El papa Benedicto XVI entrega el palio al arzobispo José H. Gómez, de Los Ángeles, en la basílica de San Pedro del Vaticano, el 29 de junio. (Foto CNS/L'Osservatore Romano)
Cuando iniciaba mis nuevas funciones pastorales como pastor de la Arquidiócesis de Los Ángeles, el Papa Benedicto XVI me impuso el palio, símbolo de mi unión con la Iglesia universal durante una solemne ceremonia, que tuvo lugar en la Basílica de San Pedro, en Roma, en el año 2011.
Al terminar esa ceremonia, hice una peregrinación a Asís.
Quería celebrar la Eucaristía en la Iglesia de Santa María de los Ángeles, que fue el lugar donde todo empezó, el sitio de donde brotó el verdadero corazón espiritual que dio origen a la ciudad de Los Ángeles.
San Junípero Serra y sus hermanos franciscanos fundaron la Misión de San Gabriel Arcángel en el año 1771, y diez años después, los misioneros y un grupo variado de familias fundaron la ciudad en sí, bautizándola en honor a esta pequeña iglesia de Asís: El Pueblo de Nuestra Señora de los Ángeles de Porciúncula.
“Porciúncula” es una palabra que significa “pequeña porción”, como una pequeña porción de tierra. Aunque ahora se encuentra ubicada dentro de la magnífica Basílica de Santa María de los Ángeles, esta iglesia fue construida por los benedictinos en el siglo IX.
Para el tiempo en el que San Francisco la encontró a principios del siglo XIII, estaba deteriorada y casi abandonada.
En su biografía de Francisco, escrita poco después de su muerte, San Buenaventura narra cómo un día, estando Francisco postrado ante el crucifijo de esta pequeña iglesia, escuchó que el Señor le hablaba. Por tres ocasiones la Voz le dijo: “Francisco, ve y repara mi casa que, como puedes ver, está en ruinas”.
En un primer momento, Francisco interpretó literalmente estas palabras, pensando que Jesús quería que reparara la capilla, así que consiguió algunas herramientas y empezó a realizar ese trabajo.
Con el tiempo, llegó a percibir un significado más profundo y simbólico de las palabras que había escuchado. Jesús no le estaba pidiendo que restaurara una iglesia, sino que reconstruyera la Iglesia universal.
Éste fue el principio del grandioso movimiento de renovación franciscana, que envió misioneros, primero por toda Europa y, finalmente, hasta los confines de la tierra.
La Iglesia del continente americano nació de esa misión franciscana.
Los franciscanos se contaron entre los primeros en evangelizar el Nuevo Mundo, poco después de que tuvieran lugar los viajes de Cristóbal Colón.
Fray Juan de Zumárraga un obispo franciscano, fue el gran defensor de los indígenas y el que recibió la sagrada tilma de Nuestra Señora de Guadalupe de manos de San Juan Diego.
Los misioneros franciscanos trajeron la fe a California y la difundieron por el suroeste y por otras partes de lo que es hoy Estados Unidos. El primer mártir, fallecido en suelo estadounidense fue un franciscano, el padre Juan de Padilla. Después de pasar años predicando por todo México, Colorado, Arizona y Nuevo México, él fue asesinado al estar evangelizando a los indígenas Quivira, en 1542, cerca de lo que hoy es Herington, Kansas.
Ahora que agradezco las bendiciones de estos últimos 15 años que llevo de arzobispo y que estoy preparándome para el próximo el 26 de marzo, en que celebraré el 25º aniversario de mi ordenación episcopal, mis pensamientos se vuelven hacia esos profundos lazos espirituales que nos unen a San Francisco y al movimiento que él inició en aquella pequeña capilla de Asís.
El Papa León XIV ha declarado éste como un Año Jubilar especial para honrar el 800º aniversario de la muerte de San Francisco de Asís.
Aquí nos estamos preparando para la celebración de este Jubileo, colaborando con las múltiples comunidades, parroquias, casas religiosas y otras instituciones franciscanas. Para mayor información, visite lacatholics.org/year-of-st-francis/.
Este Jubileo es también oportuno puesto que estamos celebrando el 250 aniversario de la fundación de nuestra nación y el 495 aniversario de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe en el Tepeyac.
Así que éste será un tiempo especial de gracia para que todos reflexionemos sobre las profundas raíces franciscanas de nuestro país y de nuestra Iglesia.
Lamentablemente estamos viviendo también un tiempo de guerra y de profundas divisiones sociales en nuestro país, caracterizadas por la sospecha, el miedo y la violencia. Como el Papa León lo ha dicho, San Francisco tiene mucho qué enseñarnos en estos tiempos. “No porque nos ofrezca soluciones técnicas”, dice el Papa, “sino porque su vida señala la auténtica fuente de la paz”.
San Francisco solía saludar a la gente con una breve oración: “Que el Señor te conceda la paz”.
Al reflexionar sobre el testimonio y enseñanzas de este santo durante este Año Jubilar, renovemos nuestro compromiso de llevar la paz del Señor a toda la gente con la que nos relacionamos y nuestro compromiso de trabajar en promover la reconciliación y el buen entendimiento entre quienes nos rodean.
Oren por mí y yo oraré por ustedes.
Y en este Año Franciscano, pidámosle a Santa María, Reina de los Ángeles, el don de la paz, tanto para nuestra ciudad como para nuestro mundo.