Durante el último mes aproximadamente, el mundo perdió a dos figuras extraordinarias. Una fue Dolly Parton. La otra fue mi tía, la hermana Sheila McNiff, SHCJ.
Lo más probable es que conocieran a la primera. A menos que hayan asistido a una de las escuelas Holy Child, trabajado para la Arquidiócesis de Los Ángeles o coincidido con ella a través de alguna de las muchas comunidades a las que sirvió, probablemente no conocían a la segunda.
El enorme talento de Dolly la hizo famosa, pero su generosidad se convirtió en una parte igualmente importante de su legado. En silencio, regaló libros a millones de niños, apoyó a comunidades necesitadas y aprovechó lo que tenía para ayudar a los demás. Su fama le dio una plataforma desde la cual servir.
Sheila no tenía una plataforma. Tenía presencia. Su muerte me ha llevado a reflexionar sobre algo acerca de lo que he escrito durante gran parte de mi vida: ¿qué significa realmente dejar una huella?
Mi tía Sheila murió el 13 de agosto a los 88 años, después de 67 años como religiosa de la congregación del Holy Child Jesus. A lo largo de su extraordinaria vida, se desempeñó como educadora, directora, terapeuta, administradora, defensora y agente de pastoral. Su labor llegó a niños de Pasadena, estudiantes de comunidades desfavorecidas de Reseda, 500 niñas de un internado en Nigeria, sobrevivientes de abusos sexuales cometidos por miembros del clero, inmigrantes y refugiados.
Sin embargo, sus logros no eran lo que la hacía extraordinaria. Era su manera de vivir. El lema de las Hermanas del Holy Child Jesus es “Acciones, no palabras”, y no puedo imaginar una mejor descripción de la vida de Sheila.
Sus compañeras de congregación describían su espiritualidad como práctica. Se fijaba en lo que las personas necesitaban y encontraba la manera de ayudar. Pensemos por un momento en eso. En lugar de limitarse a rezar por alguien que necesitaba ayuda, rezaba y luego hacía algo. El servicio no era algo de lo que hablara. Era algo que vivía. Acoger a los demás significaba abrir la puerta. La compasión significaba estar al lado de quien sufría.

La hermana Sheila McNiff, en una fotografía sin fecha. (Foto cortesía)
Hay algo profundamente poderoso en esa sencillez, especialmente hoy. Vivimos en un mundo que a menudo confunde la visibilidad con el impacto. Los seguidores, los “me gusta”, las visualizaciones y los reconocimientos se han convertido, de alguna manera, en medidas de influencia. Demasiadas veces celebramos las voces más fuertes y las plataformas más grandes. La vida de la hermana Sheila nos recuerda que el impacto también puede ser silencioso.
De hecho, creo que nunca escuché a mi tía levantar la voz. Hablaba tan bajito que había que acercarse para escucharla. Tal vez esa era precisamente la clave. Siempre estaba escuchando. Ese don la llevó a lugares extraordinarios.
En 1977, Sheila dejó California para ir a Nigeria como directora de St. Ann Secondary School, un internado para 500 niñas. Años más tarde, regresó a casa y se formó como terapeuta. Con el tiempo, trabajó en St. Luke Institute y St. John Seminary.
Entonces llegó uno de los capítulos más difíciles de la historia de nuestra Iglesia católica. En 2002, la Arquidiócesis de Los Ángeles le pidió a Sheila que coordinara el recién creado Ministerio de Asistencia a las Víctimas de Abuso. Su tarea consistía en acompañar a los sobrevivientes de abusos sexuales y a sus familias, escuchar sus historias y brindarles apoyo y orientación.
En lugar de apartarse de un dolor tan inmenso, Sheila se acercó a él. Tal vez eso es lo que significa poner la fe en acción. La fe no siempre nos da las respuestas. A veces simplemente nos da el valor para estar al lado de otra persona que sufre y decirle, con nuestra presencia y nuestras acciones: no estás sola.
Ese servicio silencioso continuó durante toda la vida de Sheila. Mucho después de la edad en que la mayoría de las personas se jubila, regresó a la educación como directora de St. Catherine of Siena Parish School, en Reseda. Más tarde, trabajó con Casa Cornelia Law Center en temas relacionados con la inmigración y los refugiados. Siempre había alguien que necesitaba algo. Sheila se daba cuenta.
Durante casi 15 años, he tenido el privilegio de entrevistar para Charity Matters a fundadores de organizaciones sin fines de lucro y a personas que trabajan para generar cambios. Una y otra vez, me han enseñado que los verdaderos cambios rara vez comienzan con un gran plan. Con más frecuencia, comienzan cuando alguien presta atención. Una persona está sufriendo, un niño tiene dificultades o una injusticia requiere atención. Entonces alguien se da cuenta y decide hacer algo.
Mi tía pasó 88 años prestando atención. Tal vez esa sea la enseñanza que nos deja su vida. Ninguno de nosotros necesita una plataforma, fama o recursos extraordinarios para dejar una huella. Simplemente tenemos que prestar atención.
¿Quién nos necesita? ¿Dónde podemos ayudar? ¿Qué historia necesita ser escuchada y qué podemos hacer hoy? La fe nos da ojos para vernos unos a otros. El servicio nos pide hacer algo con aquello que vemos.
El mundo perdió este mes a dos figuras extraordinarias y muy diferentes. Una utilizó una enorme plataforma para servir a los demás. La otra sirvió silenciosamente a cada persona que Dios puso en su camino. Ambas nos recuerdan que lo importante no es cuántas personas conocen nuestro nombre.
Lo que importa es qué hacemos con la vida que hemos recibido.
