidas por los apóstoles en los años que siguieron a la resurrección de Nuestro Señor.
La Iglesia pretende que los Evangelios dominicales que se leen a lo largo de la Cuaresma sean una especie de “itinerario bautismal”, que nos guíe en un recorrido de fe y de conversión a Jesús.
El camino empieza en el desierto, en donde Jesús nos es revelado como el “nuevo Adán”, el verdadero Hijo de Dios que vence las tentaciones del diablo y, por su obediencia, redime el pecado original del primer Adán.
El domingo siguiente, en su transfiguración, Jesús se nos revela como el cumplimiento de todo lo que Dios prometió a través de Moisés, Elías y los profetas. Y el Padre habla desde una nube resplandeciente, declarando que Jesús es su Hijo amado y nos exhorta a escucharlo.
En la Transfiguración, vemos la culminación de la promesa de nuestra fe. Si escuchamos a Jesús y seguimos su camino en nuestra vida, seremos transformados a imagen y semejanza de Él, y veremos un día al Dios vivo en su gloria y cara a cara.
Los primeros dos domingos nos revelan a Jesús, nos hacen ver quién es Él y qué es lo que nos promete. Los tres domingos siguientes constituyen el corazón espiritual de la Cuaresma. Así, escuchamos tres relatos del Evangelio de San Juan, que nos presentan un encuentro con Jesús que conduce a la conversión y al don de la fe.
Estas historias — la de la mujer samaritana, la del ciego de nacimiento y la de Marta, hermana de Lázaro — son bellas y profundas imágenes, llenas de abundante simbolismo bautismal.
Son historias que nos muestran la búsqueda humana de Dios: la sed de la mujer de aguas vivas, el anhelo del ciego de ver la luz del mundo, el deseo de Marta de la resurrección y la vida.
Y en estas figuras, se nos invita a ver reflejado el camino de nuestras propias vidas. Las preguntas que Jesús les hace a ellos, nos las plantea a nosotros también, llamándonos a una serie de “cuestionamientos”, en los que abrimos nuestros corazones ante su penetrante mirada.
Para ellos, al igual que para nosotros, la clave de todo es saber si creemos que Jesús es el Dios vivo, el Hijo de Dios, el Hijo del Hombre, el Salvador del mundo, el Cristo que nos fue anunciado.
A través de este encuentro, Jesús nos está invitando a hacer nuestra propia profesión de fe, o a renovar la profesión de fe que hicimos en nuestro Bautismo. Quiere que digamos con el ciego: “¡Creo, Señor!” Y con Marta: “Sí, Señor. ¡Creo firmemente!”
Por supuesto que si Jesús es quien creemos que es, si verdaderamente podemos encontrar en él al Dios vivo, entonces nuestra vida por ningún motivo podrá seguir siendo la misma. Tenemos que cambiar, hemos de arrepentirnos y de impregnar nuestra vida de la de Él. Necesitamos pedirle, como la mujer del pozo: “Dame de esa agua para que no vuelva a tener sed”.
Después de esto, estamos preparados para el Domingo de Ramos y para la Semana Santa, durante los cuales lo seguiremos en el camino final que conduce a su sufrimiento y a su muerte por nosotros en la cruz el Viernes Santo.
Y, finalmente, en Pascua, dejamos atrás nuestra antigua vida y nos entregamos a Jesús. Nos convertimos en una nueva creación por medio de las aguas del bautismo, sumergiéndonos en el misterio de su vida, muerte y resurrección por nosotros.
El bautismo convierte nuestras vidas en una maravillosa aventura. No hay nada más fascinante que conocer a Jesús y su amor. Y ahora, como hizo con aquellos personajes del Evangelio, y con los incontables católicos que ha habido a lo largo de los siglos, Él nos envía al mundo.
El bautismo es una misión. Jesús quiere que utilicemos nuestra vida para hablarle a la gente de su amor y de su amistad. Él quiere que invitemos a otros a conocerlo, a escucharlo y a purificarse con sus aguas vivas.
¡Felices Pascuas! Oren por mí y yo oraré por ustedes.
Que la Santísima Virgen María sea una madre para todos nosotros. Y que nos ayude a profundizar en el amor de su Hijo y en el don de nuestro bautismo.
